Con la presunta muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) se ha desatado una ola de inestabilidad y violencia. Pese a ello, las operaciones militares y los actos de “represalia” de los seguidores del capo exponen el éxito del “poder blando” del crimen organizado.
Lo que nos lleva a plantearnos la siguiente pregunta: ¿por qué un joven decide tomar un arma y prender fuego a un vehículo en la vía pública? La respuesta no es sólo económica; Es profundamente psicosocial.
La fidelización como producto de consumo
La narcocultura ha extendido un imaginario en el que unirse a un cartel se presenta como un rito de paso a la vida adulta y a la relevancia. Según la Red por los Derechos del Niño en México (REDIM), se estima que entre 30.000 y 45.000 menores han sido reclutados por grupos criminales. Esto se debe a una estrategia corporativa de señuelo y captura bien diseñada que se ha incrementado en los últimos cinco años, según el colectivo de búsqueda de la madre (un grupo voluntario informal organizado para buscar familiares desaparecidos) en México.
Esta lealtad no nace del vacío, sino de la estética de la lealtad glorificada por los corridos y las redes sociales.
El cartel se vende como una estructura de atención que no proporciona el estado. Para el joven que prende fuego a la calle, ese acto de terrorismo es, en su psique distorsionada, una prueba de valentía y de pertenencia a la familia. Una tribu que lo ve, incluso si lo van a utilizar como carne de cañón.
Hay una ruptura en el tejido social, que tiene que ver con el papel de la familia, ligado, en el pasado inmediato, a una formación rígida y menos afectiva. Y, de momento, sobreprotector, pero al mismo tiempo, ajeno e invisible para sus “hijos”.
Narcocultura, violencia y el mito del asesino
La relación entre la cultura de las drogas y los asesinos es una simbiosis de deshumanización. La cultura de las drogas ha logrado “estetizar” la violencia. El asesino no se ve a sí mismo como un asesino, sino como un “guerrero” o un actor necesario en la “operación”.
Esta semántica es peligrosa porque da un propósito heroico a acciones horribles. La violencia se convierte en su lenguaje. En la cultura de las drogas, el uso de la fuerza es el único mecanismo para un rápido progreso social. Se proyectó que los asesinos serían una fase pasajera hacia el lujo, ocultando la realidad estadística.
La vida media de un joven en estas estructuras rara vez supera los tres años después de su ingreso activo, a pesar de tener un “plan de vida” que le prevé un ascenso a través de resultados concretos.
En 2023, un estudio publicado en la revista Science encontró que los grupos criminales en México tenían entre 160.000 y 185.000 miembros, lo que los convertía en uno de los principales empleadores del país. Según sus modelos matemáticos, los cárteles reclutan a unas 350 personas por semana. Si esta tendencia continúa, se podrían alcanzar los 200.000 miembros en 2027.
La historia antes de la decapitación.
“El rey está muerto, viva el rey” ¿Qué pasa cuando un cártel como el CJNG enfrenta el vacío de su líder? La narcocultura ya tiene una historia preparada: la mitificación del líder. Ante la posible muerte de El Mench, el relato policial no reconoce la derrota, sino que invoca la figura del “mártir” o del “invicto”.
Esta historia tiene dos propósitos:
Mantener la cohesión: evitar la deserción a través de la mística del líder caído.
Legitimar la sucesión: preparar el terreno para que un nuevo liderazgo, a menudo más violento y más joven, llene el vacío. Para la cultura de las drogas, el líder es un símbolo. Si el hombre muere, el símbolo deberá defenderse con más sangre.
Se sabe que, cuando no se desmonta de su origen y se supone sólo que es la cabeza, las demás cabezas de la hidra salen violenta e incontrolablemente.
Propuesta educativa
Nuestra respuesta no puede ser el silencio. Debemos proponer una contraestética. Si el tráfico de drogas ofrece una “identidad de muerte”, la educación debe ofrecer una “identidad de propósito”. Necesitamos gestionar espacios donde la rebelión juvenil se dirija hacia la transformación social, no hacia la autodestrucción armada.
El desafío es quitarles la historia. El joven con el rifle en ristre es, después de todo, víctima de un sistema cultural que le ha llevado a creer que su única manera de ser alguien es destruir a los demás.
Secuestro de la vida cotidiana
La narrativa oficial habla de “daños colaterales” o “vehículos en llamas” y dice que lo peor ya pasó. Mientras tanto, los ciudadanos notan que la estrategia de contención es negativa, porque en lugares con presencia de cárteles, donde actúan en confrontación y aliados, persiste el malestar y el caos.
Esta versión es superada por el ciudadano que tiene que huir para refugiarse en un baño de la autopista o permanecer preso en su auto varado durante horas, enfrentando la angustia, la ansiedad y el caos que lo rodea. O para una madre que no puede recoger a su hijo porque para el transporte público. La palabra no es operativa: es terror.
Los ciudadanos se atrincheran no por falta de coraje, sino por un doloroso pragmatismo: saben que en el intercambio de disparos entre el Estado y los cárteles, el civil es invisible.
Cuando una casa se convierte en un búnker, el Estado ha incumplido su promesa básica de seguridad.
La trampa del poder blando en el caos
El grupo criminal utiliza este vacío de autoridad para impulsar su propia narrativa: “Estamos aquí porque el gobierno los abandonó. Esa es una mentira perversa. No se puede proteger a personas que son utilizadas como escudos humanos o cuyo patrimonio es incendiado para presionar al gobierno”.
El mayor acto de resistencia ciudadana no es la normalización de la detención.
Al Gobierno: exigir que la transparencia no sea un ejercicio de relaciones públicas, sino responsabilidad de por qué ha fracasado la prevención.
Enfrentar el crimen: negarse a replicar su propaganda. Cualquier metraje del bloqueo compartido por curiosidad es una partitura de terror.
El miedo es una herramienta de gestión para los narcotraficantes y un coste político para el Gobierno.
En pocas palabras: secuestrar el futuro del algoritmo
La narcocultura no es un caso estético. Es el resultado de un vacío en el país y de la derrota del imaginario colectivo. Nuestra angustia no nace de una actitud moralista o conservadora, sino del dolor de ver el talento de una generación engullido por una maquinaria que los consume como bienes desechables.
El poder blando del crimen organizado es sumamente eficaz porque sabe leer la soledad y la no pertenencia de los jóvenes, ofrece “nosotros” -aunque sea violento- en un mundo que los individualiza y rechaza.
Sin embargo, hay una grieta en su armadura: el aburrimiento. Hay una juventud vibrante que está cansada de que su identidad sea un campo de batalla y su futuro un lanzamiento de moneda. No quieren ser los protagonistas de la próxima serie sobre drogas; Quieren ser dueños de su propia historia, lejos del estigma y la sangre.
Es necesario deconstruir la gramática del poder criminal para mostrar que la opulencia del “capo” no es un éxito, sino una jaula de oro con vida útil.
Revertir la cultura de las drogas significa proponer un proyecto de vida más seductor que la muerte. Es un pacto entre la sociedad que lidera y el joven que sueña, basado en la creencia de que la legalidad debe ser, ante todo, el camino hacia la dignidad y la paz. Si se restablece la capacidad de asombro y la movilidad real, ganaremos la partida al algoritmo del terror.
Es hora de que la juventud deje de ser el guión de la tragedia ajena y se convierta en autora de su propio resurgimiento.
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