De la brecha de acceso a la brecha regulatoria: la nueva desigualdad digital global

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Desde hace más de dos décadas, la desigualdad o brecha digital se refiere principalmente a la dificultad o imposibilidad de acceder a Internet para millones de personas en el mundo. Desde finales del siglo XX, las políticas públicas relacionadas con las tecnologías de la información y las comunicaciones se han centrado en brindar conectividad, dispositivos y alfabetización tecnológica básica. La idea detrás de estos esfuerzos era que si todos pudiéramos conectarnos, todos podríamos acceder a las mismas oportunidades digitales.

En la mayor parte del mundo desarrollado, ese objetivo se ha cumplido. Según Eurostat, en la Unión Europea más del 95 por ciento de los hogares con niños tienen conexión a Internet. En países como Estados Unidos, Reino Unido, Corea del Sur o Australia, más del 90% de los adolescentes tiene un smartphone.

En este contexto, el acceso ya no es un problema. Sin embargo, los datos comparativos muestran que la desigualdad digital no ha desaparecido. Simplemente cambió de forma. La diferencia ya no está en quién puede conectarse, sino en quién tiene la capacidad de controlar esa conexión al no permitirse manipular ni gestionar los algoritmos. En otras palabras, la desigualdad ha cambiado en la forma en que se regula el uso de la tecnología.

Cómo usarlo: nueva brecha

La investigación sociológica lleva décadas señalando este fenómeno. Cuando está bien democratizado, la ventaja cambia de lugar. Ya no es una ventaja tener acceso, puesto que todos lo tenemos. Ahora la verdadera ventaja es saber y poder utilizar o limitar este acceso. Varias encuestas internacionales realizadas por el Pev Research Center en Estados Unidos, Ofcom en el Reino Unido y UNICEF confirman este cambio: ahora están surgiendo diferencias sociales en la forma en que se utiliza la tecnología en el hogar.

No estamos ante una brecha económica clásica. Las familias con niveles educativos más altos tienen acceso a la información y al tiempo para involucrarse más en el uso de los dispositivos de sus hijos. Esto hace que, por ejemplo, tiendan a retrasar la entrega del primer smartphone. También tienden a establecer límites de tiempo más claros mientras monitorean el uso digital de sus hijos. Por el contrario, en hogares con menos capital cultural el dispositivo suele llegar antes y las normas de uso suelen ser menos claras o menos permanentes.

Esto se debe a que tener un teléfono inteligente y acceso a Internet significa utilizar plataformas de redes sociales diseñadas para maximizar la interacción y el tiempo de uso. En este contexto, la regulación requiere información, coherencia y consistencia. Y, en el caso de menores, dar ejemplo con su propio uso.

Nivel educativo, más determinante que el nivel económico

Por tanto, es lógico que los datos internacionales indiquen que la regulación digital depende más del nivel educativo de los padres que de sus ingresos. La educación de los padres influye en cómo se interpreta la evidencia del uso problemático de la tecnología. También afecta la voluntad de establecer reglas claras, controlar el tiempo de exposición y cómo responder a señales como irritabilidad al quitar el dispositivo o alteraciones del sueño.

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Y la falta de regulación no sólo significa que los niños de familias con menos capital cultural o educación sean más susceptibles a problemas de salud mental como ansiedad o depresión; También tiene un impacto significativo en la educación fuera del hogar. Los niños cuyo uso de dispositivos y redes está temprano o mal regulado tienen más dificultades para aprovechar los beneficios de la escolarización formal.

Por ejemplo, evaluaciones internacionales como el Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos muestran claras diferencias sociales en lectura y concentración sostenida. Aunque este tipo de estudios no nos permite establecer una relación simple de causa y efecto entre la vulnerabilidad social y peores niveles de comprensión lectora o capacidad de concentración, sí nos permite observar cómo el uso de la tecnología puede reforzar las desigualdades existentes.

Nuevos indicadores y nuevas estrategias

La situación nos obliga a repensar las estrategias digitales y empezar a medir lo que realmente importa. La mayoría de las estadísticas todavía se centran en el acceso y el equipamiento, indicadores pertenecientes a la primera brecha digital. Si la desigualdad avanza hacia la regulación, para evitar que la nueva brecha quede oculta sería recomendable empezar a medir datos como la edad de entrega del primer smartphone, así como la existencia de reglas familiares o el uso nocturno. Sin estos indicadores específicos, la brecha no se puede ver claramente.

