Muchas personas notan que a medida que pasan los años dormir “como un bebé” se vuelve cada vez más difícil. El sueño parece ser menos profundo, los despertares nocturnos son más frecuentes y cualquier pequeño ruido o preocupación puede interrumpir el descanso.
Esta experiencia no es una simple percepción subjetiva: la ciencia del sueño ha demostrado que el envejecimiento está asociado a cambios bien definidos en la estructura y regulación del sueño.
La arquitectura del sueño cambia con la edad
El sueño humano se organiza en ciclos que incluyen las etapas de sueño no REM (N1, N2 y N3) y sueño REM. La etapa N3, también conocida como sueño de ondas lentas o sueño profundo, es especialmente importante para la recuperación física y cerebral.
Diversos estudios han demostrado que, a partir de la edad adulta media, se produce una disminución progresiva del sueño de ondas lentas, junto con un aumento del número de despertares y del tiempo de vigilia tras el inicio del sueño. En particular, un metaanálisis clásico basado en datos de más de 65 estudios y miles de personas sanas demostró que el porcentaje de sueño profundo disminuye significativamente con la edad, mientras que el sueño se vuelve cada vez más fragmentado y menos eficiente.
Este cambio en la arquitectura del sueño explica en gran medida la sensación de “sueño ligero” que reportan muchas personas mayores.
El envejecimiento del cerebro desestabiliza el sueño
El sueño no es un proceso pasivo. El cerebro mantiene activamente un estado de sueño a través de redes neuronales que inhiben la vigilia y protegen contra estímulos externos. Con la edad, estas redes se vuelven menos eficientes.
Los cambios estructurales y funcionales en el cerebro que envejece, particularmente en las regiones frontales, reducen la generación de ondas lentas y reducen la capacidad del órgano para mantener un sueño profundo y estable. Como consecuencia, el umbral para el despertar se reduce, lo que hace que estímulos menores induzcan un microdespertar o un despertar total.
Además, con la edad cambia la microarquitectura del sueño, como los husos del sueño, que juegan un papel clave a la hora de consolidar el descanso nocturno y proteger frente a las interrupciones.
Los estudios de actigrafía también muestran que los patrones de actividad en reposo se vuelven cada vez más fragmentados con la edad, lo que refleja una pérdida de continuidad del sueño. Y somos más susceptibles al insomnio
amanece más temprano
Otro factor clave es el envejecimiento del sistema circadiano, el “reloj interno” que regula los ciclos de sueño-vigilia. Con la edad, la fase circadiana avanza, como si el día empezara más temprano para nuestro cerebro. Esto explica por qué muchas personas mayores tienen sueño a primera hora de la tarde y se despiertan muy temprano por la mañana.
Además, se reducen las señales circadianas que inducen el descanso, como la secreción de melatonina o los cambios en la temperatura corporal, lo que hace que el sueño sea más susceptible a interrupciones.
Aunque el envejecimiento biológico explica parte de este fenómeno, el sueño ligero no debe atribuirse únicamente a la edad. En las personas mayores aumenta la frecuencia de dolores crónicos, enfermedades respiratorias o cardiovasculares y nicturia (necesidad frecuente de orinar por la noche), que hace que nos despertemos. Además, es común consumir alguno de los muchos medicamentos que alteran el sueño.
¿Por qué necesitamos un sueño profundo?
La pérdida del sueño de ondas lentas no sólo afecta a la sensación subjetiva de descanso. Investigaciones recientes sugieren que este tipo de sueño está involucrado en los procesos de limpieza metabólica del cerebro y en la salud cognitiva.
Un estudio longitudinal publicado en JAMA Neurology encontró que la reducción del sueño de ondas lentas se asocia con un mayor riesgo de desarrollar demencia en adultos mayores, lo que refuerza la importancia de mantener la calidad del sueño durante el envejecimiento.
Llegados a este punto, ¿qué puedes hacer para dormir “más profundo” a medida que envejeces (sin caer en los mitos)?
