Escuchar una opinión contraria a la nuestra rara vez es una experiencia neutral. Aunque solemos atribuir esta dificultad a factores culturales o personales, la ciencia demuestra que tiene profundas raíces en el funcionamiento del cerebro.
Sabemos por la neurociencia por qué nos resulta tan difícil escuchar opiniones diferentes. El desacuerdo activa sistemas diseñados para detectar conflictos y mantener la coherencia interna. Esto explica por qué tendemos a reaccionar rápida y a menudo rígidamente ante ideas que desafían lo que creemos.
El cerebro detecta el conflicto antes de que concluya
Cuando escuchamos una idea que contradice nuestra forma de pensar, el cerebro no empieza a evaluar los argumentos. Primero, revela que hay un conflicto. Una de las regiones implicadas en este proceso es la denominada corteza cingulada anterior o ACC.
Esta estructura actúa como un radar encargado de identificar inconsistencias entre nuestras expectativas y la realidad, así como conflictos entre respuestas o entre creencias. Por tanto, la CCA funciona como un “radar de inconsistencia”.
La evidencia neurocientífica indica que el ACC es parte del circuito involucrado en el control cognitivo y el procesamiento del dolor físico y social.
Por tanto, una opinión contraria puede ser vivida como algo desagradable o amenazante, incluso cuando no exista un conflicto directo.
Junto con la corteza cingulada anterior, también se activan otras regiones. Uno de ellos, la amígdala, está involucrado en la respuesta a la amenaza. Otra zona importante, la ínsula, está asociada a la percepción del malestar corporal.
El resultado de este proceso es familiar para todos: un nudo en el estómago, tensión corporal y tendencia a defenderse o interrumpir la conversación.
Finalmente entra en juego la corteza prefrontal dorsolateral, responsable de funciones como la planificación, la inhibición de impulsos y la toma de decisiones.
El costo cognitivo y emocional de integrar otra perspectiva
Aceptar el punto de vista opuesto requiere un esfuerzo considerable. El cerebro debe mantener simultáneamente dos modelos mentales incompatibles: “lo que creo” y “lo que dices”. Además, deberás compararlos y decidir si alguno debe cambiarse. Desde el punto de vista energético, es una operación exigente.
A esta tensión se suma la disonancia cognitiva: la incomodidad que se produce cuando la información amenaza la coherencia de nuestra visión del mundo o nuestra identidad. En muchos casos, este malestar no se resuelve escuchando al otro, sino justificando lo que ya pensábamos. Esto es lo que se conoce como “razonamiento motivado”.
Por otro lado, muchas creencias están relacionadas con la pertenencia a un grupo. Cambiar de perspectiva puede experimentarse, incluso inconscientemente, como un riesgo social: quedar mal, perder estatus o sentirse excluido. El cerebro social está específicamente diseñado para evitar este tipo de amenazas.
El estrés dificulta escuchar y pensar con calma
Un factor clave en todo este proceso es el estrés. Cuando ésta es alta o sostenida, el sistema nervioso entra en modo de alerta, lo que reduce la capacidad de la corteza prefrontal para regular las emociones y mantener calmados los desacuerdos. En este estado, escuchar se vuelve particularmente difícil.
La buena noticia es que estos sistemas son de plástico. Las regiones del cerebro involucradas en conflictos, emociones y control cambian con la experiencia y la práctica.
Se puede entrenar la escucha silenciosa
La dificultad de escuchar opiniones contrarias está cada vez más presente en el debate social y cultural. Especialmente en contextos donde las decisiones tienen consecuencias compartidas, como equipos de trabajo, instituciones o espacios de liderazgo.
Los desacuerdos mal gestionados suelen derivar en conflictos interpersonales, bloqueos de comunicación y deterioro del clima emocional. Esto es muy común en entornos laborales de alta exigencia.
Afortunadamente podemos entrenar la escucha tranquila, circunstancia que mejora claramente el liderazgo y la toma de decisiones. Prácticas como el mindfulness o el biofeedback reducen la reactividad automática y aumentan la capacidad de observar discrepancias sin reaccionar impulsivamente.
Por ejemplo, los estudios de redes cerebrales en reposo muestran que la práctica sostenida de atención plena modula las redes cerebrales involucradas en la regulación emocional y la flexibilidad cognitiva. De esta manera, se favorecen respuestas más adaptativas al desacuerdo.
Por otro lado, nuestros proyectos de investigación del grupo de Neurociencia del Bienestar de la Universidad de Sevilla han demostrado que el entrenamiento en regulación fisiológica y emocional se asocia con una mayor capacidad para hacer una pausa antes de responder, escuchar con menor reactividad y gestionar con mayor claridad conversaciones difíciles.
La clave no es eliminar el malestar, sino aprender a regularlo para que no conduzca al rechazo automático. Escuchar no significa ceder ni renunciar a los propios valores. Significa mantener el malestar el tiempo suficiente para ampliar el marco desde el cual tomamos decisiones.
En un mundo cada vez más polarizado, la capacidad de escuchar opiniones opuestas es una habilidad neurocognitiva que se puede entrenar. Comprender cómo reacciona el cerebro ante el desacuerdo es el primer paso para dejar de reaccionar automáticamente y empezar a responder con mayor calma, claridad y humanidad.
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