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Las familias necesitan apoyo e información clara y práctica. Las campañas de salud pública han demostrado que la información basada en evidencia puede modificar hábitos cuando se mantiene en el tiempo y va acompañada de decisiones estructurales.

El caso del tabaquismo es paradigmático. No sólo la información redujo su consumo, sino una combinación de advertencias visibles, restricciones de uso y cambios en el entorno social.

Algo similar ocurre con los alimentos, donde el etiquetado y las recomendaciones institucionales han contribuido a orientar las decisiones de consumo. En el ámbito digital, organizaciones como UNICEF o diversas asociaciones de pediatría han alertado reiteradamente sobre los riesgos del uso intensivo de las pantallas en la infancia, pero este conocimiento no siempre se traduce en pautas operativas para todas las familias.

Facilite la toma de decisiones correctas

La regulación digital requiere un enfoque comparable pero más exigente. No basta con informar. Es necesario procurar que las decisiones correctas sean también las más sencillas. Se deben ofrecer pautas claras y culturalmente apropiadas, reconociendo que las familias no parten del mismo punto. Las recomendaciones generales suelen funcionar en el contexto de un alto capital educativo, pero pierden su eficacia cuando no se adaptan a las condiciones de vida real de muchos hogares.

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En la práctica, esto requiere pasar de mensajes genéricos a herramientas concretas, como guías de edad claras, programas de apoyo en las escuelas, formación accesible para las familias y sistemas de control integrados en los propios dispositivos que no requieren conocimientos técnicos. Hoy en día, gran parte de esta responsabilidad recae casi exclusivamente en las familias, en un entorno diseñado precisamente para aprovecharla al máximo. Hasta que se equilibre esta asimetría, la capacidad de regular seguirá siendo un privilegio más que una competencia general.

Autorregulación de la plataforma

También es necesario revisar los incentivos del ecosistema digital. Como se mencionó anteriormente, si la regulación depende únicamente del control parental, la desigualdad aumentará, ya que no todas las familias tienen el mismo tiempo, información o capacidad para monitorear el uso de los dispositivos de sus hijos. Los debates actuales sobre la verificación de la edad, la transparencia algorítmica o el diseño responsable apuntan a una redistribución de esta carga para que la regulación sea también responsabilidad de las propias plataformas.

En la práctica, esto significaría exigir a las plataformas sistemas efectivos de verificación de edad que limiten el acceso a determinados contenidos, mayor claridad sobre cómo funcionan los algoritmos de recomendación y qué tipos de contenidos priorizan, y cambios en el diseño de las propias apps para reducir las dinámicas de uso intensivo, como la reproducción automática, las notificaciones constantes o el desplazamiento sin fin. También significaría incorporar herramientas integradas de gestión y control del tiempo de actividad que sean accesibles y fáciles de configurar.

Este tipo de medidas no eliminan la responsabilidad familiar, pero corrigen una asimetría evidente: un entorno diseñado para maximizar la atención frente a los usuarios que deben aprender a limitarla ellos mismos.

Alfabetización digital en la escuela

La escuela también tiene un papel clave. Durante años, ha ayudado a cerrar la brecha en el acceso a programas de dotación de tecnología. Ahora toca afrontar una nueva tarea: integrar herramientas digitales con objetivos pedagógicos claros. Al mismo tiempo, es necesario crear (y proteger) espacios de concentración permanente: sólo así podremos garantizar que todos los menores tengan la oportunidad de desarrollar sus capacidades cognitivas sin interferencias tecnológicas.

La nueva brecha digital no se ve en quién tiene un teléfono, sino en quién controla su influencia. En una sociedad con conectividad casi universal, el desafío ya no es sólo garantizar el acceso, sino brindar condiciones justas para gestionarlo. Si no actuamos a través de políticas públicas, educación y regulación tecnológica, esta brecha puede ampliarse y traducirse en diferentes trayectorias sociales. Por un lado, ciudadanos con mayor capacidad crítica, capaces de interpretar la información, regular su tiempo digital y tomar decisiones informadas sobre el uso de la tecnología. Por otro lado, perfiles más vulnerables, con mayor exposición a contenidos de baja calidad, más dependientes de dinámicas de consumo impulsivo y menos capaces de identificar información errónea o limitar su propio uso.

Esta diferencia afecta no sólo al bienestar individual, sino también a dimensiones como el aprendizaje, la participación social o la calidad del debate público. Si el control del entorno digital se convierte en un recurso desigual, la tecnología dejará de ser un facilitador y se convertirá en un amplificador de las brechas existentes.

Una versión de este artículo fue publicada originalmente en la revista Telos Fundación Telefónica.


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