Imaginemos un aula de primaria, con niños de 6 a 7 años. Un estudiante se queda dormido, otro se mece en la silla, uno se levanta y deambula, alguien parece estar “en otro mundo”, hay una explosión de frustración seguida de un grito…
Se trata de situaciones o comportamientos que, en muchos casos, se catalogan como interferidores en el aula o incluso disruptivos o socialmente inaceptables en un contexto educativo. Pero estos comportamientos nos dan información. Escuchando lo que dicen, entendiendo lo que tienen detrás, se pueden adoptar estrategias que, en lugar de castigar o corregir, tiendan a ayudar en el camino de la autorregulación y la participación efectiva.
Comportamientos inapropiados
Normalmente, cuando nos enfrentamos a este comportamiento “inapropiado”, asumimos que el origen del problema está dentro del estudiante.
Y aunque en algunos casos la causa puede buscarse en factores internos -sensoriales, fisiológicos o emocionales-, en la mayoría de los casos la interacción con el entorno crea o mantiene esta necesidad o incluso la hace insostenible. Si adoptamos una visión holística, más allá de lo obvio, podemos dejar de culpar y empezar a comprender y ayudar.
Por ejemplo, observe los patrones para descubrir posibles causas: ¿dormir temprano en la mañana es normal debido a levantarse temprano, o dormir tarde en la mañana indica saciedad o fatiga cognitiva? También puedes ajustar el entorno para reducir los estímulos conflictivos, como la proximidad de ventanas que interfieren con las luces o los sonidos exteriores.
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Fisiología, cuerpo y aprendizaje.
El aprendizaje no es sólo un proceso cognitivo. El cuerpo también juega un papel fundamental. Las necesidades básicas como alimentación, descanso, hidratación y movilidad afectan directamente la capacidad de atención, la memoria, la función ejecutiva y la autorregulación emocional de los niños.
Cuando no se satisfacen estas necesidades, los niños pueden cansarse, irritarse o tener dificultad para concentrarse. Por este motivo, un mal comportamiento o una conducta inapropiada pueden esconder una petición de ayuda, de homeostasis –el equilibrio interno que mantiene el cuerpo para funcionar correctamente (temperatura corporal, niveles de glucosa, sueño, hambre)– y de atención.
Ante algunas de estas exigencias corporales, por ejemplo, conviene permitir descansos breves y programados, la posibilidad de desplazarse entre actividades o incluso ciertos apoyos que ayuden a los sistemas propioceptivo y vestibular a no estar en alerta constante.
Hemos normalizado el consumo de alcohol durante las clases o en el entorno laboral, pero los niños en las aulas también necesitan hidratarse. Todas estas estrategias mejoran significativamente la atención y la autorregulación.
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Enseñar no es sólo seguir el plan de estudios
Los procesos de enseñanza y aprendizaje no se limitan al contenido curricular. Cuando observas a un niño o una niña atravesar un período difícil o vulnerable, también es un momento para fomentar el aprendizaje práctico y significativo.
Si los descubrimos, y en lugar de exigir disciplina, los escuchamos y seguimos, nos permiten desarrollar la resiliencia, la solidaridad y la capacidad de ayudar desde pequeños. Reconocer estos contextos y adaptarse a ellos es fundamental para garantizar un aprendizaje inclusivo y humano.
¿Cómo podemos lograr esto?
Como vivimos en sociedad, es necesario enseñar habilidades sociales a través de, por ejemplo, juegos de roles, dinámicas de cooperación grupal…
Todos los días enfrentamos problemas. Por tanto, otros aprendizajes transversales pueden comenzar con juegos y tareas de resolución de conflictos, inicialmente liderados por el profesor. Durante estas actividades pueden ocurrir momentos de ayuda, frustración o abandono, permitiendo el desarrollo de conductas más adaptativas y nuevos aprendizajes.
Necesidades sensoriales en el aula.
Cada niño o niña procesa información del entorno a través de sus sistemas sensoriales: vista, oído, tacto, olfato, gusto, propiocepción y sistema vestibular; estos dos últimos, muchas veces olvidados o incluso desconocidos. Cuando hay hipersensibilidad o hiposensibilidad, el alumno puede reaccionar de forma inesperada ante estímulos cotidianos en el aula que pueden pasar desapercibidos para el resto del grupo o incluso para el profesor.
Factores como el ruido constante, la iluminación intensa, el roce de la ropa (a menudo imperceptible desde el exterior), el movimiento de los compañeros o la posición del propio cuerpo -en un contexto que requiere estar sentado durante mucho tiempo y en muchos casos sin respeto por la ergonomía o la necesidad de moverse- pueden provocar malestar, distracción o incluso una búsqueda activa de estimulación.
Las aulas deben promover espacios de trabajo menos ruidosos para los estudiantes con sensibilidad auditiva, opciones para diferentes tipos de asientos (¡pueden incluir pelotas de yoga, hamacas e incluso columpios!). El uso de auriculares podrá ser necesario como medio de exclusión sonora o como canal de transmisión de contenidos o distintos tipos de materiales; Digamos sí a los materiales táctiles y manipulativos.
Estos comportamientos no siempre responden al desinterés o la falta de autocontrol, explicaciones que la sociedad suele asignar automáticamente; A menudo reflejan una necesidad sensorial insatisfecha que el niño intenta autorregular y expresar.
Necesidades emocionales, sociales y de seguridad.
Además de las necesidades físicas y sensoriales, los niños tienen requisitos emocionales y sociales básicos para aprender y desarrollarse plenamente. Sentirse seguro, aceptado y valorado; y algo tan simple como la participación y la inclusión es clave para la enseñanza.
Situaciones de vulnerabilidad -como conflictos familiares, procesos de duelo, familias deambulantes- pueden generar emociones que se consideran negativas, que suelen derivar en comportamientos notorios como agresiones, gritos, insultos, maltrato al mobiliario…
El acoso por parte de otros compañeros, la exclusión social o la falta de relaciones positivas con compañeros y profesores son ejemplos de cómo el entorno social puede interferir en el aprendizaje.
Fomentar la identificación de signos de estrés (como morderse las uñas, chuparse el pelo, piernas inquietas) y ofrecer descansos reglamentarios: rincones tranquilos con diferentes materiales, un libro visual, una pelota antiestrés o una botella sensorial. Además, nuestro cerebro necesita planificación y anticipación; Establecer rutinas claras y visibles proporciona seguridad y sensación de control.
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No sólo importa lo visible
Ante toda esta evidencia de factores internos y externos que en muchos casos no se “ven” desde las aulas, se descubren tarde o se subestiman, es necesario adoptar una visión amplia: no centrarse sólo en comportamientos específicos, sino comprender el abanico de circunstancias. No sólo visible en causa y efecto.
Como docentes no somos ni controladores ni sancionadores, sino facilitadores que, en la medida de lo posible, ofrecen a cada alumno condiciones óptimas para su aprendizaje según sus necesidades. La conexión, la seguridad, el respeto y la escucha de las necesidades -a veces imposibles de expresar o callar- son la base del aprendizaje inclusivo y humano.
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