Cada tormenta fuerte deja imágenes similares: playas sin arena y paseos descalzos por el avance del mar “de repente”. Pero este “impacto” visible suele depender de un proceso mucho más lento: una costa cada vez más afectada por la actividad humana, justo cuando el nivel del mar aumenta y los episodios extremos se vuelven más urgentes.
Andalucía es un claro ejemplo de este fenómeno. En esta región conviven dos fachadas diferentes:
Atlántico bajo y arenoso, con amplias playas y sistemas dunares bien desarrollados.
Un Mediterráneo más agitado, con playas más cortas (a menudo en forma de calas) que se alternan con acantilados y rápidos y aportes sedimentarios discontinuos.
En pocas palabras: el Atlántico tiende a tener más arena y más espacio; Mediterráneo, con menos sedimentos y menos margen para absorber los cambios.
La erosión costera: ni un desastre ni una excepción
Las playas son un sistema muy dinámico: buscan constantemente un equilibrio constante entre su morfología, los materiales que las forman y las condiciones impuestas por los agentes externos. Se mantienen gracias al intercambio de arena entre la playa y las dunas y al transporte a lo largo de la costa (la llamada “deriva costera”).
Por tanto, las dunas juegan un papel clave como reserva de sedimentos y como amortiguador: durante las tormentas aportan arena a la playa y disipan parte de la energía de las olas.
La erosión, al igual que la acumulación de sedimentos, es un proceso natural y común a escala global. Cuando la erosión es constante, el sistema costero tiende a adaptarse migrando hacia el interior. Se trata del llamado “espacio de alojamiento”: ese colchón de espacio interior que la costa debe adaptar a las nuevas condiciones. Esto es normal y no hay nada malo en que esto suceda.
La costa ahora está limitada por muros.
Sin embargo, cuando las reservas naturales de sedimentos quedan selladas o fijadas por edificios, caminos o muros, el sistema pierde su capacidad de ajuste natural. Entonces, el mar utiliza su única reserva disponible: la propia playa. Y aquí es donde empiezan los problemas: la pérdida (progresiva o repentina) de arena, con la consiguiente exposición directa de infraestructuras, como paseos marítimos y edificios, al oleaje.
La ocupación costera ha aumentado desde mediados del siglo XX. En Andalucía, la longitud de las playas afectadas por la construcción aumentó de 40 km a 240 km entre 1956 y la actualidad. Los datos son concluyentes: más de un tercio de las playas andaluzas (37,5%) están bajo la influencia directa del hormigón, de las cuales más del 80% se encuentran en la costa mediterránea.
Efectos del aumento del nivel del mar
A esta rigidez se suma el aumento del nivel medio del mar. En una serie de mediciones recientes se han observado tasas de unos pocos milímetros por año: 3,81 milímetros por año en Huelva (1998-2024), 3,32 mm por año en Cádiz (1961-2018) y 2,45 mm por año en Málaga (1993-2024). Una tasa cercana a los 4 mm/año equivale a 4 centímetros por década.
Aunque esos 4 centímetros parecen pequeños, en playas con pendientes suaves -cerca del 1%- esos 4 cm pueden, por pura geometría, traducirse en un desplazamiento potencial de unos 4 metros hacia la tierra cada diez años. La cifra exacta varía según las olas y los sedimentos, pero la idea es poderosa: los milímetros verticales pueden convertirse en metros horizontales.
A esto se suman las tormentas, porque el cambio climático no actúa de una sola manera. Los mares más altos actúan como una “plataforma” sobre la que se “montan” las tormentas: con un punto de partida más alto, la misma tormenta penetra más y afecta el perfil de la playa más hacia el interior. Si los episodios extremos también son más frecuentes o intensos, el sistema tiene menos tiempo para recuperarse entre shocks.
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Playas que desaparecen
En áreas donde la erosión tradicionalmente ha sido alta, se ha construido infraestructura de estabilización (como rompeolas) para supuestamente detener la erosión de las playas. Sin embargo, dan una falsa sensación de seguridad, que muchas veces es reforzada por las propias administraciones públicas.
Una playa que hoy parece “estable” puede ser un espejismo. En algunos tramos, las obras no eliminan la erosión, sino que sólo evitan que ésta se manifieste en la posición visible de la costa, afectando a su estabilidad sedimentaria. Es el caso, por ejemplo, del sector occidental de las playas de Torre del Mar (Vélez-Málaga), Balerma (El Ejido) y Los Serillos (Roquetas de Mar) en la vertiente del mar Mediterráneo; y El Portil (Punta Umbría), Matalascañas (Almonte) y Punta Montijo (Chipiona) en su homóloga atlántica, entre muchas otras. En la mayoría de estas playas destaca la presencia de infraestructuras de estabilización.
Torre del Mar, Málaga. BearFotos/Shutterstock Entonces, ¿más arena o más orilla?
Cuando se producen daños, una respuesta común es “reparar” la playa: añadiendo arena y fortaleciendo las defensas. A veces esto es inevitable a corto plazo, pero como única estrategia suele ser pan para hoy y hambre para mañana si no se restablece la dinámica natural del sistema.
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Dos líneas ayudan con la dirección. La primera es respetar el espacio siempre que sea posible: proteger y restaurar las dunas, evitar nuevas construcciones en primera línea, planificar bajo el supuesto de que la costa debe moverse. La segunda es priorizar tramos, porque no todas las playas tienen la misma cantidad de sedimentos ni el mismo margen de migración.
La erosión no es un fracaso: forma parte del funcionamiento normal de la costa. Con mar en ascenso, borrascas más exigentes, menos sedimentos disponibles por la regulación de las cuencas hidrográficas y una costa “rígida” por la construcción, la pregunta ya no es si la costa cambiará, sino si la planificación territorial permitirá que lo haga de forma natural… o seguirá chocando contra el muro.
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