¿Qué imaginamos cuando alguien dice ‘mena’?

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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¿Has visto la película Cuando ruge la Marabunta? En esta clásica película de aventuras de los años 50, una plantación en la selva sudamericana se enfrenta a una masa de hormigas que avanzan sin detenerse, devorando todo a su paso. No se trata de criaturas gigantes ni particularmente sofisticadas. Son simplemente millones de insectos organizados en continuo movimiento.

Ahora piensa en esto: ¿qué te preocupa más cuando dices “se acerca una turba” o “se acerca un grupo grande de hormigas”? En rigor, ambos términos pueden referirse a lo mismo. Sin embargo, no provocan la misma reacción.

La diferencia no está en la realidad, sino en el lenguaje.

La palabra marabunta no sólo describe un grupo de insectos. Activa una imagen mental muy concreta: masa, descontrol, amenaza. No nos referimos a individuos, sino a una entidad colectiva que prospera sin rostro ni matices.

Este efecto no es accidental. Desde la lingüística cognitiva sabemos que las palabras no sólo nombran, sino que también activan marcos interpretativos y prototipos que simplifican la realidad y guían nuestra percepción. Este mismo mecanismo, que nos ayuda a procesar el mundo de forma rápida y eficiente, también funciona cuando hablamos de grupos humanos.

Cuando la palabra deja de describir y comienza a construir.

Un claro ejemplo en el contexto español actual es la expresión mena. Originalmente es un acrónimo administrativo, MENA – Menor Extranjero No Acompañado – utilizado en el ámbito jurídico para describir una situación específica en el sistema de bienestar infantil. Su función era técnica: identificar a los menores vulnerables que necesitaban atención institucional.

Sin embargo, como ha ocurrido con otras siglas, su uso se ha extendido más allá de ese contexto. No sólo se ha cambiado su “traje formal” -ya no se escribe con mayúscula ni se percibe como una serie de siglas-, sino que se ha integrado plenamente en el sistema léxico español: se pronuncia como unidad – (mena) -, admite plural – menas -, determinantes – los menas -… Y lo más importante: ha cambiado su significado.

Hoy en día, mena ya no funciona sólo como una descripción administrativa. Funciona como una categoría social. Y, como ocurre con el morabitón, esa categoría no es neutral.

De la categoría al prototipo

Cuando utilizamos la palabra moneda, normalmente no activamos la definición legal completa. No pensamos necesariamente en los menores, en su situación vulnerable o en la obligación del Estado de protegerlos. En cambio, se activa una imagen más simple e inmediata: el prototipo.

La realidad es siempre muy compleja. bepsi/Shutterstock

Este prototipo fue construido en los últimos años. Deja de leer por un momento y responde esta sencilla pregunta: ¿En quién pensaste cuando leíste la palabra mena?

Me gustaría equivocarme, pero la imagen corresponde ciertamente a la de un adolescente, de origen norteafricano -especialmente marroquí-, que se encuentra en las zonas urbanas y a menudo asociado, en el discurso mediático, a narrativas de conflicto o de problematización social. ¿Lo adiviné? Si es así, no es casualidad. De hecho, cuando le pedí a la IA que creara una imagen de los minerales, el resultado fue muy similar. Esta imagen no representa la diversidad real del grupo, pero funciona como referencia dominante.

La teoría de prototipos, desarrollada por Eleanor Roche, explica exactamente este fenómeno: no pensamos en las categorías como listas de características, sino en términos de ejemplos representativos. El problema es que, una vez establecido, ese prototipo acaba funcionando como modelo para todo el grupo, incluso para aquellos miembros que no encajan.

Y aquí surge una pregunta clave: cuando una categoría activa sistemáticamente el mismo prototipo, deja de ser descriptiva y se vuelve reductiva.

De la situación a la identidad

Este proceso tiene un efecto particularmente importante: la cosificación, la transición de una situación temporal a una característica que se percibe como estable. Ser “menor extranjero no acompañado” es, en origen, una situación intermedia. Es algo contingente, que depende de la edad, del momento migratorio y de la situación administrativa. Sin embargo, cuando el término se convierte en sustantivo -mena- ese estado se transforma en identidad.

