“La situación entre México y Estados Unidos sigue siendo pacífica”, decía el titular de un artículo de Associated Press (AP) publicado hace exactamente 100 años, el 24 de enero de 1926. Hoy en día, un titular similar es prácticamente impensable.
Desde que Donald J. Trump asumió la presidencia hace un año, la relación entre ambos países ha estado marcada por la hostilidad desde el norte del Río Grande. No en vano, el 16 de enero la misma agencia de noticias publicó un teletipo con las declaraciones de la presidenta mexicana Claudia Scheinbaum. En ellos expresó “un esfuerzo por evitar rumores sobre la intervención de la administración Trump”.
En este baile, Estados Unidos toma la iniciativa y su estrategia juega en contra de la inviolabilidad del territorio mexicano y la soberanía del país. Washington ha tomado medidas para exigir que no sólo arresten y entreguen a presuntos miembros del cartel, sino también a narcopolíticos. Es decir, funcionarios públicos en connivencia con el narcotráfico. Esto representa un factor de presión adicional para Sheinbaum, porque algunos de estos narcopolíticos están conectados con Moreno, el partido que la llevó a la presidencia, y con el propio Gobierno.
La pregunta que ahora se cierne sobre el medio ambiente no es tanto si habrá algún tipo de acción armada por parte de las tropas estadounidenses en México durante 2026, sino qué forma tomará.
Más de un siglo amenazado
En 1916, una “expedición punitiva” comandada por el general Pershing ingresó a territorio mexicano en busca del líder revolucionario Pancho Villa. Atacó la ciudad estadounidense de Columbus y la amenaza de una intervención armada en territorio mexicano parecía real. Hoy, más de un siglo después, esa amenaza persiste.
Desde la incursión ilegal de tropas estadounidenses en Venezuela, el presidente Donald Trump ha sugerido en repetidas ocasiones que puede haber un ataque armado por parte de las fuerzas armadas de su país. El mensaje no podría ser más claro: “Hay que hacer algo con respecto a México”.
La salida de las amenazas intervencionistas ahora es el tránsito de drogas de México a Estados Unidos, particularmente fentanilo. De forma un tanto surrealista, el presidente estadounidense calificó esta sustancia de “arma de destrucción masiva”. Por tanto, las relaciones bilaterales no son pacíficas.
Scheinbaum deja atrás los “abrazos” sin balas
La respuesta del presidente mexicano se basó en repetidas ocasiones en dos argumentos. Por un lado están sus reiteradas declaraciones oponiéndose a cualquier intervención armada estadounidense en territorio mexicano. Por otro lado, sus repetidas referencias a la intensificación de la cooperación de su gobierno con las autoridades estadounidenses en materia de narcotráfico. Una colaboración que, en opinión de Scheinbaum, funciona.
Las incautaciones de estupefacientes, así como las detenciones de narcotraficantes y el traslado de 93 líderes del crimen organizado a Estados Unidos son hechos probados. Estos traslados se dieron a través de procesos legales de extradición o, simplemente, subiendo a un avión a presuntos narcotraficantes.
Este cambio de estrategia contra el crimen organizado dejó en claro que la cómplice y fallida política de “abrazos, no balazos” del mentor y predecesor del presidente, Andrés Manuel López Obrador, ha sido abandonada.
Aun así, está claro que el tipo de cooperación que ofrece Sheinbaum es insuficiente para el Gobierno estadounidense. El secretario de Estado, Marco Rubio, lo confirmó el 15 de enero, luego de un llamado sorpresa de la presidenta y su canciller, Juan Ramón de la Fuente, para suspender las armas en México. “El progreso incremental para abordar los desafíos de seguridad fronteriza es inaceptable”, dijo Rubio.
Narcopolíticos en el punto de mira
El precio por contener los ataques estadounidenses al territorio mexicano ha aumentado. Ya no basta con capturar y enviar narcotraficantes a Estados Unidos. El presidente Trump reiteró que en México figuras políticas facilitan y realizan el traslado de narcóticos a su país. Washington exige ahora la entrega de esos funcionarios corruptos, que ciertamente existen.
El problema para el presidente Scheinbaum es que varios posibles candidatos de salida mantienen estrechos vínculos con López Obrador. Y esto sigue teniendo una influencia significativa, tanto en Morena, el partido que llevó a Scheinbaum al poder, como en el gobierno que preside.
La defenestración de estos narcopolíticos, entre los que se encuentra alguien cercano al expresidente, y su entrega a las autoridades del vecino país del norte seguramente provocaría una conmoción en el grupo gobernante. Todo parece indicar, sin embargo, que la estrategia que deberá seguir el presidente en los próximos meses está ahí.
Investigadores y periodistas especializados en narcotráfico han publicado listas de presuntos políticos narcotraficantes. Citan a varias figuras prominentes de la política mexicana, incluidos alcaldes, gobernadores y funcionarios federales.
Posición de poder para la renegociación del Acuerdo Comercial del T-MEC
Sin embargo, como ha demostrado repetidamente el delincuente convicto que ocupa la Casa Blanca (Trump fue declarado culpable de 34 delitos por un jurado de Nueva York en mayo de 2024), no existe ningún acuerdo válido con él. Lo suyo es mover la portería. Por ello, no sorprendería que la administración Trump utilice el tema de la corrupción en el sistema judicial mexicano para obtener ventajas en la “revisión” del acuerdo comercial entre los tres países norteamericanos, Canadá, Estados Unidos y México, en este último conocido como T-MEC. El concepto de revisión aparece en las normas, pero en la práctica se trata más bien de una renegociación. Es decir, un proceso profundo.
Tampoco sería sorprendente que la administración de Claudia Scheinbaum se vea acorralada para entregar a uno o más políticos con vínculos con los cárteles de la droga mexicanos, seis de los cuales la administración Trump ha designado como organizaciones terroristas internacionales desde febrero de 2025. Este escenario no garantiza el fin de la presión o la amenaza de intervención.
No se puede descartar que, a pesar de las nuevas concesiones en materia de detenciones y traslados, el presidente estadounidense siga considerando algún tipo de ataque cinético por parte de las fuerzas armadas de su país.
Es poco probable que se trate de una misión análoga a la que se llevó a cabo en Caracas, en parte por el riesgo que implicaría para Estados Unidos realizar este tipo de maniobras en un país con el que tiene más de 3.000 kilómetros de frontera. Pero tampoco es probable que Washington se conforme con un ataque con aviones no tripulados quirúrgicos contra cualquier laboratorio de drogas.
La administración Trump ya está solicitando que tropas estadounidenses acompañen a sus homólogos mexicanos en operaciones en territorio mexicano. Hasta hace poco una operación de esta naturaleza habría sido impensable, pero ya no. El desafío para el presidente Claudio Scheinbaum sería aumentar en un orden de magnitud la cooperación con Estados Unidos, convenciendo al mismo tiempo a los ciudadanos de que se hace de forma voluntaria y sin violar la soberanía mexicana. Sin duda será difícil cuadrar ese círculo.
La situación entre México y Estados Unidos, al menos durante el resto de la administración del presidente Trump, estará lejos de ser pacífica, como decía aquel titular de AP hace un siglo.
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