¿Nacemos sabiendo qué es la belleza… o la aprendemos?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Visitantes frente a El nacimiento de Venus, un cuadro de Sandro Botticelli en la Galería de los Uffizi. smpoli/Shutterstock

Durante siglos, artistas, arquitectos y científicos se han sentido especialmente fascinados por esta cifra: 1.618…. Se trata de la famosa proporción áurea, una proporción matemática que aparece en los templos griegos, las pinturas de Mondrian, las conchas de nautilos, las plantas, las galaxias e incluso las proporciones del cuerpo humano.

Con un currículum como ese, no sorprende que se haya ganado la reputación de ser un número de “belleza universal”. Tanto es así que si ponemos delante de una persona dos figuras de diferentes proporciones, ésta tenderá a elegir la que respete la proporción áurea como más armoniosa.

¿Pero realmente percibimos instintivamente su belleza? ¿O depende de nuestra formación y experiencia? En un estudio que realizamos en la Universidad de Jaén intentamos dar respuesta a estas preguntas comparando algo tan cotidiano como dos tipos de miradas: la de quienes han recibido una educación artística y la de quienes no.

Imagen de una mujer tumbada boca arriba, desnuda, mirándose en un espejo.

El Espejo de Venus de Velázquez, uno de los ejemplos sobre los que se estudia la composición dorada en el arte. National Gallery/Wikimedia Commons La belleza bajo la lupa (y el microscopio) de la ciencia

La fascinación por esta relación no es nueva. Ya en el Renacimiento, el matemático Luca Pacioli lo describió como “de divina proporcionale” y explicó, en el célebre escrito del mismo nombre, su presencia en numerosas obras de arte y formas naturales. Desde entonces, no han faltado los intentos de encontrar en él una base biológica para la percepción estética, algo así como que nuestro cerebro tiene incorporado un detector interno de proporciones armónicas.

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Foto donde se coloca la cuadrícula compositiva según la proporción áurea: la torre sur del puente Golden Gate está exactamente en la línea dorada vertical derecha y la calzada está en la línea dorada horizontal inferior. Imagen de Brocken Inaglori con cuadrícula de Friederike Wiegand., CC BI

Durante los siglos XIX y XX, varios estudios intentaron probar esta hipótesis de forma experimental. Algunos de ellos sugirieron que existía una preferencia por los rectángulos cercanos a la sección áurea, pero otros trabajos cuestionaron estos resultados, mostrando que la preferencia asumida no era tan consistente como se creía.

Y por supuesto, a la luz de estos hallazgos, surgió una pregunta tan necesaria como incómoda: si la proporción áurea se presenta como una forma de belleza universal, ¿por qué no es la preferida por todos?

Cuando la belleza no es obvia

En el estudio anterior ya descubrimos algo interesante.

Las personas sin educación artística preferían obras de arte basadas en la proporción áurea a composiciones basadas en proporciones muy extremas (por ejemplo, 1/6, una proporción que difícilmente pasaría el filtro estético de Instagram). Curiosamente, esta preferencia desaparecía cuando la comparación se hacía con una proporción más equilibrada (por ejemplo, ½, una proporción clásica y simétrica que produce serenidad según algunos ascetas… e Instagrammers).

El resultado suscitó una sospecha razonable: tal vez estas personas no eligieron la proporción áurea convencidas de una armonía matemática que ellos mismos desconocían, sino simplemente porque la proporción más extrema les resultaba incómoda.

Para comprobar esta hipótesis, propusimos un estudio comparando dos grupos: estudiantes de psicología, sin formación artística especial (el grupo “ingenuo”) y estudiantes de bellas artes, con formación y experiencia artística (el grupo “cuasi-experto”). La pregunta que nos hicimos era simple y directa: ¿la educación artística aumenta la sensibilidad hacia cierto tipo de armonía visual?

Veamos qué pasó en la “lucha por la belleza”.

Áurea contra los extremos

En el primer experimento, a los participantes se les presentó, durante apenas un segundo y medio, dos versiones de un mismo cuadro inspirado en Mondrian: una adaptada a la proporción áurea y otra basada en una proporción extrema (1/6). La tarea era muy sencilla: sólo tenían que elegir cuál les parecía más bonita.

