Pornografía, agresión sexual y sumisión química: ¿cómo se relacionan?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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La violencia sexual con ayuda de drogas incluye aquellas agresiones en las que el autor se aprovecha de personas que se encuentran inconscientes o incapacitadas por los efectos de sustancias psicoactivas, consumidas voluntaria o involuntariamente. Habitualmente se utiliza el término sumisión química para referirse a este fenómeno, distinguiendo entre sumisión química oportunista y proactiva.

La sumisión química cobró especial atención en la opinión pública tras el caso Pelicot, en el que decenas de hombres violaron a una mujer drogada mientras su marido filmaba los ataques. En España, hechos de este tipo recuerdan el caso de La Manada de Pozoblanco, descubierto durante la investigación del atentado de los Sanfermines de 2016: la policía encontró en el teléfono de uno de los acusados ​​un vídeo de otra agresión sexual a una joven inconsciente.

El impacto social de este tipo de hechos se nota en la serie Alba, que cuenta la experiencia de una joven al ser atacada mientras estaba inconsciente por un grupo de chicos, que están grabando todo en vídeo. Ficción aparte, un estudio reciente demuestra que una de cada dos mujeres y uno de cada cuatro hombres han sufrido violencia sexual asistida por drogas en un contexto de fiesta.

El modelo hegemónico de la pornografía también incluye escenas de violencia sexual mediante sumisión química, como parte de un repertorio más amplio de contenidos violentos. Un nuevo estudio del Observatorio Universitario sobre Violencia Sexual Inducida por Drogas analiza el vínculo entre este tipo específico de agresión y el consumo de pornografía.

Acceso temprano y repetido

La pornografía está muy extendida entre los jóvenes. Dos de cada tres jóvenes de entre 18 y 35 años reconocen consumirlo: el 44,2% de los hombres lo ve a diario o dos o tres veces por semana, mientras que el 27,2% de las mujeres lo consume menos de una vez al mes. Además, hay que tener en cuenta que la edad media de primer acceso a estos contenidos es de 10 años.

La mitad de los jóvenes cree que ve demasiada pornografía y admite que ha intentado, sin éxito, reducir su consumo. El 40% afirma que dicho gasto les afecta negativamente en ámbitos como el rendimiento académico o laboral. Para algunos usuarios, la visualización repetida puede crear habituación, lo que lleva a una búsqueda de contenido progresivamente más intensa, similar a la tolerancia que se observa en la adicción a sustancias. Estamos hablando de conductas en la órbita del trastorno de conducta sexual compulsiva.

Una fuente de desinformación sexual

Muchos jóvenes perciben la pornografía como una fuente de educación sexual, en ausencia de una orientación de calidad. Sólo un 12% está completamente satisfecho con la educación sexual recibida en su centro educativo. La mitad admite utilizar la pornografía como fuente de inspiración en sus relaciones, en línea con lo reportado en estudios realizados en otros países. Sin embargo, la pornografía también puede actuar como fuente de información sexual errónea, difundiendo mensajes falsos sobre el consentimiento y representando escenas que degradan y cosifican a las mujeres.

Pornografía y violencia sexual con ayuda de drogas.

El 41% de los jóvenes admite consumir pornografía con contenidos violentos, degradantes o humillantes, mientras que el 33% afirma que es habitual encontrarse con violaciones o abusos sexuales. Respecto a la combinación de pornografía y agresión sexual mediante sumisión química, el 22,2% de los hombres y el 11,3% de las mujeres reconocen haber visto escenas en las que aparecen personas dormidas, inconscientes o bajo los efectos del alcohol u otras drogas.

Este tipo de contenidos alimenta la cultura de la violación: presenta las agresiones a mujeres desprevenidas como algo erótico y sexualmente excitante, conceptualizando como sexo lo que en realidad es violencia sexual.

cultura de la violación

Sabemos que la exposición a la pornografía violenta puede moldear el comportamiento sexual, reforzando la percepción del comportamiento violento como normativo. Esto se aplica no sólo a las agresiones, sino también a un mayor riesgo de violencia sexual. Un tercio de los jóvenes en España cree que consumir pornografía les genera fantasías sobre cometer o sufrir una agresión sexual.

El citado estudio del Observatorio Universitario de Violencia Sexual Asistida por Drogas muestra la existencia de una correlación específica entre la violencia sexual por sumisión química y el consumo de pornografía con escenas de violencia sexual inducida por drogas. Así, quienes consumen este tipo de contenidos tienen cuatro veces más probabilidades de haber cometido un ataque. La relación no se limita a los agresores, sino que también se asocia a un mayor riesgo de haber sufrido este tipo de ataques.

La clave es crear una visión crítica de la forma en que se presentan las relaciones sexuales en la pornografía. Aunque los jóvenes son relativamente críticos, el contenido sobre prácticas violentas permea el imaginario colectivo, creando estereotipos establecidos sobre la violencia.

Para prevenir la normalización del comportamiento sexual violento, es necesario implementar intervenciones educativas integrales que aborden críticamente el impacto de la pornografía como fuente de (des)información sexual. Asimismo, debemos visibilizar y valorar la importancia del consentimiento en las relaciones, también en relación con la imposibilidad de consentimiento derivada de los efectos del alcohol y otras drogas.

Finalmente, es necesario revisar las responsabilidades y obligaciones de las plataformas de distribución de pornografía, mejorar el seguimiento, filtrado y eliminación de contenidos violentos.


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