La movilidad compartida fue considerada uno de los pilares de una ciudad sostenible. Propuso un cambio simple pero transformador: en lugar de poseer un vehículo, accederíamos temporalmente a él a través de plataformas digitales. La promesa era una “triple victoria”: económica (transporte asequible), social (movilidad para todos, independientemente del nivel de ingresos) y medioambiental (menos vehículos privados, menos congestión del tráfico y menos emisiones).
Hacia 2018, varias ciudades españolas se convirtieron en el laboratorio de esta visión. Una oleada de operadores ha desplegado flotas de coches, scooters y bicicletas eléctricos bajo el lema de ofrecer “movilidad verde compartida para todos”. El discurso fue inclusivo, la tecnología innovadora y las aspiraciones ambientales ambiciosas. Sin embargo, la fase de entusiasmo duró poco.
Nuestro artículo publicado recientemente explora cómo han evolucionado estos modelos de movilidad compartida. Para ello, encuestamos a 10 operadores, con más de 20 entrevistas en profundidad a directivos y expertos en movilidad, además de analizar 450 noticias.
Cuando el ideal llego a la calle
A medida que las flotas se expandieron, las empresas enfrentaron un desafío que los planes comerciales habían subestimado: el mal comportamiento de los clientes. No era sólo suciedad o desgaste. Fue una crisis operativa importante.
El vandalismo se ha vuelto común: scooters arrojados a los árboles, códigos QR pintados con aerosol e incluso vehículos incendiados. El robo también provocó pérdidas importantes: baterías y otros componentes de alto valor fueron robados para venderlos en mercados informales. A esto se sumaba el uso imprudente: carreras ilegales, abandono de vehículos en las aceras o estacionamiento ilegal, que conllevaban elevadas multas municipales.
Las consecuencias financieras fueron graves. Los costes de sustitución de las baterías han alcanzado en algunos casos cerca del millón de euros al mes, mientras que las primas de seguros se han disparado.
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La lucha por la supervivencia
Para mantenerse a flote, las empresas transformaron rápidamente su modelo. Esta evolución se puede describir en 3 fases.
La primera fue la retirada territorial. En una medida defensiva, las empresas han limitado sus áreas de servicio. Se retiraron de los barrios de bajos ingresos, donde el vandalismo era mayor, y concentraron su actividad en zonas ricas o turísticas consideradas “seguras”. Un servicio concebido como universal comenzó a reducir su alcance geográfico y social.
Luego vino el endurecimiento tecnológico. Para frenar las pérdidas, las empresas han endurecido los controles tecnológicos. Instalaron sensores, alarmas y sistemas de geolocalización (geofencing) para evitar estacionamientos ilegales. La experiencia del usuario se volvió más exigente: los usuarios tenían que subir fotos de un vehículo correctamente estacionado o enfrentar multas automáticas. El fácil acceso ha evolucionado hacia un modelo basado en la vigilancia y la disuasión.
Finalmente, hubo una reducción o salida del mercado. Para muchas empresas, ni siquiera estas medidas fueron suficientes. Algunos se han declarado en quiebra. Otros han abandonado el modelo de consumidor final y han recurrido a contratos de empresa a empresa, un modelo de negocio que consiste en servicios que una empresa proporciona a otra para mejorar las ventas de los productos y bienes que ofrece, o suscripciones premium. La movilidad compartida dejó de parecer un servicio público urbano y pasó a ser una oferta más exclusiva.
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Degradación del “triple beneficio”
El principal hallazgo que surge de esta trayectoria puede describirse como una “triple degradación del valor”. Las decisiones tomadas para garantizar la sostenibilidad financiera terminaron socavando los objetivos de sostenibilidad originales. Por un lado, provocó una pérdida social: los aumentos de precios, los controles crediticios más estrictos y el retiro de los barrios vulnerables hicieron que el servicio dejara de ser “para todos” y comenzara a apuntar al segmento más rico. Por otro lado, en pérdida ecológica. En algunos casos, para reducir costes se han instalado vehículos de combustión interna, alejándose de la apuesta original por flotas totalmente eléctricas.
En ciertos casos, la sostenibilidad económica se logró a expensas de los componentes socioecológicos que justificaron el modelo.
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Repensar el futuro de la movilidad compartida
Sin embargo, existe una excepción relevante: los sistemas financiados y gestionados por el sector público, como los servicios municipales de bicicletas compartidas. Al no estar bajo la presión inmediata de los inversionistas privados por la rentabilidad, pudieron mantener tarifas y cobertura asequibles en toda la ciudad, incluso en áreas de mayor riesgo. Su estructura de gobierno les permitió priorizar el interés colectivo sobre las ganancias a corto plazo.
La experiencia española nos invita a pensar en las limitaciones de los modelos de plataforma cuando nos enfrentamos a realidades sociales complejas y expectativas financieras exigentes. Para que la movilidad compartida recupere su promesa original de sostenibilidad e inclusión, será necesario repensar el equilibrio entre la iniciativa privada y el liderazgo público en la prestación de servicios urbanos esenciales.
El sueño verde no ha desaparecido, pero en muchos casos se ha convertido en un nicho premium. La pregunta ahora es si es posible conciliar innovación, inclusión y sostenibilidad sin imponer una dimensión sobre las demás.
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