Neurothings: por qué el prefijo ‘neuro’ no convierte ninguna idea en ciencia

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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En las últimas décadas, el prefijo neuro- se ha convertido en una especie de sello de calidad intelectual y científica. Sólo hay que mirar redes sociales, canales de divulgación y, peor aún, artículos académicos, para encontrar términos como neuromarketing, neurolove, neuroleadership o neurocoaching. Basta añadir cinco letras a una palabra para que suene más profunda, más innovadora y, sobre todo, más científica.

El prefijo neuro- proviene del griego neurona (νευρον) y significa “nervio” o, más ampliamente, “sistema nervioso”. Comenzó a utilizarse para formar términos científicos y médicos relacionados con este órgano, pero se extendió a otras áreas, no siempre correctamente. Y no todo lo que brilla es neuro.

Uso legítimo versus abuso terminológico

El prefijo neuro- debe reservarse para aquello que tiene una conexión demostrable con el sistema nervioso; No basta con mencionar el cerebro. Hablar propiamente de neurociencia implica basarse en datos obtenidos mediante técnicas propias de esta disciplina, como la neuroimagen, la electrofisiología o los estudios moleculares, celulares y tisulares del tejido nervioso.

Sin embargo, en los últimos años el término se ha vuelto popular en campos como el marketing, la gestión empresarial o el coaching, a menudo sin una conexión real con mecanismos cerebrales mensurables. Esta ampliación no deja de ser importante desde el punto de vista cognitivo: numerosos estudios demuestran que las explicaciones que incluyen referencias al cerebro son más persuasivas, incluso cuando esa información es irrelevante o superficial.

Este fenómeno, conocido como neurohipo o “neuroesencialismo”, ha sido ampliamente criticado por inflar las explicaciones del valor de “neural” y por contribuir a una comprensión simplista (y a veces errónea) de cómo funciona realmente el sistema nervioso. Desde esta perspectiva, el problema no es que otras disciplinas estudien el comportamiento humano –algo bastante legítimo– sino que adopten el prefijo neuro- sin proporcionar evidencia neurobiológica directa.

Esto no significa que el diálogo entre la neurociencia y otros campos del conocimiento sea ilegítimo. Al contrario: es deseable y necesario. Pero la conversación interdisciplinaria no se logra añadiendo prefijos, sino integrando datos, teorías y métodos de forma rigurosa. Cuando términos como neuromarketing, neurocoaching o neuroliderazgo, entre muchos otros, se aplican a intervenciones que no generan ni utilizan datos neurobiológicos, el prefijo neuro- funciona, en su mayor parte, como un reclamo publicitario.

Como advierten Sally Suttel y Scott Lilienfeld, este mal uso del lenguaje neurocientífico puede desviar la atención de las preguntas realmente importantes (qué funciona, para quién y en qué contexto) hacia una explicación reduccionista y centrada en el cerebro. No todos los estudios de la mente necesitan ser neurológicos para ser rigurosos, y forzar ese lenguaje puede crear más confusión que conocimiento.

Neurosíntomas que pueden hacernos desconfiar

En las redes sociales, tanto personas influyentes como empresas confían en este prefijo para atraer la atención y proporcionar un aparente rigor científico a un producto, curso o idea.

Acciones como acudir al perfil de la red social de quien publica, comprobar qué formación tiene, ver si tiene aportaciones sobre el mismo tema o comentar temas muy diferentes y aparentemente sin relación, pueden ayudarnos a saber qué nivel de especialización tiene.

Del mismo modo, incluso si dices “experto” en tu perfil o tienes una foto tuya con una bata blanca, investiguemos un poco más. Si es necesario, puede ser recomendable abandonar la red social y buscar otras fuentes.

Por otro lado, la mayoría de perfiles científicos y académicos que se dedican a la divulgación intentan hacerlo de forma amable y en un lenguaje que pueda resultar mínimamente comprensible para el público no especializado. Así que si encontramos un reel o una publicación con un lenguaje demasiado técnico, no asumamos que estamos ante un experto.

Y, si no nos queda claro, no compartir, comentar ni citar. No le demos importancia a este tipo de cuentas porque sin darnos cuenta contribuiremos a su viralización, que sigue siendo lo que buscan.

El conocimiento de estas técnicas puede hacernos a los usuarios de redes sociales más neurocríticos y menos neuroinfluyentes, sin caer en el clickbait que nos hace hacer clic en determinadas publicaciones con títulos y neuropalabras sin sentido como las que utilizamos en este párrafo.

Sugerencias para mejorar el rigor en la comunicación científica

Desde una perspectiva de la práctica de la investigación, varios trabajos en comunicación científica y neuroética sugieren que una forma eficaz de mejorar el rigor (y evitar el uso incorrecto del término neuro) es aplicar criterios más estrictos de precisión conceptual. El prefijo sólo debe usarse cuando el estudio involucra datos, métodos o mediciones directamente relacionados con la actividad del sistema nervioso, y no como un recurso retórico destinado a reforzar explicaciones psicológicas o conductuales que ya están bien establecidas de otras maneras.

En el ámbito editorial, diversos análisis recomiendan valorar críticamente si la referencia al sistema nervioso aporta un valor explicativo real o, por el contrario, introduce ambigüedad conceptual (el mencionado neuroesencialismo) sin mejorar el razonamiento científico.

Finalmente, los estudios experimentales en psicología cognitiva muestran que el uso del lenguaje neurocientífico puede aumentar la credibilidad percibida de una explicación sin mejorar su calidad o comprensibilidad. Este efecto refuerza la necesidad de que los comunicadores y divulgadores científicos den prioridad a la claridad, el contexto y los límites interpretativos sobre el atractivo del discurso “neuro”.

Juntas, estas prácticas reducen el riesgo de neuroexageración y promueven una comunicación científica más precisa y honesta. Como recordaba Santiago Ramón y Cajal, “cada hombre puede ser, si así lo desea, escultor de su propio cerebro”; pero ninguna palabra, por neurótica que parezca, puede por sí sola producir conocimiento donde no hay rigor.


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