Para comprender la importancia del suelo es necesario reconocerlo como un ecosistema complejo. La densidad biológica es tan alta que una cucharada de tierra poblaría a toda la humanidad. Este sistema está formado por microfauna, bacterias y hongos, capaces de generar materia orgánica que regula el clima y facilita la filtración del agua hacia los acuíferos.
Traducir esta realidad a la enseñanza no consiste en imponerla con argumentos académicos. Gracias a los Sistemas de Información Geográfica (SIG), los estudiantes pueden observar imágenes y luego analizar los cambios en el uso del suelo durante períodos de tiempo específicos.
Si integramos la teledetección mediante sistemas satelitales en el aula, convertimos el aprendizaje en un proceso científico. Esto convierte al estudiante en protagonista del seguimiento de su propio territorio y en agente crítico de lo que sucede con ese suelo como fuente de vida.
El auge del invernadero: el caso de Zapotlán el Grande
Un ejemplo de ello lo podemos encontrar en un proyecto docente desarrollado en torno al municipio de Zapotlán el Grande, en Jalisco (México). La investigación ha documentado el crecimiento exponencial de los invernaderos en tierras agrícolas en esta ciudad durante los últimos 25 años. Este tipo de explotación ejerce una gran presión sobre la tierra, convirtiendo áreas agrícolas temporales en cultivos de precisión con rendimientos cada vez más bajos a medida que los suelos pierden su fertilidad original.
Al integrar imágenes satelitales y análisis SIG en el aula, los estudiantes no sólo ven por sí mismos este cambio en el uso de la tierra y su impacto en la fertilidad, sino que descubren y piensan en cuestiones relacionadas con el cambio climático.
La verdadera innovación pedagógica en el caso de Zapotlán el Grande no tiene por qué referirse únicamente al uso de imágenes satelitales de última generación: integrar la teledetección en las aulas significa dejar que la ciencia sea actividad exclusiva de laboratorios remotos y convertirla en una herramienta ciudadana. Al analizar el reflejo del plástico de los invernaderos en la textura rugosa de los bosques autóctonos, el estudiante de secundaria toma conciencia del cambio climático y también lo documenta.
Mapa del término municipal de Zapotlán el Grande y sus invernaderos. Desarrollo propio. Autor proporcionado (sin reutilización) Impacto educativo y política pública
Muchas veces caminamos por la ciudad, el parque o el campo sin darnos cuenta de que uno de los recursos naturales más importantes está bajo nuestros pies. El suelo, más que un elemento común de nuestros ecosistemas, representa un componente muy valioso del medio ambiente, pero muchas veces es olvidado en las políticas públicas y programas educativos.
Es el sustento básico para la vida y el sustento de las actividades económicas primarias. Posicionar el suelo como un eje transversal que conecta diferentes disciplinas dentro de la educación ambiental responde a la necesidad de promover aprendizajes significativos en las escuelas. La forma en que los estudiantes comparan los datos con la realidad tangible de su territorio.
En el contexto actual, el suelo se ha convertido en el aliado perfecto para combatir el cambio climático. Es el elemento que más carbono absorbe y almacena, sólo comparable al papel que desempeñan los océanos en el mismo sentido. Un suelo sano y rico en materia orgánica garantiza que el desastre natural al que nos enfrentamos a nivel mundial pueda solucionarse.
Sin embargo, el tiempo no está de nuestro lado, en la escala de la vida humana, porque es un recurso no renovable. Se necesitan aproximadamente un milenio para formar tan solo un centímetro de suelo fértil. Lo que la naturaleza tarda siglos en crear, los humanos desaparecen en poco tiempo con la deforestación, las malas prácticas agrícolas, los incendios deliberados y la expansión de la expansión urbana.
Cabe recordar que el 95% de la producción mundial de alimentos depende directamente del suelo. Ignorar su importancia debido a la ambición de obtener mayores rendimientos por hectárea terminará sobreexplotándola y poniendo en peligro el futuro de nuestro medio ambiente, la agricultura y la vida de las personas.
Mapas y satélites: ojos científicos en el aula
¿Cómo podemos seguir estos cambios que se están produciendo en nuestras vidas sin que seamos conscientes de ello y, en las últimas décadas, se están acelerando? La respuesta está en la tecnología. La mencionada teledetección permite obtener información remota sobre objetos o escenarios sin contacto con ellos y sus aplicaciones son fundamentales para los estudios ambientales.
Un ejemplo al alcance de casi todo el mundo lo ofrece Google a través de sus plataformas Google Earth Engine o Google Maps. Utilizan imágenes de teledetección que provienen principalmente de satélites como Landsat 7 y 8 (NASA), así como de los satélites Sentinel (ESA/Copernicus). También entran en juego algoritmos avanzados para mejorar la definición, eliminar nubes, corregir colores y generar mosaicos visuales.
A través de estas herramientas y Sistemas de Información Geográfica (SIG), los estudiantes pueden ver imágenes y luego analizar cambios en el uso del suelo durante períodos de tiempo específicos. Esto nos permite descubrir detalles invisibles al ojo humano y evaluar procesos complejos, sin distinguir fronteras administrativas.
Además, los SIG facilitan la detección de incendios forestales, permitiéndonos conocer mejor la zona afectada, ayuda a interpretar la sequía en los cuerpos de agua y nos permite observar el crecimiento de las zonas urbanas.
Metodologías activas
El docente deja de ser un simple transmisor de información y se convierte en un intermediario que guía al alumno a transformar su entorno a partir de datos técnicos. Si este proceso se acompaña de metodologías activas, como el aula invertida, la modalidad UDL (Universal Learning Design), la transferencia de conocimiento basada en problemas y la gamificación, entre otras, tendremos estudiantes-ciudadanos que no sólo habitan su espacio, sino que también se vuelven críticos con lo que le sucede a la tierra.
La vigilancia por satélite, aplicada con una ética terrestre, garantiza que proteger nuestro suelo no sea una idea abstracta, sino más bien una decisión informada para preservar la vida a todas las escalas.
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