¿Qué nos hace humanos? Durante siglos hemos creído que somos excepcionales, la única especie capaz de pensar, sentir o planificar. Los demás eran simplemente autómatas, criaturas impulsadas por reflejos y aprendizaje mecánico, casi como máquinas controladas por genes. Sin embargo, la primatología ha cambiado esa historia. Hoy sabemos que la línea entre humanos y primates no humanos es una línea borrosa y difusa. Y, paradójicamente, al comprender cómo piensan y sienten los animales, comenzamos a comprender mejor nuestra propia mente.
De las máquinas a las mentes
A mediados del siglo pasado, el paradigma del animal automático comenzó a colapsar. La evidencia no provino de un solo frente, sino de una ola de trabajo pionero en todo el mundo. En las décadas de 1960 y 1970, figuras legendarias como Jane Goodall, Diane Fossey y Biruta Galdikas se adentraron en las selvas para estudiar y descubrir a nuestros parientes más cercanos.
Documentaron cómo los chimpancés fabrican y utilizan herramientas, forman alianzas complejas y muestran empatía hacia sus compañeros. Conocimos gorilas de montaña que lejos de ser criaturas agresivas, eran criaturas sociales y sensibles, capaces de cuidar, jugar y llorar la pérdida de sus crías; y orangutanes que, aunque solitarios, invirtieron largos e intensos periodos en el cuidado y crianza de sus crías, casi más que los propios humanos.
Sabater Pi fotografía un gorila en la Guinea española del siglo XX. Wikimedia Commons., CC BI
Al mismo tiempo, el español Jordi Sabater Pi, en sus estudios en Guinea Ecuatorial, documentó chimpancés utilizando palos para cavar y alimentarse de termitas, años antes de que estas imágenes aparecieran en revistas internacionales y documentales de la BBC. Su cuaderno de campo, lleno de bocetos y notas, es un recordatorio de que la curiosidad científica no siempre habla inglés.
Empatía ecológica
Al otro lado del mundo, la primatología japonesa, liderada por Kinji Imanishi y Junichiro Itani, aportó más que datos: filosofía. Mientras el observador occidental mantenía las distancias, los japoneses propusieron una “empatía ecológica”: dejar de observar al sujeto de laboratorio para comprender al individuo dentro de su grupo y su entorno.
La observación sistemática de un grupo de macacos salvajes lavando patatas en una playa de la isla de Koshima, Japón, fue el origen de la disciplina que hoy llamamos primatología cultural. La cultura ya no era sólo un fenómeno humano: la capacidad de transmitir conocimientos de generación en generación también formaba parte del repertorio de nuestros primos evolutivos.
Primates capaces de consolar a un compañero angustiado
Como punto de partida para esta visión cultural, la primatología ha descubierto que los primates tienen una vida mental y emocional rica. Los grandes simios en particular (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes) poseen capacidades cognitivas sorprendentemente diversas. Pueden reconocerse en el espejo, recordar acontecimientos pasados y predecir las acciones de los demás. Son capaces de consolar a una pareja en apuros -lo que llamamos compasión- o, cuando les conviene, intentar engañar a los demás.
Algunos exhiben un comportamiento típico de la tanatología, permaneciendo junto al cuerpo de un ser querido fallecido durante horas o días. Piensan y sienten, aunque quizás no de la misma manera que nosotros.
La tristeza de Natalia, una chimpancé de 21 años.
Recordar el pasado, predecir el futuro, tomar conciencia de uno mismo o imaginar lo que otro sabe ya no son capacidades exclusivamente humanas. Los chimpancés negocian alianzas políticas y se reconcilian después de los conflictos.
Sin cooperación, no hay sentido de justicia. En términos de comunicación, su repertorio es increíble: vocalizaciones con matices emocionales, gestos deliberados y miradas que “hablan” más que muchas palabras. Aunque no utilizan un lenguaje simbólico como el nuestro, utilizan –de forma deliberada– un amplio repertorio de gestos comunicativos en sus relaciones sociales, con una complejidad rayana en la conversación.
Experimento del primatólogo holandés Frans de Waal sobre el sentido de la justicia con monos capuchinos. Lo que nos diferencia
Todavía no sabemos hasta qué punto su autoconciencia, su capacidad para imaginar el futuro o atribuir creencias falsas a otros, es lo que en psicología llamamos una teoría completa de la mente. La lista de preguntas sin respuesta incluye preguntas como: ¿realmente entienden la muerte o simplemente la ausencia? ¿Puedo mentir a propósito? ¿Tienen sentido del humor? ¿Experimentan belleza o placer en el paisaje? ¿Pueden distinguir entre el bien y el mal en un sentido moral?
Y hay rasgos que parecen exclusivos, o al menos más desarrollados, de nuestra especie. Se trata de una enseñanza reflexiva, del lenguaje simbólico, de la imitación compleja y de nuestra ontogenia cultural, en la que cada generación recibe y modifica los conocimientos de la anterior. Desde una perspectiva neovygotskiana, podríamos afirmar que el ser humano no viene al mundo con su propia mente, sino dentro de la mente de otro: la mente de los demás.
Nuevas perspectivas sobre viejas preguntas
Las modernas técnicas de investigación han abierto una ventana sin precedentes al mundo interior de los animales. Herramientas como el seguimiento ocular nos permiten registrar hacia dónde dirigen la mirada los primates e inferir cómo perciben y procesan la información visual o social de su entorno.
Otros enfoques, como el análisis automático de expresiones faciales, la inteligencia artificial aplicada al reconocimiento de gestos o proyectos colaborativos internacionales como ManiPrimates, multiplican las posibilidades de explorar tu mente.
Ciencia, ética e implicaciones prácticas.
Estas nuevas perspectivas no sólo buscan conocer, sino también cuidar. Reconocer que otros animales piensan y sienten no es sólo un avance científico. Esto incluye aceptar que tienen sus propios intereses, emociones y necesidades psicológicas. Y esa comprensión también transforma la forma en que actuamos.
Hoy sabemos que la mente necesita tanta estimulación como el cuerpo; que un entorno complejo, con desafíos, relaciones y decisiones, es tan vital como la alimentación o la atención veterinaria.
En los centros de vida silvestre en cautiverio, donde viven muchos de ellos, ya no deberíamos hablar de mantenimiento o cuidado, sino de ofrecer vidas significativas: permitirles elegir, explorar, colaborar, conectarse y decidir.
Si tienen mente, también tienen derecho a experiencias mentales plenas. Debemos conseguir que puedan expresar su curiosidad, su juego, su cariño y su libertad de elección. El bienestar psicológico no es un lujo, es una obligación moral y científica.
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