En una conversación típica actual, no es difícil saber cuándo alguien ha dejado de escuchar. Su atención se desvía, su respuesta llega demasiado rápido o su mirada se desvía hacia la pantalla. La conversación continúa, pero ya se ha perdido algo importante. Hablamos más que nunca a través de plataformas, dispositivos y espacios digitales, pero ¿realmente nos escuchamos unos a otros?
El debate público actual tiende a centrarse en el discurso. Los debates sobre la vida digital están dominados por preguntas sobre quién puede hablar, qué debería regularse y si la libertad de expresión está amenazada. Estas son ciertamente preocupaciones importantes, pero se basan en una suposición que rara vez examinamos: que escuchar es una consecuencia natural de hablar.
Coraje para hablar honestamente
Los antiguos atenienses entendían que el discurso democrático requería dos cosas a partes iguales: el derecho a hablar y el coraje de decir la verdad.
Pero ambos ideales dependen de la presencia de algo que los atenienses rara vez discutían explícitamente, porque simplemente se daba por sentado en el ágora: una audiencia que estaba lista para recibir lo que se decía honestamente.
Hablar y escuchar no son preocupaciones en competencia. Son dos caras de una misma práctica cívica y una no puede defenderse sin prestar atención a la otra. Hoy hemos invertido enormes energías en proteger y ampliar el derecho a hablar. Sin embargo, hemos prestado mucha menos atención a lo que sucede en el lado receptor.
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Escuchamos para responder, no para entender.
Escuchar no es una actividad pasiva. No es simplemente la ausencia del habla, ni equivale a escuchar las palabras mientras pasan. Escuchar bien significa comprometerse con lo que la otra persona dice como algo significativo, algo que puede entenderse, interpretarse y responderse en sus propios términos.
Los filósofos llaman a esto “asimilación”: la voluntad de asimilar exactamente lo que alguien ha dicho antes de reaccionar. En la práctica, esto significa internalizar el argumento el tiempo suficiente para comprenderlo verdaderamente, en lugar de responder a una versión simplificada o distorsionada del mismo. Esto significa distinguir lo que la persona realmente dijo de lo que asumimos que quería decir. Esto significa tratar al hablante como un participante en un intercambio compartido, no como un obstáculo a superar.
Esto es más difícil de lo que parece. Tendemos a escuchar para responder, no para comprender. Buscamos un momento en el que podamos refutar, un punto débil en un argumento, una oportunidad para presentar nuestro propio punto de vista. Esto no es escuchar. Está esperando.
La diferencia es de enorme importancia en la vida democrática. Cuando los ciudadanos se enfrentan a caricaturas de opiniones opuestas en lugar de a las opiniones mismas, el debate público pierde su capacidad de producir algo más que ruido. El desacuerdo se convierte en una actuación. La discusión se convierte en teatro. Y la posibilidad de una verdadera persuasión, de cambiar realmente de opinión a la luz de lo que la otra persona ha dicho, está desapareciendo silenciosamente.
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El entorno digital dificulta la escucha
Las plataformas que ahora albergan la mayoría de nuestras conversaciones públicas no fueron diseñadas pensando en escuchar. Están diseñados para la participación, que es algo completamente distinto.
El compromiso, medido por las principales plataformas de redes sociales, significa clics, reacciones y tiempo invertido compartidos. El contenido que evoca emociones fuertes (especialmente ira, rabia y alarma moral) tiende a tener buenos resultados en estas métricas. El contenido que invita a la reflexión, por otro lado, normalmente no lo hace.
El resultado es un entorno de información que recompensa sistemáticamente el tipo de comunicación menos propicio para una verdadera escucha: rápida, declarativa, cargada de emociones y diseñada para provocar una reacción en lugar de una respuesta.
A esto se suma la forma en que los algoritmos nos presentan el contenido. Rara vez encontramos argumentos en su forma completa, presentados por las personas que los sostienen, en el contexto en el que se presentan. En cambio, a menudo nos topamos con fragmentos, capturas de pantalla, resúmenes y paráfrasis, a menudo elegidos precisamente porque son fáciles de descartar o ridiculizar. En otras palabras, nos entrenamos para interactuar con dibujos animados. Y los dibujos animados no requieren ser escuchados. Sólo necesitan una reacción.
Las consecuencias para la vida democrática son graves. Una esfera pública donde la gente habla todo el tiempo pero rara vez siente que realmente la escuchan no es saludable. Es un área donde crece la frustración, se fortalecen las posiciones y se hace cada vez más difícil encontrar el terreno común necesario para la toma de decisiones colectiva. Este no es sólo un problema tecnológico. Es un problema civil. Y requiere una respuesta civilizada.
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Cómo aprender (y practicar) la escucha
La buena noticia es que escuchar, a diferencia del diseño algorítmico, es algo en lo que podemos influir directamente. Es una habilidad y las habilidades se pueden aprender.
En educación, esto significa crear espacios donde los estudiantes practiquen intencionalmente la comprensión. Los profesores pueden, por ejemplo, organizar debates en los que se pide a los estudiantes que reformulen el argumento de su compañero hasta que éste esté satisfecho antes de ofrecer una crítica. Esta práctica crea un ambiente donde la participación igualitaria es una expectativa estructural más que una ocurrencia tardía, y donde el desacuerdo se trata como una oportunidad para el entendimiento en lugar de la victoria.
La misma lógica se aplica fuera del debate en vivo. Se puede pedir a los estudiantes que escuchen un podcast, vean un video o lean un artículo con una tarea en mente: ¿puedes explicar honestamente su argumento antes de decidir si estás de acuerdo con él?
Estos no son sólo ejercicios de clase: son ensayos para la vida democrática.
Estos hábitos se pueden cultivar fuera de la educación formal. Antes de responder a algo que nos provoca, hagamos una pausa suficiente para preguntarnos si entendimos el verdadero argumento. Antes de criticar la posición, reformulémosla en términos que su proponente reconocería. Separemos lo que dijo la persona de nuestras suposiciones sobre por qué lo dijo. Se trata de pequeños ajustes, pero si se practican de forma constante, cambian la calidad del intercambio.
Una democracia que sólo enseña a la gente a hablar libremente sólo ha hecho la mitad del trabajo. En la antigua Grecia, el ágora no era un escenario: era un lugar de intercambio. Recuperar ese espíritu, en las aulas, en las conversaciones y en los espacios digitales que ahora vivimos juntos, comienza con la habilidad más tranquila y exigente de aprender a escuchar de verdad.
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