Los resultados no dejaron lugar a dudas. Ambos grupos preferían los inspirados en la proporción áurea, aunque los estudiantes de bellas artes (como si de ello dependiera su prestigio) lo hacían con mucha más convicción. Esto indicó que esta relación clásica actúa como un criterio estético básico, incluso para personas sin educación artística.

Pero, por supuesto, los resultados no abordaron la pregunta clave: ¿preferimos la proporción áurea por sí misma o simplemente porque la alternativa no es atractiva? Para responder a este punto, diseñamos otro experimento. El segundo asalto de la pelea prometía ser más revelador.

Un duelo más equilibrado

Esta vez, la proporción áurea se enfrentó a un rival más digno: la proporción ½. Tradicionalmente, ambos se consideran armoniosos, por lo que una comparación permitiría valorar si la supuesta superioridad estética de la proporción áurea se mantiene en condiciones más estrictas.

Cada columna corresponde a un grupo de imágenes adaptadas de Mondrian utilizadas en los Experimentos 1 y 2. Las filas corresponden a diferentes arreglos geométricos: proporción áurea (GR), media proporción (1/2) y sexta proporción (1/6).

Cada columna corresponde a un grupo de imágenes adaptadas de Mondrian utilizadas en los Experimentos 1 y 2. Las filas corresponden a diferentes arreglos geométricos: proporción áurea (GR), media escala (½) y sexta proporción (1/6). A. Félix Vico-Prieto, Ángel Cagigas, Juan M. Rosas y José E. Callejas-Aguilera, CC BI

Aquí es donde apareció la diferencia clave, el golpe maestro. Las personas sin educación artística no mostraron una preferencia clara entre ambos. Sin embargo, y una vez más en broma, los estudiantes de Bellas Artes no cejaron y se inclinaron notablemente por la proporción áurea. Para ellos no sólo destacó entre las proporciones extremas, sino que incluso superó otras proporciones que también consideramos equilibradas y armoniosas.

Más allá de las matemáticas: una experiencia de belleza

Esto nos permite asomarnos a un territorio fascinante: el territorio de la experiencia real de la belleza. Casi por nocaut, los resultados nos hacen recordar algo fundamental: la percepción de la belleza no se reduce a la aplicación de una fórmula matemática.

Sin duda, la proporción áurea tiene un atractivo universal. Podemos concluir que puede haber cierta predisposición natural a ello, pues es preferido incluso por personas sin ninguna formación artística.

Sin embargo, cuando miramos a quienes han pasado años buscando, analizando y creando imágenes, la historia parece estar cambiando. Para los estudiantes de bellas artes, la proporción áurea adquiere un tono diferente. No sólo se inclinan más claramente hacia ello. Además, su ojo entrenado les permite detectar diferencias sutiles que otros no notan. No se trata de ver “más bonita”, se trata de ver diferente.

Todo ello nos invita a pensar que la percepción de la belleza no es sólo un fenómeno biológico o instintivo. Por supuesto, debe haber una visión natural hacia ello, sí, pero la educación y la experiencia juegan un papel decisivo en cómo percibimos y apreciamos lo que vemos.

El estudio, por supuesto, deja preguntas abiertas: ¿las personas con mayor sensibilidad estética nacen así o esta sensibilidad se construye a través del aprendizaje? Quizás no sea sólo educación, sino que quienes tienen esa sensibilidad innata dirigen sus intereses y formación hacia el arte. Sin embargo, también es probable que el diálogo entre predisposición y educación se influya y se potencie mutuamente.

Lo que este artículo pone sobre la mesa es que la percepción de la belleza puede no ser algo universal, sino más bien una experiencia en constante construcción que se encuentra en la forma en que hemos aprendido a mirar.

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Los abajo firmantes no son empleados, consultores, ni poseen intereses ni reciben financiamiento de ninguna empresa u organización que pueda beneficiarse de este artículo, y declaran que no tienen afiliaciones relevantes aparte del puesto académico citado anteriormente.


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