Los bancos están preparados para las crisis, pero si todos reaccionan de la misma manera, la historia podría terminar mal

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Cuando se inauguró el Puente del Milenio de Londres en el año 2000, el evento terminó de una manera completamente inesperada. Al cruzarlo, los peatones hicieron vibrar el puente.

Para no perder el equilibrio, cada uno instintivamente ajustó su ritmo. Pero todos avanzaban al mismo ritmo. Este clima intensificó el balanceo y el puente tuvo que ser cerrado apenas dos días después.

Cada peatón actuó con sensatez: reaccionó a la vibración bajo sus pies para no caer. Pero la suma de esos pequeños movimientos creó un escenario peligroso. Esto es lo que los filósofos llaman la falacia de la composición. Lo que funciona a nivel individual puede ser desastroso para el conjunto.

La misma situación puede ocurrir en el sistema financiero. Comprender esto es importante para cualquier persona que tenga una hipoteca, un fondo de pensiones o ahorros en el banco. Porque cuando el sistema financiero falla, las consecuencias alcanzan a todos.

Acuerdo de Basilea

Después de varias crisis bancarias a finales del siglo XX, los reguladores internacionales crearon los Acuerdos de Basilea con el objetivo de fortalecer la estabilidad del sistema bancario global. La idea básica es simple: los bancos deben mantener reservas de capital de acuerdo con el riesgo que asumen. Cuanto mayor sea el riesgo, más capital deberán tener en reserva para absorber posibles pérdidas.

Durante años, los bancos han utilizado el valor en riesgo, conocido como VaR, para medir el riesgo de sus inversiones. El VaR calcula la pérdida máxima esperada en un día normal, con un cierto nivel de confianza. Por ejemplo: si el VaR de un banco es de 10 millones de euros al 99%, sólo hay un 1% de posibilidades de perder más.

El último Market Risk Basilea (FRTB) introduce una nueva medida: déficit esperado (ES). Esta herramienta va un paso más allá del VaR y estima cuánto puede perder si las cosas se ponen realmente mal y sufre una pérdida por encima del umbral del VaR.

Los reguladores prefieren esta medida porque capta mejor los eventos extremos. Son estos acontecimientos los que pueden poner el sistema financiero bajo control. Por este motivo, Basilea sustituyó el VaR por el Expected Shortfall como referencia.

El círculo vicioso: cuando todos venden al mismo tiempo

El VaR y el ES no sólo se utilizan para calcular las reservas de capital. Los bancos también los utilizan para el control interno del riesgo de sus inversiones. Cuando detectan demasiado riesgo, reducen las posiciones para limitar las pérdidas. Comportamiento completamente prudente desde el punto de vista individual.

El problema surge cuando todos los bancos utilizan modelos similares de gestión de riesgos y tienen inversiones similares. Imaginemos que la volatilidad del mercado aumenta debido a un evento inesperado. Los modelos de riesgo hacen saltar la alarma y muchos bancos se ven obligados a vender activos al mismo tiempo. Pero estas ventas simultáneas hacen bajar los precios y provocan aún más volatilidad. Lo que empezó como una pequeña perturbación se convierte en una bola de nieve.

¿Cuál es el resultado? Más ventas forzadas, más caídas y más volatilidad. Esto crea un círculo vicioso: los modelos sincronizan entidades y las ventas forzadas se retroalimentan entre sí.

Como los peatones en el Puente del Milenio, cada entidad se comporta racionalmente. Pero el efecto colectivo es el contrario de lo que se pretende: amplifica la inestabilidad en lugar de frenarla.

Evidencia académica y precedentes históricos.

Académicos y reguladores han estudiado esta dinámica utilizando modelos analíticos y de simulación. Sus resultados confirman el vínculo entre el uso generalizado de estos modelos y la aparición de episodios de inestabilidad.

Y no se trata sólo de teoría. En el verano de 1998, Rusia incumplió el pago de su deuda. Muchos inversores tenían posiciones similares y se vieron obligados a vender al mismo tiempo. La cascada de ventas drenó liquidez del mercado, aumentó las pérdidas y llevó al fondo de cobertura Long-Term Capital Management (LTCM) al borde del colapso. La situación era tan grave que la Reserva Federal de Estados Unidos tuvo que coordinar un rescate de emergencia.

El Banco de Pagos Internacionales identificó el uso generalizado de modelos VaR como un factor clave en la propagación de esa crisis. Algo similar se observó durante la crisis de 2007-2008: el VaR ayudó a sincronizar las respuestas de los bancos, amplificando el shock inicial de las hipotecas de alto riesgo hasta que se convirtió en una crisis sistémica global.

Moraleja: la gestión de riesgos requiere revisión

La conclusión no es que los bancos dejen de utilizar modelos de gestión de riesgos. Por el contrario, es necesario que las entidades financieras sean disciplinadas en cuanto a los riesgos que asumen. Pero estas herramientas deben complementarse con una visión global.

Un buen ejemplo son las pruebas de estrés. Se trata de ejercicios que simulan escenarios de crisis para ver si el banco puede resistirlos. Pero hoy estas pruebas evalúan a cada banco por separado. No tienen en cuenta que otros bancos también reaccionarán. Y esa reacción colectiva puede empeorar la situación.

Los reguladores también deberían considerar el efecto de sincronizar sus propias reglas. Cuando todos los bancos siguen las mismas reglas, tienden a actuar igual. Si cada banco utilizara un modelo de riesgo diferente, el sistema probablemente sería más sólido. La diversidad haría menos probable que todos vendieran al mismo tiempo.

Después de todo, lo que protege a cada banco individual puede no proteger al sistema en su conjunto. Al igual que los peatones en el Puente del Milenio, el camino hacia la estabilidad colectiva puede requerir que no todos marchen al mismo ritmo.


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