El farol de Washington: por qué EE.UU. no puede expulsar a España de la OTAN

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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En los últimos días ha estado circulando una idea tan llamativa como difícil de sostener: que Estados Unidos podría expulsar a España de la OTAN. El tema suena urgente porque está relacionado con la guerra en Irán, el papel de las bases Roth y Moron y la batalla política entre Donald Trump y varios gobiernos europeos. Pero la respuesta jurídica es bastante clara: Estados Unidos no puede expulsar unilateralmente a España de la Alianza Atlántica porque el Tratado del Atlántico Norte no prevé tal mecanismo.

Lo que hay es presión política, militar y diplomática. Y esto es muy importante, porque aunque la expulsión formal no sea posible, el conflicto entre Washington y Madrid puede convertirse en tensiones reales dentro de la Alianza.

La OTAN se rige por el Tratado del Atlántico Norte, firmado en 1949. No hay ninguna cláusula en ese texto que permita que un Estado miembro sea expulsado por decisión de otro país, ni siquiera Estados Unidos. La única forma de abandonar la organización es mediante la renuncia voluntaria, recogida en el artículo 13, que requiere aviso formal y un plazo de un año.

Cosas sobre retórica política.

Esto significa que la idea de “expulsar” a España pertenece más al ámbito de la retórica política que al del derecho internacional. En otras palabras, España no puede ser “sacada” de la OTAN por orden de Washington. Lo que puede suceder es un empeoramiento de las relaciones bilaterales o una reducción del apoyo y la cooperación dentro de la propia Alianza.

Los orígenes inmediatos del conflicto se encuentran en la actual confrontación con Irán y el nivel de participación que Estados Unidos espera de sus aliados europeos. España mantuvo una posición más cautelosa y defendió que cualquier cooperación debe estar enmarcada en el derecho internacional. Esta actitud ha preocupado a Washington, especialmente por el debate sobre el uso de bases militares españolas para operaciones en el extranjero.

Rota y Morón son objetos de enorme valor estratégico. Su relevancia explica por qué cualquier discusión sobre su uso genera tanta tensión política. Sin embargo, incluso en un escenario de desacuerdo, su existencia no depende de un gesto unilateral de Estados Unidos, sino de acuerdos bilaterales y del marco general de relaciones entre ambos países.

Si expulsar a España no es posible, ¿cuánto margen real tiene Estados Unidos? Bastante, aunque no en forma de exclusión formal. Puede limitar la cooperación militar, enfriar la cooperación de inteligencia, ejercer presión económica o intentar aislar políticamente a Madrid dentro de la OTAN. También puede utilizar el debate público para enviar un mensaje al resto de Europa: cualquiera que no siga la línea de Washington puede pagar un precio político.

No puede haber exclusión, pero sí presión

Probablemente ese sea el meollo del problema. Más que una ruptura legal, enfrentamos una lucha en la que la dimensión simbólica es tan importante como la norma. La amenaza de “expulsar” a España puede que no tenga fundamento jurídico, pero sirve para marcar posiciones, movilizar votantes y presionar a los socios, aunque no es más que un auténtico farol de Estados Unidos diseñado para ejecutar un castigo político donde el derecho internacional cierra la puerta.

Para España, este debate no es pequeño. Esto afecta a su papel en la OTAN, su relación con Estados Unidos y su margen de maniobra en la política exterior europea. También reabre una cuestión más amplia: hasta qué punto Europa puede construir su propia estrategia de defensa sin depender totalmente de Washington.

Asimismo, el caso español está vinculado a otros frentes geopolíticos: Marruecos, Ceuta y Melilla, las Malvinas y una posible redistribución de alianzas por parte de Estados Unidos. El problema no es específicamente España, sino el reordenamiento de prioridades estratégicas en un escenario internacional bastante inestable.

La discusión también revela que la seguridad europea todavía depende de las decisiones tomadas en Washington, incluso cuando Europa lucha por una mayor autonomía estratégica. Por tanto, incluso una amenaza jurídicamente vacía puede tener efectos políticos reales. La confianza entre aliados, la credibilidad de los compromisos y el intercambio de recursos militares son partes esenciales del sistema.

Paralelamente, el conflicto pone de relieve el valor del derecho internacional como frontera contra la improvisación política. Si el tratado no prevé la expulsión, ese mecanismo no puede inventarse por presión o impulso presidencial. Y esa es exactamente una de las funciones más valiosas de las organizaciones internacionales: reducir la arbitrariedad.


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