No es alguien que está en esa situación, sino alguien que está en ella.

Este cambio es crucial porque convierte la categoría en algo aparentemente estable y definitorio. Y, al hacerlo, dificulta entenderla como una condición temporal asociada a una situación de vulnerabilidad. Desde el punto de vista lingüístico, es un claro ejemplo de cómo el lenguaje puede transformar situaciones en identidades.

Simplificando la complejidad

El siguiente paso es la simplificación. Y aquí es donde el paralelo con la mafia se vuelve especialmente revelador.

Así como dejamos de ver hormigas individuales para ver la masa, el uso de una etiqueta como mineral favorece la percepción del grupo como un colectivo homogéneo. Se produce un proceso de desindividualización: las personas dejan de tener su propia historia, contexto y circunstancias y se convierten en miembros de una categoría abstracta.

A esto se suma la activación del prototipo. Una vez establecidas, sus características se proyectan en todo el grupo, incluso cuando no se correspondan con la realidad. Se produce así una sobregeneralización: lo representativo en el discurso se interpreta como definitorio.

Este doble proceso es lo que nos permite hablar de deshumanización en un sentido discursivo. No porque el término niegue explícitamente la condición humana, sino porque reduce la complejidad de los humanos a una imagen simplificada.

¿Quién legitima estas categorías?

Estos procesos no ocurren de forma aislada. Se consolidan en el espacio público a través de su circulación en determinadas áreas, insertadas en marcos discursivos específicos. Cuando los medios repiten “mena” en titulares y noticias, no sólo lo popularizan, sino que también contribuyen a establecer los contextos en los que aparece. Y esos contextos –seguridad, conflicto, gestión de recursos– acaban convirtiéndose en parte de su significado. Cuando estas categorías se utilizan en el discurso político, inmediatamente se activan asociaciones y se estructura el debate sin necesidad de explicar todos los matices.

Tres adolescentes caminan por la acera con mochilas a la espalda.

No existen categorías inmutables que definan menas. José HERNÁNDEZ Cámara 51/Shutterstock

Entonces, cuando instituciones como la Real Academia Española incluyen a personas en su vocabulario, ¿contribuyen también a este proceso? No, su inclusión, como otras palabras, corresponde a su uso generalizado.

Ahora bien, el problema no es que esté en el diccionario, sino la forma en que está definido:

Acrón. de un menor extranjero no acompañado.

metro. y f. Esp. Un menor de edad inmigrante que no cuenta con la atención de ninguna persona que tenga a su cargo. U. a veces en enviado. desprecio

La definición refleja su origen administrativo, pero no refleja plenamente su transformación en uso social. Presenta su posible carácter despectivo como algo ocasional y formula la idea de que estos menores “no tienen adultos”, desconociendo la obligación legal de tutela por parte del Estado. Además, el uso del término “inmigrante” y del término genérico masculino contribuye al refuerzo del prototipo dominante.

Un diccionario no sólo recopila un idioma, sino que también ayuda a determinar determinadas interpretaciones. Y esto ciertamente es criticable, porque se legitiman ciertas maneras de nombrar, y con ellas ciertas maneras de ver.

Vuelve a la multitud

La multitud nos preocupa no por lo que es, sino por cómo la llamamos. Algo similar ocurre cuando utilizamos determinadas etiquetas para referirnos a grupos humanos. No sólo simplifican, sino cómo simplifican.

En momentos en que expresiones como “prioridad nacional” ocupan el centro del debate público, vale la pena recordar algo básico: las palabras no son neutrales. No se limitan a describir el mundo; Ellos deciden qué parte de ese mundo veremos y cuál dejaremos de ver.

Quizás no sea sólo una cuestión de cuál es la prioridad, sino a quién miramos cuando hablamos: si vemos a la multitud… o a cada una de las hormigas.

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