Desde hace casi un siglo, la psicología acepta una idea intuitiva: el cerebro recuerda mejor lo que dejamos a medio camino. El fenómeno se conoce como efecto Zeigarnik y sus orígenes se encuentran habitualmente en una observación del psicólogo alemán Kurt Lewin en Berlín en los años 1920. Levine observó que los camareros recordaban con precisión los pedidos pendientes de pago, pero los olvidaban tan pronto como se pagaba la cuenta. La interpretación fue que una tarea inconclusa genera una tensión psicológica que mantiene su contenido disponible en la memoria; Al finalizar, la tensión se libera y el recuerdo se desvanece.
Inspirada por esta observación, la psicóloga y psiquiatra soviética Bluma Zeigarnik llevó la pregunta al laboratorio. En su artículo de 1927, asignó a los participantes diferentes tareas, interrumpiendo a algunas a mitad de la ejecución y permitiendo que otras terminaran. Cuando más tarde les pidió que recordaran en qué habían estado trabajando, descubrió que las tareas interrumpidas se recordaban con más frecuencia que las completadas, aproximadamente el doble de veces.
El efecto Zeigarnik fue descrito por la psicóloga Bluma Zeigarnik en 1927, después de que ella y otros notaran que los camareros recuerdan las órdenes antes de servirlas, pero luego las olvidan. Wikimedia Commons., CC BI Resultados no concluyentes
El problema es que, cuando otros investigadores intentaron reproducir el resultado, la ventaja de la memoria fue inconsistente: apareció en algunos estudios y en otros no, sin un patrón claro.
En 2025, investigadores de la Universidad de Berna abordaron esta cuestión y, tras una revisión exhaustiva, llegaron a la conclusión de que no existe ninguna ventaja en la memoria para las tareas sin terminar. Cuando analizaron estudios anteriores, concluyeron que las tareas interrumpidas representan alrededor del 49% de lo que se recuerda, una proporción casi igual a la de las tareas completadas. En sus propias palabras, el efecto “carece de validez”.
¿Cómo explicar entonces el resultado original? Los autores destacan las condiciones especiales del laboratorio: la autoridad del experimentador, la presión de sentirse evaluado y la implicación personal en la tarea. Cuando esas circunstancias se mitigan, el efecto desaparece. No se trataría, por tanto, de un mecanismo de la memoria, sino más bien de un fenómeno que depende del contexto concreto y que no se replica mucho en el día a día.
Dificultad para cerrar
El estudio, sin embargo, reveló otro sesgo: el efecto Ovsiankina. Descrita por la psicóloga María Ovsiankina en 1928, es la tendencia a reanudar espontáneamente una tarea interrumpida tan pronto como surge la oportunidad. Aquí las cifras realmente se mantienen, con una tasa de continuación cercana al 67%, por encima de lo que cabría esperar por casualidad. Lo inacabado no nos hace recordar más, pero sí terminar lo que dejamos a mitad de camino.
Investigaciones recientes documentan efectos similares, particularmente en el contexto del lugar de trabajo. Otro estudio, realizado este año, señaló que las tareas que quedaban sin terminar al final del día estaban asociadas con pensamientos intrusivos sobre el trabajo durante los descansos y, en particular, con la rumia. Los investigadores concluyeron que no es tanto el recuerdo lo que afecta, sino la dificultad para terminar la relación.
Un mecanismo relacionado funciona cambiando entre tareas sin cerrar la anterior. La psicóloga organizacional Sophie Leroy ha descrito esto como “atención residual”: algunos recursos cognitivos siguen implicados en la tarea anterior, en detrimento de la actual. En sus experimentos, la presión para completar una tarea hizo que fuera más fácil dejarla ir por completo antes de pasar a la siguiente.
Propósitos a cumplir
Cabe señalar que la evidencia de neuroimagen es limitada; No se han identificado áreas, regiones o redes cerebrales específicas en relación con el efecto Zeigarnik, ni hay confirmación de la noción de “tensión” cuando la tarea está incompleta. Se han documentado otros fenómenos: las intenciones pendientes permanecen más accesibles en la memoria, la corteza prefrontal participa en el mantenimiento de los objetivos a alcanzar y la rumia está vinculada a redes cerebrales específicas.
Por tanto, se pueden extrapolar dos conclusiones del efecto Zeigarnik. Por un lado, ilustra cómo un hallazgo intuitivo repetido durante décadas puede no resistir un escrutinio metodológico: la supuesta ventaja de la memoria es, en el mejor de los casos, frágil y dependiente del contexto.
Por otro lado, demuestra que el núcleo del fenómeno es conductual, no mnémico -relacionado con la memoria-: lo que está inacabado no se recuerda mejor, pero inicia la acción y puede perturbar el descanso.
De aquí surge una orientación práctica. Algunos investigadores sugieren que, aunque una meta incumplida genera pensamientos intrusivos que dificultan la concentración en otras tareas, formular un plan concreto (es decir, decidir cuándo, dónde y cómo proceder) es suficiente para resolver la distracción sin tener que completar la tarea.
En resumen, el cierre no parece esencial para la quietud: más bien, es un compromiso creíble de que el cierre llegará.
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