Durante décadas, el acceso a los medicamentos se entendió principalmente como una cuestión clínica y económica. Hoy, sin embargo, también se ha convertido en una cuestión geopolítica. Las tensiones internacionales, la concentración industrial y las estrategias de poder estatal influyen cada vez más en qué tratamientos llegan primero, a qué costo y para quién. Los fármacos agonistas del receptor GLP-1, utilizados en la diabetes y la obesidad (de los cuales Ozempic es la marca más conocida), ilustran claramente esta transformación.
La pandemia de covid-19 marcó un punto de inflexión. Las vacunas han demostrado hasta qué punto la salud depende de decisiones tomadas fuera del campo sanitario: control de patentes, capacidad industrial, diplomacia internacional y política comercial. Desde entonces, conceptos como “soberanía sanitaria”, “autonomía estratégica” o “seguridad de suministro” han entrado de lleno en la agenda pública. Ya no se trata sólo de innovación, sino de garantizar el acceso en un mundo más fragmentado e incierto.
Las tecnologías sanitarias en clave geopolítica
Este cambio de contexto afecta a todas las tecnologías sanitarias, pero es especialmente visible en la medicina. La innovación farmacéutica se concentra en unos pocos países y empresas, creando una asimetría estructural: quienes controlan la investigación, la producción y la propiedad intelectual también tienen una mayor capacidad para fijar las condiciones de acceso.
En este escenario, los sistemas de salud se ven obligados a negociar no sólo precios, sino también cantidades, calendarios de suministro y prioridades terapéuticas. Incluso la evaluación de tecnologías sanitarias -tradicionalmente centrada en la eficacia y la eficiencia- enfrenta hoy nuevas dimensiones, como la capacidad de respuesta de las cadenas de suministro o la igualdad territorial.
El fenómeno GLP-1: innovación bajo presión
Los fármacos GLP-1, que imitan el funcionamiento de la hormona natural para controlar el azúcar en sangre, nacieron como tratamiento para la diabetes tipo 2, pero su eficacia en la pérdida de peso los ha convertido en un fenómeno global.
La demanda se ha disparado en tan solo unos años, impulsada por la evidencia clínica, la cobertura mediática y las redes sociales. Este rápido crecimiento también ha creado riesgos de sobreutilización y expectativas poco realistas, a medida que los sistemas de salud intentan equilibrar la innovación, la seguridad y la sostenibilidad.
Esta situación puso de relieve un problema estructural: la innovación avanza más rápido que la capacidad de garantizar el acceso al producto. La producción de estos medicamentos es compleja, concentrada en varias instalaciones de producción y protegida por patentes que limitan la competencia. Cuando la demanda aumenta, el mercado no reacciona con la suficiente rapidez.
Las consecuencias son visibles: desabastecimiento, retrasos en el suministro y priorización de determinados mercados. Los pacientes con diabetes ven sus tratamientos discontinuados, mientras que las personas con obesidad encuentran barreras económicas y administrativas para acceder a esta terapia.
Geopolítica del acceso
Aquí es donde la geopolítica se vuelve decisiva. Los países con mayor poder económico y capacidad de negociación obtienen contratos preferenciales; otros quedan en espera. Esto reproduce un patrón ya observado con las vacunas: el acceso depende tanto de la necesidad clínica como de la posición en el sistema internacional.
En Europa, el debate sobre la autonomía estratégica en el ámbito de los medicamentos esenciales ha cobrado impulso. Sin embargo, gran parte del control de la producción y la tecnología sigue concentrado fuera de la esfera de toma de decisiones de muchos estados, lo que limita la capacidad de garantizar un suministro estable.
Al mismo tiempo, los medicamentos innovadores se han convertido en instrumentos de política industrial. Cuando se instalan instalaciones de fabricación o centros de investigación, se crean empleo, ingresos fiscales y poder de negociación. La línea entre la salud y la política económica es cada vez más borrosa.
Dilema social: innovación y desigualdad
El caso del GLP-1 plantea una pregunta fundamental: ¿qué sucede cuando una innovación de salud pública de alto potencial se distribuye y utiliza de manera desigual sin una priorización clínica adecuada? Si estos medicamentos consolidan su papel en la lucha contra la obesidad –uno de los grandes desafíos de salud del siglo XXI– pero sólo están disponibles para quienes pueden pagarlos o viven en países con mayor poder de negociación, el resultado puede ser un aumento de las desigualdades en salud. A esto se suma un riesgo adicional: cuando se amplía el acceso sin criterios claros, la efectividad poblacional puede verse limitada por problemas de adherencia (adherencia del paciente al tratamiento prescrito), efectos secundarios o uso inadecuado.
Este dilema adquiere una dimensión aún mayor en el contexto de la fragmentación geopolítica. Los conflictos, las sanciones económicas y las tensiones comerciales afectan directamente a las cadenas de suministro farmacéutico, con un impacto particularmente severo en los países de ingresos bajos y medianos.
Fuera del mercado
Experiencias recientes muestran que confiar únicamente en la lógica del mercado no garantiza ni eficiencia ni equidad (recordemos el precio de las mascarillas al comienzo de la pandemia). La cuestión clave ya no es sólo cómo financiar la innovación, sino cómo gestionarla. Esto incluye explorar mecanismos de compra conjunta, acuerdos de precios basados en el valor, incentivos para la producción local y una visión más amplia de la evaluación de tecnologías sanitarias que incluya dimensiones sociales y geopolíticas.
El GLP-1 es, en este sentido, un caso paradigmático. Anticipan los desafíos que traerán otras terapias avanzadas: medicina personalizada, terapia génica o soluciones digitales basadas en datos. Todos ellos dependerán de la infraestructura global y de las decisiones que se tomen fuera del entorno clínico.
Mirar adelante
La gran lección es clara: el acceso a la innovación sanitaria ya no puede pensarse fuera de la geopolítica. Si esta dinámica no se incorpora a la planificación sanitaria, corremos el riesgo de construir sistemas cada vez más sofisticados, pero también desiguales.
En última instancia, el debate sobre el GLP-1 no es sólo farmacológico. Es un debate sobre qué modelo de atención sanitaria queremos en un mundo interdependiente pero fragmentado, y si los avances científicos llegarán realmente a toda la población.
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