Rosalía, ópera y física escondidas en la acústica de los conciertos

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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En “Berghain”, una de las canciones del último disco de Rosalía, hay fragmentos que pueden sorprender a quien lo escuche. La voz se aleja del registro pop habitual y se acerca a un estilo de canto que recuerda a la ópera: el fraseo es más amplio, el vibrato más sostenido y el sonido más uniforme y proyectado.

La clave no es sólo cómo se produce esta voz, sino también cómo llega al público. En los conciertos de Rosalía, la voz es capturada por un micrófono, procesada electrónicamente y reproducida a través de parlantes. En cambio, en la representación de ópera tradicional no se utiliza amplificación: la voz debe poder escucharse claramente en todo el espacio. Esta diferencia cambia por completo el papel de la acústica en la experiencia musical.

La acústica detrás de la frustración de los músicos

Muchos músicos han vivido la conocida situación frustrante: después de horas de ensayo y preparación, suben al escenario y el resultado no es el que esperaban. No porque toquen peor, sino porque no se escuchan bien o porque el público no percibe claramente lo que interpretan. En muchos casos el problema no es musical sino acústico.

Lo que llega al oyente es una combinación del sonido directo de la voz o del instrumento y la forma en que se refleja en las paredes, techos y otras superficies. Esta interacción se puede entender a partir de dos efectos fundamentales: el aumento del nivel sonoro y la persistencia del sonido en el tiempo.

Por un lado, los reflejos del sonido hacen que llegue a diferentes puntos de la habitación con mayor intensidad y más homogeneidad. No se trata sólo del sonido que emite el cantante o instrumentista, sino de cómo el espacio redistribuye ese sonido.

Por otro lado, estos reflejos también hacen que el sonido persista durante un tiempo determinado después de que la fuente haya dejado de emitirlo. Este fenómeno, conocido como reverberación, es una característica imprescindible de cualquier estancia. Una cierta cantidad de reverberación añade continuidad y riqueza al sonido, especialmente en la voz operística, ya que potencia la sensación de plenitud y favorece la proyección dentro del teatro.

Si la reverberación es excesiva, sus efectos se vuelven problemáticos: el sonido pierde definición, los detalles se vuelven borrosos y las líneas rápidas o articuladas se vuelven confusas. Además, se reduce la comprensibilidad, es decir, la facilidad de comprensión del texto cantado. En estas condiciones, se pierde claridad tanto en la música como en el texto.

Voz y sala: un solo instrumento

En el caso de la ópera, todos estos factores son cruciales. La voz y la sala funcionan como un instrumento que se extiende hacia el espacio más allá de la fuente del sonido. De hecho, la técnica vocal lírica se desarrolló, en gran medida, para adaptarse a estas condiciones: proyectar el sonido de manera efectiva, mantener la claridad del texto y aprovechar las características acústicas del teatro.

En cambio, en conciertos amplificados, como el de Rosalía, el canal de transmisión es completamente diferente. El sistema electroacústico (compuesto por micrófonos, procesamiento digital y parlantes) permite controlar el nivel sonoro y modificar el timbre o sensación del espacio, recreando cualidades propias de la ópera, pero en condiciones físicas muy diferentes.

Esto no significa que la acústica ya no sea relevante; lo que cambia es su función. En lugar de ser el medio de transmisión principal, se convierte en parte de un sistema donde el sonido puede adaptarse y moldearse tecnológicamente.

Para los músicos, esta realidad tiene una consecuencia clara: la interpretación musical no puede separarse del espacio en el que se desarrolla. Un mismo repertorio puede sonar muy diferente según el lugar. Una iglesia con mucha reverberación puede favorecer la música coral, pero dificulta los pasajes rápidos. Una sala de conciertos moderna, con muy poca reverberación, puede ofrecer más precisión pero, en algunos casos, un sonido menos envolvente.

Por eso los músicos profesionales se toman el tiempo de familiarizarse con la acústica del lugar donde tocarán. Probar el sonido, ajustar la dinámica o ajustar el tempo no es un detalle menor: es una parte esencial de la interpretación.

El lugar también es parte de la música.

La próxima vez que estés en un concierto u ópera, intenta prestar atención no sólo a los músicos, sino también al espacio: los materiales de las paredes, ya sean lisos o irregulares; forma del techo; la presencia de cortinas, madera o superficies duras; cómo cambia el sonido dependiendo de dónde estés.

Muchos de estos elementos forman parte del diseño acústico de la sala. Las superficies irregulares o inclinadas ayudan a dispersar el sonido y evitan ecos molestos, mientras que los materiales porosos o los tejidos gruesos absorben parte de la energía sonora y controlan la reverberación.

Algunos lugares modernos también utilizan dispositivos sintonizables y nuevos materiales acústicos inspirados en la física de las ondas (los llamados metamateriales acústicos) para ajustar la respuesta del sonido según el tipo de música.

La música no se crea sólo en el escenario: se moldea en el espacio que nos la acerca.

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