Por qué todos los profesores necesitan entender cómo funciona el cerebro

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Consideremos a Lucas, un estudiante de cinco años que no puede quedarse quieto durante la asamblea. Al profesor A, sin formación sobre cómo funciona el cerebro, se le está acabando la paciencia. Cree que el niño está desafiando las reglas o carece de límites familiares. La profesora B, que tiene conocimientos en neuroeducación, respira ligeramente. Sabe que el cuerpo de Lucas necesita moverse para mantener su atención. En lugar de obligarlo a quedarse quieto, le ofrece un cojín de movimiento para balancearse. O te pide que seas su asistente para distribuir materiales.

La diferencia entre ambos profesores no es sólo la buena voluntad, sino el conocimiento.

Comprender el desarrollo del cerebro cambia la perspectiva del docente; Nos permite comprender qué hay detrás del comportamiento y el aprendizaje. La neuroeducación nos aporta información valiosa para todas las edades: ayuda en la infancia en los periodos sensibles o en los cambios emocionales de la adolescencia. Además, nos enseña a ver la diferencia entre lo que es una variabilidad natural y lo que es un desafío del desarrollo.

Promover el desarrollo antes de los 6 años.

Entre los 0 y los 6 años se sientan las bases para el aprendizaje futuro. En esta etapa, el cerebro del niño se está desarrollando a un ritmo sorprendente.

El conocimiento sobre el cerebro permite al profesor identificar y estimular en el tiempo los pilares del aprendizaje (agilidad con los sonidos, control corporal o visual…). Por ejemplo, el profesor sabe que los juegos de lenguaje o el conteo rápido no son simples pasatiempos: son las raíces biológicas de la lectura y la aritmética futura. Si descubre dificultades en estas áreas, actúe de inmediato.

Para ello utiliza palabras, movimientos y juegos sensoriales, protegiendo así al docente de las prisas pedagógicas. Ya no intenta acelerar procesos para los que el cerebro aún no está preparado. El profesor ayuda así a madurar los fundamentos del aprendizaje.

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Esta intervención planificada favorece la inclusión preventiva. Además, ayuda a preparar el cerebro para demandas futuras respetando su biología.

De 6 a 12 años: adaptar la apariencia a la maduración funcional

En esta etapa, el cerebro se reorganiza para hacer frente al aprendizaje cultural como la lectura y las matemáticas, un proceso conocido como reciclaje neuronal.

Aquí es donde entran en juego las funciones ejecutivas, el centro de control que planifica, organiza y atiende. Su desarrollo no va en línea recta ni es igual para todos. Esta madurez varía mucho entre los estudiantes en el aula.

En ocasiones el niño siempre olvida el material, no frena sus impulsos o no espera su turno. Estos comportamientos suelen etiquetarse como falta de interés o atención, pero podría tratarse de una simple falta de madurez. El profesor entiende que el centro de control (corteza prefrontal) en algunos niños puede tener un desfase en la maduración de hasta tres años. Y puede suceder sin ninguna interrupción.

Este conocimiento transforma la gestión del aula. El profesor ya no se siente interpelado, comprende que el alumno aún no tiene los medios biológicos para responder. Por ello, aplica ayudas visuales o recordatorios que compensen esta falta temporal de madurez.

Trabajar para el cerebro adolescente

La adolescencia es una etapa de limpieza y especialización del cerebro. El cerebro elimina conexiones no utilizadas para ganar velocidad y eficiencia. Este proceso se conoce como poda sináptica.

Saber esto permite al maestro asociarse con la biología del estudiante. Por ejemplo, permite comprender por qué los jóvenes tardan más en tener sueño, cambio que perturba su descanso. Tu bajo estado de alerta por la mañana no es una falta de respeto: es una realidad biológica que reduce tu rendimiento en las primeras horas.

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Por otro lado, el docente comprende el desequilibrio madurativo del adolescente. Tu sistema emocional está muy activo, pero tu freno racional sigue puesto.

A esta edad el motor es la relevancia social. Por eso, es vital diseñar desafíos reales donde se trabaje en equipo y se tenga autonomía. Se pueden sugerir proyectos basados ​​en tus intereses y que ayuden a mejorar tu barrio o centro de la ciudad. Así, al vincular el aprendizaje con su identidad, el compromiso reemplaza a la rebelión.

De la retórica a la práctica informada

El conocimiento del cerebro proporciona al profesor un mapa para navegar por la diversidad del aula. La diversidad es la norma neurobiológica, no la excepción. Entender esto nos permite diseñar ambientes que respeten y potencien el ritmo de cada alumno.

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Además, este conocimiento protege al docente de los neuromitos, creencias falsas sin base científica que perjudican la educación. La ciencia no priva a la humanidad de la enseñanza, sino que le proporciona las herramientas adecuadas. Así, la inclusión se convierte en una práctica diaria que tiene en cuenta el potencial de cada alumno.


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