Desde hace varias semanas, Martin dejó de cantar en la congregación, algo que antes buscaba y disfrutaba. Ahora se mantiene alejado del grupo y juega con las manos más de lo habitual. A veces no responde cuando le hablan y parece cada vez más aislado.
Su maestra piensa que podría estar cansado o pasando un mal momento. Sin embargo, hay un elemento importante en esta historia: Martin tiene autismo. Aquí surge una pregunta difícil: ¿se está comportando de esta manera porque es parte de su forma normal de relacionarse con el mundo o porque algo anda mal en su estado emocional?
En niños y niñas con autismo, las tasas de ansiedad y depresión son más altas, pero sus síntomas suelen pasar desapercibidos. Las propias características del autismo hacen que sea difícil de detectar y tratar.
Una realidad común pero invisible
Hasta el 80% de los niños y adultos con trastorno del espectro autista viven con síntomas de ansiedad, mientras que alrededor del 40% viven con síntomas de depresión.
Esto significa que los niños y niñas con este trastorno no sólo se enfrentan a diario a retos sociales, comunicativos o adaptativos, sino que también se enfrentan a un importante malestar emocional.
El principal problema es que este sufrimiento no siempre se expresa a través de los signos que tradicionalmente reconocemos. Por tanto, en la mayoría de los casos permanece invisible.
Cuando todo parece “parte del autismo”
Uno de los grandes retos a la hora de detectar estos síntomas es la llamada “ofuscación diagnóstica”, es decir, la común atribución errónea de síntomas de ansiedad o depresión al propio autismo. Por ejemplo, un niño que empieza a evitar el recreo puede estar mostrando síntomas de ansiedad, no sólo dificultades sociales.
A todo ello se suman otros obstáculos, como el hecho de que muchos niños con autismo tienen dificultades para identificar y describir sus propios estados emocionales, fenómeno conocido como alexitimia.
Si a este déficit intelectual le sumamos la ausencia del lenguaje u otra condición comúnmente asociada a algunos casos de autismo, el desafío diagnóstico es aún mayor.
Por tanto, debemos aprender a leer las señales.
Y las liras también: Castigos, fracciones y otros errores habituales en la escolarización de niños con autismo
¿A qué debemos prestar atención?
Dentro del espectro del autismo, especialmente en niños con mayores dificultades de comunicación, los problemas emocionales pueden expresarse casi exclusivamente a través de la conducta.
Por tanto, cualquier cambio de conducta debe entenderse como un síntoma, como un medio de comunicación del niño, y no como un problema en sí mismo. Por ejemplo, si encontramos a una niña pequeña que recientemente se enojó y dejó de jugar con sus juguetes favoritos, debemos intentar comprender el motivo de este comportamiento.
Repetición y ansiedad
Muchas otras conductas infantiles no deben tratarse como problemas en sí mismas, sino como consecuencias o solicitudes de ayuda.
Una señal de alarma que puede alertarnos de un alto nivel de ansiedad es un aumento de conductas repetitivas, una mayor reacción negativa al cambio, la aparición o aumento de conductas autolesivas y problemas de conducta que antes no estaban presentes.
La depresión no es sólo tristeza
Por su parte, la depresión infantil puede ser aún más difícil de detectar porque no siempre se manifiesta como una tristeza manifiesta. A menudo se ve como una irritabilidad que persiste: a través de dolores (dolores de cabeza, indigestión), pérdida de interés en actividades que antes disfrutaba, aumento del aislamiento, disminución del rendimiento escolar.
Los cambios en los patrones de sueño y alimentación también pueden ser un signo de estrés emocional. Por tanto, es crucial observar cambios en relación con el funcionamiento habitual del niño. Si algo se intensifica sin motivo aparente, cabe preguntarse: ¿qué está generando este comportamiento?
Lea también: ¿Qué es el ‘enmascaramiento’ en el autismo?
Incertidumbre y desregulación emocional
Para comprender por qué la ansiedad y la depresión son tan comunes en el autismo, es importante comprender cómo las personas con autismo experimentan el mundo. Lo encuentran impredecible, caótico e intenso para los sentidos: sonidos inesperados, dobles significados o dinámicas sociales ambiguas. Esto crea una sensación de incertidumbre y un estado de alerta constante que, a la larga, aumenta el riesgo de ansiedad y depresión.
Además, las personas con autismo tienen mayor dificultad para regular sus emociones. En general, suelen utilizar estrategias poco efectivas para gestionar el estrés emocional. De hecho, lejos de ayudar, perpetúan o exacerban el malestar interno.
Las personas con autismo, incluidos los niños, suelen sufrir altos niveles de excitación: es decir, un estado elevado de alerta física y emocional (por ejemplo, aumento de la tensión, el nerviosismo o la sensibilidad a lo que sucede a su alrededor). Este nivel de activación es difícil de gestionar de forma adaptativa, es decir, mediante estrategias que permitan regular y adaptar eficazmente estas emociones a la situación.
Algunos expertos advierten de que, en el caso de las niñas y en las zonas urbanas, puede haber una mayor predisposición a sufrir ansiedad o depresión.
Leer más: Cómo ayudar a construir las bases del lenguaje en niños con autismo
¿Qué podemos hacer?
Comprender el perfil individual es fundamental para evitar generalizaciones y poder detectar diferencias sutiles. En el caso de menores de edad se debe hacer un esfuerzo por conocer al niño y no generalizar. Cada niño con autismo tiene su propia combinación de fortalezas, dificultades, intereses, formas de comunicación y formas de regular sus emociones. Conocer este perfil supone observar su actitud hacia los demás, cómo expresan su malestar, qué situaciones les provocan estrés, qué apoyo les ayuda a calmarse y qué cambios en su comportamiento habitual pueden indicar que algo no va bien.
Cuando conocemos bien al niño y su particular forma de experimentar el mundo, también podemos implementar estrategias que ayuden a prevenir o reducir la aparición de síntomas de ansiedad o depresión. Por ejemplo:
Observa y analiza cambios en tu contexto y comportamiento.
Dar valor e importancia a las emociones que experimentan los niños, aunque no las expresen verbalmente: “Veo que esto es muy difícil, te puedo ayudar.
Reducir la incertidumbre en contextos cotidianos. Anticipar cambios, utilizar apoyo visual y estructurar el entorno.
Apoyar explícitamente la regulación emocional. Identificar emociones, utilizar apoyo visual, practicar técnicas de respiración, etc.
Explicar y expresar explícitamente lo que nos resulta obvio.
Vivir con este trastorno presenta muchos desafíos a diario, pero eso no significa que no puedas esforzarte por lograr el máximo bienestar. Las familias y los docentes tienen el papel básico de observación, comprensión y seguimiento.
Descubre más desde USA Today
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

