‘Tecnostress’ en la universidad: ser experto en tecnología no lo es todo

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Imaginemos a cualquier estudiante: abre su laptop para revisar una tarea, pero primero tiene que seguir mensajes del grupo de clase, tres correos electrónicos de la plataforma institucional y una notificación de cambio de fecha de entrega. Nada de esto requiere grandes habilidades digitales, pero sí requiere una atención fragmentada en todo momento. Después de todo, el sentimiento no es incapacidad, sino saturación.

Lo que hay detrás de este fenómeno es el llamado tecnoestrés, que describe el malestar que surge cuando la tecnología supera nuestra capacidad para gestionarla. Tiene que ver con la sensación de que la tecnología exige más de lo que uno puede manejar.

Cinco factores estresantes principales

¿Qué causa este desequilibrio? Es aconsejable detenerse en los factores estresantes importantes. La tecno-invasión ocurre cuando los académicos irrumpen en el espacio personal y la tecno-sobrecarga, cuando las demandas digitales llegan más rápido de lo que pueden ser procesadas.

También afecta la tecno-complejidad -cuando las herramientas son más confusas de lo esperado- y la tecno-incertidumbre, resultado del cambio constante, a la que se suma la tecno-incertidumbre, el miedo a que la tecnología falle. Todo esto explica buena parte del tecnoestrés universitario.

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Tecnoestrés y habilidades digitales

El tecnoestrés no depende de lo bien que alguien sepa utilizar la tecnología. Algunas investigaciones cuestionan esta relación.

En nuestra tesis recientemente publicada encontramos un alto nivel de competencia digital según el marco europeo DigComp 2.2, así como un alto nivel de autoeficacia, una variable tradicionalmente considerada protectora contra el estrés. Aun así, vimos que el tecnoestrés se mantuvo en un nivel moderado, sin ningún efecto de depreciación de las habilidades adquiridas.

Este tecnoestrés puede ocurrir incluso en personas con dominio técnico. El problema no está tanto en “saber utilizar” la tecnología, sino en la relación emocional, cognitiva y organizativa que establecemos con ella.

saber parar

En nuestro proyecto de ayuno digital, la mayoría de los estudiantes no lograron completar el desafío, especialmente cuando intentaban romper hábitos de comunicación profundamente arraigados.

El uso automático y ubicuo de la tecnología (es decir, no intencionada y esporádicamente) hace que dejar de utilizar teléfonos móviles o ordenadores, fuera de línea, provoque malestar. El post digital funciona, en este sentido, como un espejo: visibiliza lo que no se nota en la rutina y muestra hasta qué punto la relación con la tecnología no depende de la habilidad, sino de la dificultad de frenar, cambiar el ritmo y recuperar el control.

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La responsabilidad de todos

Quizás ponemos demasiada responsabilidad en el estudiante y olvidamos el papel de la universidad. No es sólo un problema individual, sino también un problema contextual. Incluso los estudiantes más capacitados sufren agotamiento cuando el ecosistema digital multiplica las plataformas, fragmenta la atención y exige disponibilidad constante.

La dispersión de recursos y la necesidad de consultar varias aplicaciones para no perder información aumenta la carga cognitiva, mientras que la sensación de estar siempre disponible fomenta lo que se conoce como FOMO académico.

La multitarea constante dificulta la concentración y acelera la fatiga mental: quienes tienen más experiencia en tecnología tienden a asumir más tareas digitales y, paradójicamente, están más expuestos al agotamiento.

A esto se suma el uso intensivo de herramientas que no siempre se traducen en un aprendizaje significativo, lo que puede aumentar el riesgo de tecnoestrés.

Aprenda a gestionar, no sólo a utilizar

Otro aspecto clave para comprender por qué incluso los estudiantes más competentes sufren es la brecha entre la “competencia digital” oficial y su uso real de la tecnología. Los marcos institucionales suelen medir habilidades técnicas: navegación, selección de información… Sin embargo, estas categorías no capturan la complejidad emocional, temporal y organizativa del trabajo digital cotidiano.

Como señalamos en nuestro estudio, la competencia digital se evalúa como un conjunto de habilidades, pero no como la capacidad de sostener prácticas tecnológicas en contextos exigentes, saturados y altamente interdependientes.

Esta brecha hace que muchos estudiantes, a pesar de sentirse competentes, se vean abrumados por la simultánea gestión de recursos, presión académica, decisiones continuas y dificultad para seguir el ritmo de trabajo. El tecnoestrés, por tanto, se explica por una evaluación incompleta del papel de la tecnología en la vida académica.

Del individuo al ecosistema

Los resultados de las distintas investigaciones comentadas coinciden en un punto clave: el foco no debe ponerse sólo en las habilidades individuales, sino en cómo se configura el ecosistema digital de la universidad. No es suficiente pedir a los estudiantes que se autorregulan cuando las plataformas se multiplican, los mensajes se superponen y la comunicación no tiene límites claros.

Por eso proponemos un cambio de una mirada centrada en las habilidades técnicas a una perspectiva centrada en el bienestar digital. Esto incluye revisar las prácticas institucionales y revisar los protocolos de comunicación, por ejemplo.

La respuesta, entonces, debe combinar el cambio institucional y las prácticas personales. Las universidades pueden diseñar entornos digitales que sean más simples, más coordinados y que respeten la atención humana.

No se trata de utilizar menos tecnología, se trata de utilizarla sin agobiarnos. Cuando el entorno ayuda y los hábitos le siguen, el tecnoestrés pierde espacio.


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