¿Puede una máquina oler la comida podrida antes que nosotros?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Abrimos la nevera y dudamos. Yogur antes de su fecha de caducidad, pescado comprado hace dos días, sobras almacenadas durante mucho tiempo. Cerramos la nariz, respiramos y tomamos una decisión: comer o tirar.

La misma lógica se aplica en una cocina profesional, en un restaurante o al recibir materias primas de una empresa de alimentación. Dependemos del olfato como nuestra primera línea de defensa contra los alimentos en mal estado. ¿Pero qué tan confiable es?

El sentido del olfato humano es una herramienta poderosa, pero también sorprendentemente frágil. Se adapta rápidamente, se cansa fácilmente y está condicionado por la experiencia, las expectativas o incluso el contexto.

La ciencia lleva años estudiando estas limitaciones y buscando formas de complementarlas, especialmente en áreas donde una decisión equivocada puede tener consecuencias económicas o para la salud. En este cruce entre los sentidos y la tecnología surge una propuesta tan sugerente como poco conocida: la nariz electrónica.

Señales de advertencia

El deterioro de los alimentos no ocurre silenciosamente. A medida que avanza la actividad microbiana, se liberan compuestos volátiles responsables de los olores característicos. En el pescado, la carne u otros productos frescos, los compuestos orgánicos derivados del amoniaco conocidos como aminas, como la putrescina o la cadaverina, aparecen muy relacionados con los procesos de descomposición. Nuestro cerebro aprende a reconocer estos olores como señales de alarma.

El problema es que no todos los vivimos de la misma manera. Los umbrales de olor varían mucho entre personas y pueden cambiar con la habituación, la fatiga o la exposición continua. Lo que “huele raro” a una persona puede pasar desapercibido para otra. En casa, esto suele traducirse en desperdicio de alimentos o decisiones tomadas con cierta incertidumbre. En restaurantes o cocinas profesionales el impacto puede ser mayor.

El olfato también es una ciencia.

En la gastronomía y la restauración organizada, el olfato sigue siendo una herramienta clave. Los cocineros, cocineros o responsables de calidad utilizan sus sentidos para evaluar ingredientes y platos. Sin embargo, incluso los profesionales más experimentados están sujetos a fatiga sensorial y subjetividad. Por ello, el análisis sensorial científico nace como una forma de entrenar y estructurar esa percepción.

Aun así, mantener paneles sensoriales capacitados no siempre es factible, especialmente para evaluaciones rápidas o repetitivas. De hecho, en muchos contextos, el análisis sensorial va acompañado de técnicas instrumentales que aseguran la objetividad y la reproducibilidad. En este punto, la tecnología empieza a “oler” con nosotros.

¿Qué es una nariz electrónica?

El término puede parecer ciencia ficción, pero la idea se viene desarrollando desde hace más de cuatro décadas. Estos dispositivos nacieron con el objetivo de imitar el sistema olfativo de los mamíferos: detectan mezclas complejas de compuestos volátiles y reconocen patrones asociados a diferentes olores.

La nariz electrónica combina varios sensores químicos con sistemas de análisis de datos. Cada olor genera una respuesta específica en un conjunto de sensores, una especie de huella olfativa. Utilizando algoritmos de reconocimiento de patrones y aprendizaje automático, el sistema puede aprender a identificar olores específicos después de un período de entrenamiento.

A diferencia de las técnicas analíticas clásicas como la cromatografía de gases, que separan e identifican compuestos volátiles individuales en los alimentos, muchas narices electrónicas funcionan con una señal de olor global. Cuando los sensores se exponen a una mezcla de compuestos, su respuesta cambia con el tiempo.

La forma de esa señal (cómo aumenta, se estabiliza o disminuye) contiene suficiente información para distinguir un olor de otro. Es este patrón temporal, más que la identificación química exacta de cada molécula, lo que hace posible reconocer estados de frescura o deterioro sin la necesidad de complejos equipos de laboratorio.

Izquierda: Análisis del estado de descomposición de los alimentos en la sala de análisis sensorial del Basque Culinary Center mediante una nariz electrónica (Smell Inspector). Derecha: Gráficos de tiempo que muestran dos rampas de detección distintas asociadas con cadaverina y putrescina, lo que refleja diferentes tiempos de respuesta. El eje vertical indica el índice de detección de aroma. Centro Culinario Vasco. De la cocina profesional al frigorífico doméstico

En los últimos años, estas tecnologías se han aplicado, sobre todo, en el control de calidad de alimentos como la carne o el pescado, donde permiten detectar cambios relacionados con el deterioro antes de que sean evidentes para el consumidor. Los sensores basados ​​en nanotubos de carbono, por ejemplo, reaccionan ante compuestos volátiles y generan señales que pueden interpretarse en tiempo real.

Pero su potencial va más allá de la industria. En la hostelería organizada, la nariz electrónica podría servir de apoyo en la recepción de materias primas, ayudando a estandarizar decisiones y reducir la dependencia exclusiva del olfato humano.

En un futuro no muy lejano, no es descabellado imaginar versiones simplificadas integradas en frigoríficos o sistemas del hogar, de modo que avisen de olores anormales antes de que abramos la puerta.

La tecnología como aliada de los sentidos

Cada vez que olemos comida, tomamos una decisión basada en una señal invisible. Comprender que el olfato es información que se puede medir y analizar cambia la forma en que nos relacionamos con la comida. Enseñar a oler a una máquina no se trata de quitarle protagonismo a los sentidos humanos, sino de potenciarlos. Ya sea en una industria a gran escala, en una cocina profesional o frente al refrigerador de casa, el futuro de la seguridad alimentaria incluye aprender a oler mejor.

Vale la pena insistir en una idea clave: estas herramientas no están diseñadas para reemplazar a las personas. El sentido del olfato humano sigue siendo insustituible en términos de percepción y contexto global.

Sin embargo, la nariz electrónica ofrece algo que nuestros sentidos no pueden garantizar: consistencia, repetibilidad y ausencia de fatiga.

Aun así, hasta la fecha siguen existiendo importantes desafíos técnicos, como la interferencia entre compuestos o la sensibilidad en ambientes abiertos. Mientras tanto, la evidencia científica muestra que estas tecnologías avanzan rápidamente y que su integración en los sistemas de calidad y seguridad alimentaria es cada vez más realista.

Todo ello impulsa la necesidad de nuevos perfiles capaces de interpretar datos sensoriales, comprender la percepción humana y dialogar con la tecnología. La formación en análisis sensorial ya no es sólo una especialización técnica, sino un puente entre la ciencia, la gastronomía y la toma de decisiones en contextos reales.


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