Los residentes de las zonas rurales tienen dificultades para conseguir coches eléctricos, pero también para pagar el combustible.

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Conducir un coche eléctrico es mucho más fácil en las ciudades, donde hay más cargadores y las distancias entre ellos son cortas. En general, este no es el caso en las zonas rurales, donde a menudo no existen estaciones de carga y cuyos residentes a menudo tienen que viajar largas distancias.

Además, la capacidad económica de los residentes de zonas rurales suele ser menor en promedio que la de los de los grandes centros urbanos, centros donde hay mayores oportunidades de acceder al transporte público. Teniendo en cuenta el elevado precio de los coches eléctricos, este factor también afecta al poder adquisitivo de estos vehículos.

Estos ciudadanos, por tanto, tienen dificultades para conseguir coches eléctricos, pero también para pagar el combustible.

¿Qué impuestos pagamos por el combustible?

Dentro de lo que se paga por un litro de diésel o gasolina, la mayor parte son impuestos: Impuesto especial sobre hidrocarburos, según el volumen del producto, e Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA), según el precio. En realidad, el tipo impositivo del IVA no sólo está relacionado con el precio del combustible, sino también con otros conceptos, que incluye incluso la participación del impuesto a los hidrocarburos, lo que lleva a una superposición entre ambos impuestos, es decir, podríamos decir que estamos pagando un impuesto sobre un impuesto.

El impuesto a los hidrocarburos llega al consumidor final mediante la transferencia económica de la carga tributaria, dado que sólo se aplica y afecta a la primera etapa del proceso de producción -es decir, la importación- y distribución del combustible, aunque necesariamente afecta el precio de las etapas posteriores.

El IVA llega al consumidor final a través de una transferencia jurídica -repercusión- ya que se cobra y afecta a todas las etapas del proceso de producción o distribución, incluidas las importaciones y las compras intracomunitarias. Todo en un contexto dominado por la armonización fiscal en la Unión Europea.

Tanto el IVA como el impuesto a los hidrocarburos son impuestos proporcionales porque la tasa impositiva no aumenta dependiendo del mayor monto gravado. Esto los distingue, por ejemplo, del IRPF, que es un impuesto progresivo donde el tipo de impuesto, el porcentaje de tributación, aumenta progresivamente cuanto mayores son los ingresos del sujeto.

La progresividad, como inspiración del sistema tributario, representa el mandato de la Constitución (Art. 31.1) de garantizar la justicia fiscal. Cuanto mayor sea el peso de la tributación proporcional, menos progresivo será el sistema.

Ante esto, el impuesto a los hidrocarburos hace que nuestro sistema tributario sea menos progresivo, visto globalmente y más alejado de los principios de justicia fiscal. En la práctica, este impuesto, dada la situación actual, hace que nuestro sistema sea menos justo.

Ya no se trata sólo de la prevalencia o no de la extrafiscalidad ambiental -es decir, de la utilidad de estos impuestos para cambiar comportamientos o evitar la contaminación-, sino de que los sectores menos favorecidos se ven obligados a sufrir dicha extrafiscalidad.

Desventajas para los menos afortunados

La apuesta por el coche eléctrico, teniendo en cuenta la situación actual y los precios de la industria del automóvil y de las infraestructuras de acceso a la energía eléctrica de los vehículos, con una elevada presión fiscal sobre los combustibles, nos sitúa en una situación especialmente gravosa para quienes tienen capacidades económicas más débiles y para los residentes en determinadas zonas rurales. A pesar de que estos últimos necesitan una mayor protección, ante la amenaza de un grave riesgo de despoblación.

Semejante panorama fiscal podría afectar de alguna manera los derechos básicos de ciertos sectores de la población. Esta situación representa un peligro que se viene viendo desde hace mucho tiempo y para el que aún no hay solución.

Al justificar este carácter no fiscal, se suele mencionar que la imposición de impuestos ambientales no tiene como principal finalidad fiscal o de mayor recaudación, sino redireccionar el comportamiento de los ciudadanos hacia actitudes menos contaminantes que llevarían a una menor recaudación de dichos impuestos.

En cualquier caso, es una idea que no siempre es comprensible para los ciudadanos que, como ya se ha dicho, suelen ser conscientes de que la mayor parte de lo que se paga por un litro de combustible corresponde a impuestos.

Ello debería obligar a revisar la fiscalidad de los vehículos -Impuesto especial sobre determinados medios de transporte e impuesto sobre los vehículos de tracción mecánica- y de los carburantes -Impuesto sobre los hidrocarburos-, considerando la situación en la que las personas con menores capacidades económicas y los residentes en determinadas zonas corren un grave peligro de despoblación (especialmente las zonas rurales de montaña).

De este modo, en situaciones de vulnerabilidad socioeconómica, es necesario que los poderes públicos presten más atención a los principios de capacidad económica, progresividad y no confiscación de la Constitución a la hora de determinar este tipo de medidas no fiscales.


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