Cuando el mundo se cerró debido a la pandemia de COVID-19 a principios de 2020, otra crisis crecía silenciosamente a puerta cerrada. Informes de todo el mundo sugieren que la violencia contra las mujeres y las niñas está aumentando. Los gobiernos, las ONG y los defensores han comenzado a referirse a este fenómeno como la “pandemia en la sombra”.
Para determinar si estos titulares e informes informales reflejan la realidad, realizamos la primera revisión exhaustiva de estudios que rastrean la violencia contra mujeres y niñas durante brotes de enfermedades infecciosas en países de ingresos bajos y medianos. Nos centramos en esas regiones porque ha habido menos investigación sobre este tema y las mujeres y las niñas enfrentan riesgos específicos, como el matrimonio infantil, que son menos frecuentes en los países más ricos.
Nuestros hallazgos, publicados en BMJ Global Health y en coautoría con UNICEF, son claros y preocupantes: la violencia contra las mujeres y las niñas tiende a aumentar durante las epidemias, y las mismas medidas utilizadas para controlar la propagación de la enfermedad pueden conducir a ese aumento.
En 53 estudios que midieron los cambios en la violencia contra las mujeres y las niñas durante el primer año de la pandemia de COVID-19, la mayoría encontró un aumento, algunos estudios no mostraron cambios y relativamente pocos mostraron una disminución. Este patrón está presente en diferentes tipos de violencia –por ejemplo, violencia doméstica física, violencia doméstica sexual, violencia psicológica o violencia en línea–, especialmente cometidas en el hogar.
Pero aún más sorprendente fue la poca evidencia que había de otros brotes de enfermedades infecciosas. A pesar de la creciente frecuencia de las emergencias globales, solo un estudio ha examinado la violencia contra mujeres y niñas durante una epidemia distinta de la COVID-19, examinando específicamente la violencia en Sierra Leona durante el Ébola y la COVID-19.
Cómo las epidemias contribuyen a la violencia de género
Los brotes de enfermedades infecciosas hacen más que propagar enfermedades. Pueden perturbar las economías, sobrecargar los sistemas de salud y remodelar la vida cotidiana. Estos cambios pueden reforzar las desigualdades existentes y, en muchos casos, aumentar el riesgo de violencia.
Nuestra investigación identificó cinco vías clave a través de las cuales las epidemias contribuyen a la violencia contra las mujeres y las niñas.
Las Naciones Unidas han calificado el aumento de la violencia contra mujeres y niñas durante la pandemia de COVID-19 como una “pandemia en la sombra”.
En primer lugar, la pérdida de empleo, la reducción de ingresos y el estrés financiero fueron los factores que más sistemáticamente contribuyeron a la violencia. Cuando los hogares experimentan presión económica, aumentan las tensiones, y las mujeres y las niñas suelen sufrir las consecuencias. En algunos contextos, el estrés económico se ha relacionado no solo con la violencia de pareja, sino también con prácticas nocivas como el matrimonio infantil.
En segundo lugar, las restricciones a la circulación, como el encarcelamiento y la cuarentena, pueden atrapar a mujeres y niñas con parejas o familiares abusivos. Si bien estas medidas de respuesta a la epidemia están diseñadas para reducir la transmisión de enfermedades, también pueden aislar a las mujeres de las redes sociales y limitar las oportunidades de buscar ayuda tanto formal como informal.
En tercer lugar, considerar ciertos servicios como no esenciales reduce el acceso de las personas al apoyo. Durante la COVID-19, muchos servicios sanitarios, sociales y jurídicos se han reducido o su acceso se ha vuelto más difícil. El cierre de escuelas también significó que en algunos contextos las niñas enfrentaran mayores riesgos de explotación, embarazo precoz o matrimonio forzado.
En cuarto lugar, los perpetradores pueden utilizar el miedo de las mujeres y las niñas a la infección para controlarlas o manipularlas. Por ejemplo, los hombres a veces disuadían a sus parejas femeninas de salir de casa o buscar atención para evitar el riesgo de enfermedad.
Por último, las experiencias pasadas de las mujeres y las niñas con los sistemas de salud pueden influir en su intención de buscar servicios en el futuro. En entornos afectados por epidemias pasadas, como el brote de ébola de 2014, la desconfianza en los servicios de salud ha disuadido a algunos sobrevivientes de buscar atención después de sufrir violencia, especialmente si hacerlo podría conducir a una cuarentena o malos tratos.
Estos caminos no están aislados. A menudo interactúan y se refuerzan mutuamente, creando condiciones en las que la violencia se vuelve más probable durante las crisis.
Construyendo mejores evidencias
Las emergencias de salud pública son cada vez más comunes y medidas como el cierre y la restricción del acceso a escuelas, clínicas y otros servicios pueden tener consecuencias no deseadas. Nuestros hallazgos sugieren que la protección de mujeres y niñas debería ser parte de la forma en que los profesionales de la salud pública responden a las epidemias desde el principio, no algo que deberían abordar sólo después de que la violencia ya haya aumentado.
Hacer un seguimiento del problema en diferentes tipos de epidemias (como el cólera, la gripe o el ébola) podría ayudar a determinar qué respuestas políticas son más protectoras.
Pero incluso dentro de la investigación sobre la COVID-19, descubrimos limitaciones importantes. En primer lugar, la mayoría de los estudios se han centrado en las mujeres adultas y mucha menos atención en las niñas. Y en segundo lugar, muchos estudios se han basado en métricas como el número de llamadas a una línea directa o visitas a la clínica, que pueden ser engañosas. Una caída en las denuncias no significa necesariamente una caída en la violencia; puede reflejar un acceso reducido a los servicios o mayores barreras para la presentación de informes.
A pesar de las lagunas de datos que descubrimos, nuestro estudio ya apunta a estrategias específicas que pueden proteger a las mujeres y las niñas: reducir el estrés financiero en los hogares, hacer que los servicios sean seguros y de fácil acceso, garantizar el acceso continuo de las niñas a la escuela y generar un apoyo comunitario más sólido.
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