Según datos recientes de la Global Bipolar Cohort, sólo el 29% de las personas con trastorno bipolar reciben litio. A pesar de ser el “estándar de oro” para el tratamiento de esta afección de salud mental, a menudo priorizamos la percepción sobre la realidad científica y pasamos por alto el mejor tratamiento disponible.
El litio no es una molécula compleja sintetizada en un laboratorio de última generación. Es sólo un elemento, el tercero de la tabla periódica, y desde que el psiquiatra australiano John Cade descubrió sus propiedades terapéuticas en 1949, ha mantenido una relevancia que ningún otro psicotrópico ha podido igualar.
Esta longevidad no es una reliquia del pasado, sino un reflejo de su resistencia clínica. A pesar de décadas de investigación y la constante aparición de nuevos fármacos, ninguna alternativa ha demostrado una eficacia comparable en la prevención a largo plazo de los episodios maníacos y depresivos en el trastorno bipolar.
Según una revisión publicada en 2024, el litio sigue siendo “el pilar del tratamiento de los trastornos del estado de ánimo en general y del trastorno bipolar en particular”. También es el punto de referencia con el que se comparan todas las demás opciones de tratamiento, tanto para estabilizar el estado de ánimo como para reducir el riesgo de recaída.
Es el único estabilizador del estado de ánimo con eficacia comprobada en el tratamiento de la manía y la depresión, así como en la prevención de recaídas. Además, estudios recientes confirman que también puede tener propiedades neuroprotectoras, desde la modulación de las vías celulares implicadas en la plasticidad neuronal hasta posibles efectos en la prevención del deterioro cognitivo leve y la demencia.
Estas características explican por qué las guías internacionales todavía lo clasifican como tratamiento de primera línea para el trastorno bipolar. El consenso publicado en 2025 afirma que debería prescribirse con mayor frecuencia, contrariamente a las reservas infundadas que todavía existen en la práctica clínica.
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Reducir el número de suicidios
Sobre todo, hay un aspecto que diferencia al litio de otros psicofármacos: su capacidad para reducir el riesgo de suicidio. Ningún otro fármaco ha mostrado un efecto protector tan consistente.
Una revisión de 2024 enfatizó que, a pesar de las dificultades metodológicas para estudiar este evento estadísticamente raro, toda la evidencia de ensayos clínicos, estudios observacionales y metanálisis apunta en la misma dirección: el litio reduce la mortalidad y los intentos de suicidio.
Probablemente esto se deba a su capacidad para reducir la impulsividad, estabilizar los cambios de humor extremos y prevenir recaídas depresivas, todo lo cual crea momentos de mayor riesgo.
Aparte del tratamiento episódico
La investigación actual también está investigando la capacidad del litio para alterar el curso del trastorno bipolar. No sólo detiene los episodios, sino que también protege el cerebro y la evidencia sugiere que, a diferencia de algunos antipsicóticos, mejora la conectividad cerebral y preserva la fluidez verbal.
De hecho, hay algunos datos muy interesantes que sugieren que podría reducir el riesgo de demencia hasta en un 50%. Incluso los niveles residuales en el agua potable parecen tener un efecto protector a nivel de población. El litio, en definitiva, es una molécula con un potencial neuroprotector excepcional.
Pero los efectos neuroprotectores no terminan ahí. Estudios recientes también sugieren que el litio estimula la producción de factor neurotrófico derivado del cerebro, una proteína necesaria para la supervivencia y el crecimiento de las neuronas que a menudo se reduce en pacientes con trastorno bipolar.
En otras palabras, no sólo evita que el cerebro se deteriore, sino que también lo ayuda activamente a sanar.
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Monitorización de la sangre y ‘medicina de precisión’
A menudo se argumenta que la necesidad de realizar análisis de sangre para controlar los niveles de litio (rango terapéutico óptimo de 0,6 a 0,8 milimoles por litro) es un inconveniente. Sin embargo, desde una perspectiva clínica rigurosa, este seguimiento es una protección, no un riesgo. Esto es lo que permite adaptar la dosis a la biología exacta de cada paciente, una forma de “medicina de precisión” que hemos estado practicando mucho antes de que el término se pusiera de moda.
También debemos recordar que muchos de los fármacos más utilizados, desde anticoagulantes hasta inmunosupresores, requieren el mismo tipo de seguimiento de laboratorio, pero no se consideran peligrosos por ese motivo.
Lo que requiere la gestión del litio no es miedo, sino rigor. Entonces, ¿por qué se prescribe con menos frecuencia? La respuesta es compleja. Esto se debe en parte a la presión de la industria farmacéutica para promover moléculas nuevas y patentables: el litio, como elemento natural, no puede patentarse. También existe cierto grado de desgana clínica debido a su estrecha ventana terapéutica: debe controlarse cuidadosamente para garantizar una dosis segura pero eficaz.
Sin embargo, las directrices internacionales son claras: el litio debería ser la primera opción. No podemos ignorarlo en favor de alternativas menos eficientes sólo porque parecen más modernas. Un error de este tipo no debería afectar la práctica clínica.
Lo nuevo no siempre es mejor
Una buena psicofarmacología no es cuestión de perseguir los últimos avances, sino de utilizar el tratamiento más adecuado para cada individuo en cada etapa de su enfermedad.
El litio tiene un historial comprobado que abarca décadas, en áreas que ningún otro estabilizador del estado de ánimo puede abordar simultáneamente. Controla los episodios maníacos y depresivos, previene el suicidio y proporciona neuroprotección activa. Tres áreas, en un solo medicamento.
Eso no significa que sea adecuado para absolutamente todo. La buena psicofarmacología siempre debe resistir caprichos y dogmas, pero descartar el uso del litio sin ninguna consideración seria priva a los pacientes de lo que es, según la evidencia, categóricamente la mejor opción terapéutica.
Nuestro desafío hoy no es reinventar la rueda, sino comprender cuál es la mejor manera de utilizar las herramientas terapéuticas que ya tenemos. Un medicamento no queda obsoleto sólo porque haya pasado el tiempo; se vuelve obsoleto cuando surge nueva evidencia y lo reemplaza. En el caso del litio, las nuevas evidencias no hacen más que confirmar su valor.
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