El 24 de julio de 2026, el gobierno español declaró el estado de emergencia de interés nacional en la Comunidad de Madrid y la provincia de Ávila debido a varios incendios forestales simultáneos provocados por una intensa ola de calor. La evacuación de numerosos municipios y la activación de la Unidad de Situaciones de Emergencia confirmaron lo que las investigaciones científicas vienen advirtiendo desde hace años: los incendios que arrasan zonas pobladas requieren respuestas radicalmente diferentes a las que hasta ahora han gestionado la extinción de bosques en España.
La zona donde el territorio natural entra en contacto con las edificaciones se denomina técnicamente interfaz o conexión urbano-bosque. A nivel mundial, esta zona creció un 35,6% entre 2000 y 2020 y concentra los peores escenarios de riesgo: evacuaciones difíciles, propagación de estructura en estructura y desvío de recursos que podrían dedicarse a incendios más grandes. El problema no es nuevo, pero la respuesta regulatoria sigue siendo fragmentada e insuficiente.
Lo que otros países ya han aprendido
Grecia alberga una de las zonas de conectividad más vulnerables de Europa. Por ello, reorientó su marco legal tras las tragedias de Mati (2018, con 104 muertos) y Alejandrópolis (2023, el mayor incendio de superficie en la UE desde que existen registros satelitales, con más de 90.000 hectáreas quemadas).
En mayo de 2023, una decisión conjunta de los tres ministerios estableció un reglamento de protección para todas las instalaciones dentro o dentro de un radio de 300 m de áreas forestales, clasificándolas según cuatro niveles de riesgo. Requiere que estas estructuras combinen medidas pasivas (techo incombustible, fachada de material incombustible, malla metálica en aberturas, valla maciza) y medidas activas (rociadores, tomas de agua, detección de incendios) con una zona perimetral obligatoria de 10 metros dividida en tres niveles de vegetación en descenso.
La investigación académica que respalda estas medidas muestra que la gestión del combustible en el nexo urbano-bosque, combinada con la resiliencia estructural de los edificios, reduce significativamente las pérdidas. Además, revela que los daños por incendios en Grecia comenzaron mucho antes de que llegara el frente, cuando las brasas entraron por ventanas abiertas, pérgolas y terrazas de madera.
Casas en Mati (Grecia) tras el incendio forestal de 2018. Guillaume Bavière/Flickr, CC BI-SA
Australia representa un modelo regulatorio de referencia global en esta área. Su Código Nacional de Construcción contiene un estándar para edificios en áreas propensas a incendios que clasifica los lotes de acuerdo con seis categorías de riesgo (basadas en el índice de peligro de incendio de la región, el tipo de vegetación, la distancia a esa vegetación y la pendiente del terreno) y prescribe materiales, distancias y sistemas de protección proporcionales a cada nivel.
En uno de los niveles más altos se requieren paredes incombustibles, ventanas de vidrio templado protegidas por malla metálica o contraventanas cortafuegos. En el segundo, un desvío mínimo de 10 m con respecto a la vegetación o elementos sometidos a fuego directo.
Ambos marcos, el griego y el australiano, operan sobre dos palancas complementarias: fortalecer el edificio con materiales y detalles constructivos que impidan que se enciendan las brasas y el calor, y crear un espacio defendible con una franja de vegetación gestionada que reduzca la intensidad de los incendios antes de que lleguen a ellos.
Y leer también: Ocho acciones para mejorar la gestión del riesgo de incendios y proteger a la ciudadanía
Otra variable: bosque
Construir mejor es necesario, pero no suficiente. Existe un amplio consenso en que la gestión forestal preventiva (desbroce selectivo, cortafuegos, quema prescrita, control de la biomasa acumulada) es la intervención que más reduce los riesgos en estas conexiones urbano-bosques.
En España, décadas de abandono rural y cambio de uso del suelo han creado masas forestales densas y continuas que actúan como aceleradores de incendios. Cuando el pastoreo y la silvicultura desaparecen del territorio, el bosque no tiene quién lo gestione. La vegetación acumulada está alimentando el fuego hoy. Sin una gestión forestal activa, cualquier actualización del Código Técnico de la Edificación llega tarde.
Esta gestión, sin embargo, no se apoya en subvenciones especiales. Requiere que el bosque cree valor económico permanente con ganadería extensiva, silvicultura, agricultura mixta, turismo rural, productos madereros y no madereros… Un bosque que proporciona ingresos es un bosque que está gestionado. Como se suele decir en la gestión forestal mediterránea, los incendios no se extinguen en verano, sino en invierno: la temporada de incendios se decide con meses de antelación, gestionando -o abandonando- el territorio.
Y también leer: Fomentar la economía rural, el mejor antídoto contra los incendios forestales
Quién y cómo debe liderar el cambio
La reforma regulatoria que España necesita no puede surgir de la urgencia de una emergencia de medianoche. Esto requiere un proceso plural, técnico y sostenible en el tiempo.
Los actores involucrados son múltiples y complementarios:
Unidades de extinción de incendios y protección civil, que conocen el verdadero comportamiento del fuego en la conexión urbano-forestal.
Escuelas profesionales de arquitectura e ingeniería, encargadas de traducir la ciencia en recetas constructivas.
Comunidades de propietarios y asociaciones de vecinos de asentamientos periurbanos, cuyos planes de autoprotección deberán actualizarse.
Organizaciones agrícolas y forestales, sin cuya cooperación la gestión forestal preventiva es insostenible (y cuyo apoyo económico está vinculado a la prevención).
Comunidades autónomas, responsables del urbanismo y la ordenación territorial.
Legislador estatal, responsable de los fundamentos del régimen forestal y del Código Técnico de la Edificación.
El sector asegurador, que puede articular incentivos económicos para la resiliencia estructural.
Asociaciones ecológicas, necesarias para que la gestión forestal no conduzca a una explotación indiscriminada.
Y también la lira: Cambio climático: incendios e inundaciones crean zonas sin seguro en toda Europa
El proceso debe comenzar con un diagnóstico: una cartografía actualizada de las zonas de conexión, una evaluación del parque construido existente y una revisión de los planes municipales para situaciones de emergencia. Experiencias como el Sistema de Información Geográfica de los Servicios de Emergencias de Navarra, que permite mapear los riesgos y coordinar las respuestas en tiempo real, demuestran que este diagnóstico ya es técnicamente posible.
Sobre esta base, la reforma regulatoria puede avanzar con solidez técnica y consenso institucional, sin necesidad de improvisaciones ni decretos de emergencia.
España tiene ante sí una oportunidad real: convertir la tragedia en aprendizaje colectivo antes de que llegue el próximo verano.
Descubre más desde USA Today
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

