Enero puede ser agotador. Mientras la magia de la Navidad y el Año Nuevo se desvanece rápidamente, el regreso a la rutina trae consigo una innegable depresión emocional. ¿Pero es este realmente el mes más triste?
La idea del “lunes azul” se popularizó en 2005, cuando el psicólogo británico Cliff Arnall anunció que había identificado el día más triste del año mediante una fórmula matemática que tenía en cuenta el clima, la deuda post-vacaciones y la disminución de la motivación para cumplir los propósitos de Año Nuevo.
La comunidad científica rápidamente (y con razón) descartó la idea como pseudociencia: lejos de ser un hallazgo psicológico, la fórmula de Arnal resultó ser una estrategia de marketing diseñada para una agencia de viajes. La cura sugerida por la agencia para la tristeza invernal fue, por supuesto, comprar unas vacaciones.
No puedes programar el duelo
El término Lunes Azul sigue apareciendo cada enero en los medios y en las campañas publicitarias, a pesar de la total falta de evidencia de que cualquier día en particular del calendario esté asociado con un pico general de infelicidad.
El duelo es una reacción humana compleja, no un evento programado. Si bien el clima invernal ciertamente puede afectar el estado de ánimo, existen intereses comerciales en torno al concepto de tristeza, que buscan influir en el comportamiento animando a las personas a consumir objetos o experiencias.
De hecho, algunas marcas han convertido el duelo en un recurso rentable, presentando productos o experiencias como soluciones a la misma infelicidad que perpetúan. Utilizan la idea del “día más triste del año” para influir en los patrones de consumo, utilizando el efecto “la miseria no es tacaña” que vincula los estados emocionales bajos con un mayor consumo.
Este tipo de marketing también puede afectar la dinámica emocional de muchos hogares. Crea expectativas difíciles de cumplir, fomenta el materialismo y crea tensión entre adultos y niños. Todo esto conduce a sentimientos más amplios de infelicidad.
Pero existe un riesgo añadido cuando estos mensajes llegan directamente a los niños. Cuando a los jóvenes se les dice que las emociones “negativas” pueden combatirse mediante compras o distracciones digitales y artificiales, se debilita su capacidad para reconocer, comprender y gestionar lo que sienten. Por eso es importante incluir el discurso mediático en la educación emocional de los niños.
El duelo y la mente en desarrollo
Lejos de ser un obstáculo a superar, el duelo juega un papel fundamental en el desarrollo de los niños. A una edad muy temprana, aprenden que expresar tristeza puede ganar apoyo de los padres y cuidadores y que en la mayoría de los casos es mucho más eficaz que otras emociones para ganar atención y consuelo.
Además, el duelo ayuda a ajustar los objetivos tras el fracaso, permitiendo a los niños modificar sus enfoques y expectativas ante situaciones adversas. También inicia procesos de introspección que permiten a los niños pensar en cómo se sienten, sus valores y cómo se relacionan con los demás. Por lo tanto, experimentar el duelo contribuye al crecimiento moral.
Las emociones asociadas con la pérdida, la decepción y la injusticia ayudan a los niños a desarrollar un sentido del bien y del mal, desarrollar sensibilidad ante el sufrimiento de los demás y fortalecer su empatía. De hecho, estudios recientes han descubierto que experimentar tristeza se asocia con una mayor capacidad de ponernos en el lugar de otra persona.
Respuestas de los adultos al duelo
La forma en que los adultos responden al duelo tiene una influencia decisiva en cómo los niños aprenden a gestionarlo. Un ambiente familiar cálido, sensible y afectuoso favorece el desarrollo emocional, mientras que las interacciones tensas, frías y críticas lo obstaculizan. La dinámica familiar (los patrones emocionales que determinan la calidad de la conversación y la disponibilidad de apoyo) son las que dan forma a la forma en que un niño interpreta y expresa el dolor.
La escuela y el entorno social también son clave. Los niños que se sienten apoyados no sólo experimentan el duelo con menor intensidad, sino que también desarrollan una mayor confianza para afrontarlo.
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Guiar a los niños para que reconozcan y manejen el duelo es una forma de ayudarlos a desarrollar resiliencia. Cuando aprenden estrategias para afrontar emociones difíciles (hablar, pedir ayuda, expresar sus sentimientos con palabras, identificar lo que necesitan), obtienen recursos internos que les permiten afrontar desafíos futuros. Esta resiliencia se traduce en una mayor autoestima y una percepción más realista y segura de las propias capacidades.
Los valores y creencias culturales también desempeñan un papel a la hora de determinar qué expresiones de duelo se aceptan, se apropian o se suprimen. Esto significa que la expresión y regulación del duelo varía significativamente entre entornos culturales y sociales. Comprender estas diferencias nos permite apoyar mejor los procesos emocionales de los niños y evitar malinterpretar su comportamiento.
Cuando nos enfrentamos a mensajes comerciales como los del Blue Monday, los adultos deben reconocer que esta emoción es una parte natural del crecimiento –no sólo un día del año– y ofrecer a los niños espacios donde puedan sentirse escuchados, apoyados y comprendidos.
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