Aunque algunos cambios en el sueño son parte del envejecimiento normal, existen estrategias efectivas para mejorar la continuidad y profundidad del sueño en las personas mayores, basadas en mecanismos fisiológicos bien descritos.
Luz de la mañana: fortaleciendo el reloj biológico
La exposición a la luz por la mañana, preferiblemente luz natural, es una de las intervenciones no farmacológicas mejor consolidadas. La luz actúa como principal sincronizador (zeitgeber) del ritmo circadiano, amplificando la señal del despertar diurno y ayudando a consolidar el sueño nocturno.
En las personas mayores, cuya señal circadiana suele ser más débil, la luz de la mañana ayuda a estabilizar los patrones de sueño y reducir los despertares nocturnos. Los estudios y revisiones en cronobiología del envejecimiento enfatizan que una exposición adecuada a la luz mejora la alineación circadiana y la calidad del descanso.
Regularidad de horario: el valor de la rutina
Mantener un horario regular para acostarse y despertarse, incluso los fines de semana, es especialmente importante a medida que envejecemos. El cerebro que envejece depende más de señales externas y rutinas de comportamiento para mantener la estabilidad del sueño.
El trabajo clásico de DJ Dijk y JF Duffy demostró que la interacción entre el ritmo circadiano y la presión homeostática del sueño se vuelve frágil con la edad. Por tanto, la regularidad actúa como un “andamiaje externo” que compensa esta pérdida de robustez circadiana. Por el contrario, un horario irregular hace que el sueño se fragmente.
Ejercicio y actividad diaria: aumentar la presión del sueño
La actividad física regular, especialmente durante el día, contribuye a mejorar la llamada presión homeostática durante el sueño, es decir, la necesidad biológica de sueño que se acumula durante la vigilia. Llegar por la noche con suficiente “hambre de dormir” permite un inicio más rápido del sueño y una mayor continuidad nocturna.
Las revisiones sistemáticas muestran que el ejercicio aeróbico y de resistencia en personas mayores se asocia con una mejor eficiencia del sueño y una reducción de los despertares, además de proporcionar beneficios cardiovasculares y funcionales.
Identificar y tratar las causas de los despertares nocturnos.
En cuanto a los signos de alerta, el sueño ligero merece una evaluación clínica cuando se acompaña de somnolencia diurna intensa, ronquidos habituales con pausas en la respiración, despertares por sensación de ahogo, movimientos molestos de las piernas en decúbito supino, deterioro progresivo o afectación significativa en la calidad de vida.
En estos casos, la causa subyacente suele ser identificable y potencialmente tratable, lo que puede mejorar significativamente el descanso nocturno y la salud general.
Un principio clave en geriatría del sueño es que los despertares frecuentes no siempre son el principal problema del sueño. El dolor crónico, el reflujo gastroesofágico, la nicturia, la apnea obstructiva del sueño y el síndrome de piernas inquietas son causas comunes de sueño fragmentado en los ancianos.
La evaluación y el tratamiento para mejorar estas condiciones pueden mejorar significativamente la calidad del sueño sin necesidad de fármacos hipnóticos.
Precaución con los hipnóticos: preferir intervenciones no farmacológicas
El uso de hipnóticos en personas mayores se asocia con un mayor riesgo de caídas, deterioro cognitivo, confusión y adicción, especialmente cuando se consumen benzodiazepinas y drogas Z. Por este motivo, guías y revisiones clínicas recomiendan evitar su uso prolongado en este grupo de edad.
La terapia cognitivo-conductual (TCC-I) se considera un tratamiento de primera línea para el insomnio crónico en personas mayores, con eficacia demostrada y un perfil de seguridad claramente superior a la medicación.
Aunque el proverbio asegura que “en la vejez el sueño disminuye y aumentan las quejas”, es posible garantizar que el cerebro que envejece descanse bien.
Descubre más desde USA Today
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

