La paradoja venezolana: el ataque estadounidense es una violación del derecho internacional que llena de esperanza a muchos venezolanos

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Durante el último cuarto de siglo, Venezuela ha sido un país difícil de observar sin filtros. Desde el contexto político español, se leyó más como un símbolo que como una sociedad. Desde la derecha, como argumento recurrente para desprestigiar proyectos de izquierda. En la izquierda, como un tema desagradable que muchas veces se evita.

En ambos casos, la atención se ha desplazado del giro autoritario del país y sus consecuencias humanas. De ahí que resulte difícil entender el por qué de las reacciones de alivio, e incluso de felicidad, de gran parte de la diáspora venezolana ante la intervención estadounidense.

Precedentes geopolíticos

Desde una perspectiva internacional, los riesgos son evidentes y graves, como lo demuestran los casos de Irak y Libia, donde el derrocamiento de regímenes autoritarios dio paso a un largo período de inestabilidad, violencia y colapso institucional, con el consiguiente número de víctimas y sufrimiento.

Además, en el caso de Venezuela, el presidente estadounidense no presentó la invasión como una acción en nombre de la población venezolana, sino que fue explícito sobre sus intereses estratégicos. Sus acciones erosionan así principios básicos del derecho internacional y crean un precedente peligroso, razón por la cual sus advertencias a Colombia o sus declaraciones sobre Groenlandia son inquietantes. Por todo ello, la sentencia debe ser clara e impecable.

Sin embargo, esta condena convive con la realidad de la población venezolana. Durante años, la vida en Venezuela ha sido una experiencia de sufrimiento diario para la mayoría.

Venezolanos en la diáspora

Esa realidad guió mi acercamiento a Venezuela, construido desde una perspectiva tanto personal como académica. A través de conexiones personales, intenté comprender el país durante el chavismo, y luego analicé las trayectorias migratorias de los desplazados y las políticas de acogida en Colombia y Perú, principales países receptores del éxodo de casi ocho millones de personas. Esta investigación reforzó una visión menos ideológica y más atención a las consecuencias humanas y me mostró cómo las historias de pérdidas y proyectos vitales interrumpidos se acumulan detrás de los debates políticos.

A partir de 2017, el colapso económico y la creciente autocratización bajo el régimen de Nicolás Maduro –visible en la intensificación de la crisis humanitaria y el éxodo, y en la represión de las protestas y el reemplazo de la Asamblea Nacional por la Asamblea Constituyente– consolidaron, dentro y fuera del país, un amplio consenso sobre la necesidad de un cambio político. No se trataba de un consenso ideológico cerrado, sino de una convicción de que el sistema había dejado de garantizar derechos básicos y condiciones mínimas de vida.

La oposición y las elecciones de 2024

Ese consenso tardó en cristalizar debido a las fracturas de la oposición, y sólo después de las elecciones presidenciales de 2024, que se celebraron en condiciones profundamente desiguales. A la inhabilitación de su sucesora Corina Joris se sumó la inhabilitación de la candidata opositora María Corina Machado, electa en el proceso primario de octubre de 2023, mientras se intensificaba la represión. Además, casi el 30% de la población venezolana, que se vio obligada a abandonar el país, no pudo votar.

Después de la jornada electoral del 28 de julio de 2024, el Consejo Nacional Electoral declaró a Maduro presidente. Pese a ello, la oposición, a través de un minucioso trabajo de recopilación y verificación con la ciudadanía organizada, logró mostrar de manera convincente las actas que, con el 67 por ciento de los votos, otorgaron la victoria al candidato opositor Edmundo González. La victoria en estas condiciones tuvo un enorme significado simbólico, pero no se tradujo en un cambio de régimen y las violaciones de derechos continuaron sin consecuencias inmediatas.

Ante este constante deterioro, la comunidad internacional tampoco ha podido articular una respuesta eficaz. El asedio diplomático de 2019 que siguió al colapso del orden constitucional no lo hizo, ni tampoco los acuerdos alcanzados en Barbados, que buscaban allanar el camino para elecciones garantizadas en 2024.

A lira aussi: ¿Es posible una transición democrática negociada en Venezuela?

Expectativa por cansancio

En este contexto de agotamiento y estancamiento -y no como expresión de ingenuidad o compromiso ideológico- se explica el alivio o incluso la esperanza de gran parte de la diáspora venezolana ante la intervención estadounidense. Y esto es lo que dicen algunas de las personas con las que logré hablar.

Mis amigos Andrés, César y Génesis primero emigraron a Perú y luego se establecieron en España. Sus reacciones fueron nostálgicas y contenían alegría. Como resultado de la intervención, creen que la situación mejorará y que un posible cambio de régimen podría contribuir a la mejora económica. Quizás así el padre de Cesaro pueda tratar su cáncer sin depender de las remesas.

Otra amiga, Alejandra, salió de Venezuela tras las protestas de 2017 y se instaló en Colombia. Desde la invasión, ha oscilado entre la preocupación por las políticas del presidente Trump hacia los países latinoamericanos y la esperanza de que esta vez haya una salida. Y se está considerando la posibilidad de regresar.

Estos sentimientos expresados ​​por muchos venezolanos no responden sólo a una reacción emocional sino también a una valoración racional: el país lleva años en estado de colapso, con los canales internos de cambio cerrados. Aunque las declaraciones de Trump no son alentadoras (ambiciones petroleras, retraso de la transición democrática, riesgo de conflicto armado), parece haber una frágil esperanza de cambio.

Trump pronuncia comentarios sobre la situación en Venezuela desde el Air Force One, 5 de enero de 2026. Fuente: Times News, YouTube.

Andrés y Alejandra rechazan el carácter “inhumano” de la política de Trump y reconocen sus intereses en Venezuela, pero creen que el petróleo ya estaba en manos de Rusia y China y coinciden en que ahora se abre la posibilidad de que el país eventualmente vuelva a convertirse en un lugar para vivir.

¿A dónde vas, Venezuela?

La paradoja es obvia: lo que para el mundo representa una ruptura grave en el orden internacional, muchos pueden percibirlo como el primer movimiento en una situación que lleva años sin alternativa, aunque finalmente no se traduzca en cambios reales.

Reconocer esta diferencia no es legitimar la intervención o ignorar sus peligros, sino más bien reconocer que el significado político de los acontecimientos varía cuando se los ve desde una sociedad que sufre un colapso prolongado. La simple ruptura de la parálisis que parecía absoluta basta para explicar por qué algunos interpretan este momento como una apertura, por frágil e incierta que sea.


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