Si bien el reconocimiento social de la diversidad de trayectorias de vida se ha ampliado en las últimas décadas, la maternidad actúa como una norma que condiciona la vida de muchas mujeres. No ser madre después de los 35 años sigue generando presiones, estigmas y desigualdades que trascienden el ámbito social, laboral y emocional.
El discurso contemporáneo sobre las mujeres incorpora cada vez más la idea de elección individual. La maternidad aparece, al menos en un sentido normativo, como una posibilidad entre otras. Sin embargo, esta aparente apertura coexiste con una realidad persistente: la maternidad sigue ocupando un lugar central en la construcción social de la identidad femenina.
Cuando una mujer tiene más de 35 años y no ha sido madre –ya sea por elección propia, por dificultades reproductivas o por circunstancias de la vida– su carrera sigue estando en entredicho.
La maternidad como norma cultural
A pesar de los cambios sociales, la maternidad todavía está asociada a la idea de una vida femenina “plena” o “realizada”. El mandato de la maternidad adquiere formas más sutiles, pero no desaparece. Se presenta no sólo como una opción vital, sino también como una expectativa implícita que estructura las nociones de lo que significa ser mujer.
Esta expectativa se intensifica a partir de cierta edad: a partir de los 35 años se activa el discurso del llamado “reloj biológico”. Más allá de su dimensión biológica, es una construcción social que establece una temporalidad normativa para la maternidad y refuerza el control simbólico sobre los cuerpos y las decisiones reproductivas de las mujeres.
En este contexto, la baja por maternidad suele interpretarse como una responsabilidad individual y rodeada de la necesidad de justificar las decisiones personales de la mujer. La maternidad deja así de ser un ámbito de elección y se convierte en una norma cultural cuyo incumplimiento requiere demasiadas explicaciones.
Invisibilidad social y jerarquías simbólicas
La falta de madre también tiene implicaciones en el ámbito de las relaciones. En muchos entornos, la maternidad sigue funcionando como eje organizador de la vida adulta y genera dinámicas de pertenencia y exclusión que colocan a las mujeres sin hijos en una posición periférica.
Todavía existen representaciones que asocian la no maternidad con la soledad, la falta de relaciones o una supuesta orientación individualista.
Estas ideas colocan a las mujeres sin hijos en un lugar secundario en el espacio de la vida adulta y se convierten en un tema central de socialización. Las conversaciones y actividades cotidianas giran en torno a la paternidad, lo que refuerza la idea de que esta experiencia forma el núcleo de la vida de una mujer.
Esta jerarquía simbólica genera la invisibilidad de otras formas de relación, cuidado y compromiso y contribuye a la percepción de la identidad de las mujeres en una sociedad marcada por profundos roles tradicionales.
Influencia emocional, legitimidad y estigma
A pesar de los avances regulatorios y culturales, persisten los estigmas asociados a la no maternidad. La idea de una mujer “incompleta”, “egoísta” o “fracasada” sigue formando parte del imaginario colectivo, aunque expresada de manera menos explícita que en décadas anteriores.
El discurso del reloj biológico refuerza el estigma al asignar la responsabilidad de la no maternidad únicamente a las mujeres. La presión social proviene no sólo del entorno inmediato, sino también de los medios de comunicación y las representaciones culturales que siguen retratando la maternidad como un destino natural e inevitable.
Las narrativas influyen tanto en la valoración social como en la forma en que las propias mujeres interpretan su experiencia de vida, con un impacto directo en la autoestima y el sentido de pertenencia.
Las consecuencias emocionales de este mandato social son relevantes. La presión constante para explicar la no maternidad puede provocar sentimientos de culpa, inseguridad o insuficiencia, incluso cuando las decisiones tomadas corresponden a un proyecto de vida coherente.
Más allá de la maternidad
El análisis de esta dinámica muestra que, a pesar del progreso discursivo, la maternidad continúa funcionando como una norma social que organiza la vida de las mujeres. No ser madre después de los 35 años sigue siendo una desviación del modelo dominante.
Cuestionar esta lógica no significa disminuir la maternidad, sino situarla claramente en el ámbito de la elección y no de la obligación. Reconocer la diversidad de trayectorias de vida es fundamental para avanzar hacia una sociedad donde las mujeres no tengan que justificar constantemente sus decisiones ni su validez en base a un único modelo de vida.
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