¿Se quedarán sin nieve los Pirineos por el cambio climático?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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La nieve es uno de los elementos más característicos de las montañas y del invierno en la mayor parte del mundo. Además de su valor paisajístico, juega un papel clave en el funcionamiento de los ecosistemas montañosos y en múltiples actividades socioeconómicas.

Sin embargo, la nieve también es un componente del sistema climático particularmente sensible al calentamiento global. En las últimas décadas, su cantidad, duración y comportamiento han mostrado cambios significativos.

No todos los inviernos cae la misma nieve

La nieve representa una pronunciada variabilidad temporal y espacial. En las montañas de la Península Ibérica los inviernos pueden alternar años con fuertes nevadas y otros casi sin nieve.

Esta variabilidad no es homogénea. Las elevaciones bajas y sectores como el Pirineo oriental son más irregulares por su posición frente a las corrientes atlánticas, mientras que las cordilleras occidental y norte actúan como barrera, atrapando la mayor parte de la humedad y dejando condiciones más secas al este. Este fenómeno, conocido como sombra pluviométrica, también se observa en otras montañas españolas como Sierra Nevada.

A nivel local, además, el relieve y el viento también inciden en la acumulación de nieve. Juntos, estos factores hacen que las tendencias espaciotemporales de la nieve muestren una alta heterogeneidad.

¿Hay menos nieve en el hemisferio norte?

A nivel del hemisferio norte, la capa de nieve ha disminuido rápidamente desde los años 1980. Esta disminución se atribuye principalmente al aumento de la temperatura asociado al cambio climático de origen antropogénico. Este fenómeno provocó lo que se conoce como sequía hidrológica de nieve, es decir, cuando la acumulación de nieve es insuficiente o el derretimiento es demasiado rápido y se crea un déficit en relación a un determinado periodo histórico.

Sin embargo, durante la estación fría, en altitudes y latitudes elevadas, la acumulación de nieve depende más de las precipitaciones que de la temperatura. En las latitudes medias de la cuenca mediterránea, las precipitaciones presentan una gran variabilidad anual y decenal, sin que se observen tendencias claras a lo largo del período histórico.

En los Pirineos, en zonas de gran altitud (>2000 m), donde las temperaturas se mantienen bajo cero, las tendencias recientes (2000-2020) son neutras o ligeramente positivas. Sin embargo, en periodos más largos (1958-2017), se observa una disminución generalizada del número de días con nieve en el suelo y del espesor medio.

Además, en este sistema montañoso el derretimiento se detecta más temprano en la temporada y con mayor intensidad, asociado a un aumento de la energía disponible para el deshielo. Este fenómeno está asociado a una mayor frecuencia de situaciones anticiclónicas durante la primavera. Estos periodos de estabilidad atmosférica favorecen la entrada de masas de aire cálido, aumentan la radiación y el calor sensible y aceleran la fusión. Estas situaciones atmosféricas se están dando actualmente con temperaturas más altas debido al calentamiento global.

Leer más: El cambio climático y la actividad humana están transformando las montañas en todo el mundo

¿Qué pasará en el futuro?

Los estudios basados ​​en simulaciones climáticas coinciden en proyectar una disminución de la nieve en el hemisferio norte, independientemente del modelo climático utilizado y del escenario de moderadas y altas emisiones de gases de efecto invernadero considerado.

En los Pirineos, las proyecciones indican un descenso generalizado de la nieve, especialmente en cotas bajas, donde pequeños aumentos de temperatura determinan si las precipitaciones caen en forma de nieve o lluvia.

Sin embargo, la nieve de esta sierra no desaparecerá hasta finales de siglo. En concreto, las proyecciones para finales del siglo XXI (2080-2100) prevén una disminución de las nevadas que oscilará entre el −9% en el escenario de emisiones moderadas (entre 2.500 y 3.000 m) y el −29% en el escenario de altas emisiones (entre 1.000 y 1.500 años respecto al periodo histórico). 1960-2006).

Estos cambios también afectan la duración de la temporada de nieve, el ritmo de deshielo y los picos de escorrentía, es decir, el agua que circula en la superficie. Un aumento de 1°C puede reducir la nieve estacional a 1.500 m hasta en un 30%.

Además, estudios recientes muestran que el aumento de las temperaturas debido al cambio climático contribuye a una mayor evaporación y más humedad en la atmósfera, lo que puede provocar un aumento de las nevadas extremas, como la tormenta Philomena en 2021, siempre que la temperatura esté por debajo del punto de fusión.

Además: ¿A mayor calentamiento global, menos nieve en las montañas?

Implicaciones para el clima y los ecosistemas

La nieve es un factor clave en las zonas montañosas. Actúa como regulador hidrológico natural: almacena agua durante los meses fríos y la libera gradualmente en primavera y verano. Su reducción modifica los picos de escorrentía, afecta la disponibilidad de recursos hídricos y determina la producción de centrales hidroeléctricas.

La nieve juega un papel fundamental en el clima debido a su alto albedo, ya que refleja gran parte de la radiación solar. La pérdida de nieve aumenta la absorción de energía en la superficie, creando una retroalimentación que aumenta la temperatura.

Los cambios en la nieve también afectan a los ecosistemas montañosos, la fenología de la vegetación (sus ciclos biológicos) y la evolución de los glaciares, que dependen de una capa de nieve persistente para retrasar la exposición al hielo durante el verano. Además, el aumento del número de episodios de lluvia y nieve, que favorecen el aumento de las temperaturas, puede provocar riadas e inundaciones, como la ocurrida en el municipio de Vielha (Lérida) en 2013, con elevados costes económicos.

Leer más: Los efectos peligrosos del cambio climático en las masas glaciares

En este contexto, el cambio climático representa un desafío estructural para los sistemas naturales y económicos de las montañas. Hacer frente a este nuevo escenario requiere estrategias avanzadas de adaptación y mitigación que permitan la gestión del agua, el territorio y las actividades de montaña.


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