El pasado sábado 28 de febrero el mundo despertó con una nueva guerra. Las fuerzas armadas de Israel y Estados Unidos atacaron a la República Islámica del Irán con sorpresa y traición. Aunque la sorpresa forma parte de la lógica militar, la traición (acordaron reunirse el lunes 2 de marzo) se aleja de las normas básicas de elegancia y caballerosidad, dos cualidades que ni Donald Trump ni Benjamín Nentiyahu poseen.
La estrategia utilizada por Washington no es muy distinta a la utilizada en Venezuela: golpes y decapitaciones, pero no la ocupación física del territorio. Sin embargo, lo que Trump y Netanyahu nunca podrían haber predicho es que Irán es una potencia militar y política mucho más fuerte que Venezuela.
Mientras el país caribeño tiene un presupuesto militar de 4.000 millones de dólares, el país persa supera los 23.000. Mientras que las defensas aéreas de Venezuela se limitan a los antiguos S-125 y S-300 rusos, Irán cuenta con tecnología propia (Bavar 373 y Carded) con capacidad para detectar y derribar aviones furtivos, como los B-2, F22 o F-35.
Por último, no hay que olvidar que Irán tiene una industria militar centrada en la producción de drones y misiles, lo que la hace extremadamente peligrosa en caso de ataque.
Si volvemos a las acciones que comenzaron el 28 de febrero, lo que resulta es que tanto Jerusalén como Washington apuestan por una guerra corta. Lo que Estados Unidos e Israel hicieron en las primeras 48 horas fue atacar las defensas aéreas con la intención de controlar el espacio aéreo iraní.
Aunque los datos son escasos y confusos, todo indica que durante ese tiempo buena parte de los radares y defensas aéreas de Irán habrían sido destruidos.
Irán tiene una gran capacidad de resistencia
Si bien es cierto que Irán ha sufrido una severa corrección, ésta no parece haber afectado su capacidad de resistencia y, sobre todo, no parece haber afectado su estrategia para infligir daño en el exterior. En lo que respecta a la capacidad de resistencia de Irán, los ocho años de guerra con Irak han fortalecido no sólo su capacidad de resistencia, sino también su capacidad para convertir el conflicto en una guerra de desgaste.
En cuanto a su estrategia de daños, hay que decir que desde el inicio de la ofensiva, Irán no ha dejado de bombardear bases militares occidentales en el exterior, especialmente americanas, pero también instalaciones militares en otros países como Reino Unido o Francia. Esta estrategia, que podríamos denominar “estrategia del mártir”, corresponde a un objetivo claro: prolongar el conflicto para convertirlo en una guerra de desgaste.
El objetivo de Teherán: prolongar el conflicto
Tanto Estados Unidos como Israel siguen siendo estados con una opinión pública libre y crítica. Si el conflicto se extendiera en el tiempo y el espacio, los gobiernos de Trump y Netanyahu podrían recibir duras críticas internamente, pero también de sus aliados. Por tanto, el objetivo de Teherán parece claro: prolongar el conflicto hasta cuatro semanas.
Si el conflicto continúa durante tanto tiempo, las reservas de petróleo crudo desaparecerían, elevando el precio del petróleo por encima de los 100 dólares. Si eso sucediera, nos encontraríamos en un escenario de recesión económica y, por lo tanto, los gobiernos de Estados Unidos e Israel experimentarían una reducción del apoyo interno y externo.
Otro elemento que no podemos dejar de mencionar es la resiliencia del régimen iraní. Irán es un régimen político mucho más rígido que Venezuela. Por su naturaleza y la base ideológica que sustenta a la República Islámica, es impensable pensar que alguien del régimen pueda asumir el papel de Delsey Rodríguez.
Por lo tanto, todas las opciones de cambio de régimen cuentan con la oposición de una parte importante de la población (10% del total) que vive directamente de las arcas de la República Islámica. Asimismo, Estados Unidos ha dejado claro que, como ocurrió en Venezuela, Washington no tiene intención de poner botas estadounidenses sobre Irán, hecho que limita las opciones de cambiar las acciones de la oposición, que durante años se ha mostrado incapaz de derrocar a los ayatolás.
Tampoco podemos olvidar la complejidad de la sociedad israelí, donde encontramos minorías azerbaiyanas, baluchis, árabes, kurdas, armenias, luras o turcomanas. Si el régimen colapsara como resultado de acciones de Estados Unidos o Israel, algunas de estas minorías podrían aprovechar la oportunidad para declararse independientes e incluso unirse a estados vecinos donde hay grupos étnicos afines.
¿Posibles escenarios?
Para concluir, podemos proponer al menos tres escenarios posibles. El primero de ellos -que parece más improbable- sería un colapso del régimen seguido de un cambio de gobierno liderado por grupos de oposición con Reza Pahlavi -el príncipe heredero del Sha de Persia, que actualmente vive en el extranjero- como enlace con Estados Unidos.
Otro escenario sería una guerra que dure hasta un año con movimientos dentro del régimen que busquen acuerdos pragmáticos con el gobierno de Estados Unidos.
El tercer y último escenario podría ser una guerra más larga (2-3 años) con mayores costos y desestabilización general de la región. Si se diera este tercer escenario, las consecuencias serían globales e impredecibles.
En conclusión, debemos confirmar que aunque el régimen del Ayatolá violó repetidamente los derechos humanos y fue el mayor desestabilizador de toda la región, las acciones de Washington y Jerusalén no traerán la paz a la región. Quizás sea hora de parafrasear al poeta persa Saadi Shirazi: “Una meta pura no justifica un camino impuro”.
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