El parásito leishmania ha aprendido a burlar a la medicina, pero estamos creando armas para derrotarlo

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Si tienes un perro, es probable que la palabra Leishmania te dé vergüenza. Cada año, miles de propietarios vacunan o esterilizan a sus mascotas para protegerlas de las picaduras del flebótomo, un pequeño insecto parecido a un mosquito que porta el parásito que causa la leishmaniasis.

Pero no es sólo un problema veterinario. Estamos ante una de las enfermedades tropicales desatendidas más importantes del mundo: afecta a más de 12 millones de personas y pone en riesgo a otros mil millones de personas en casi 100 países. En los seres humanos, puede provocar úlceras en la piel y en los órganos internos, que son mortales si no se tratan.

A pesar de esta amenaza global, los médicos enfrentan un problema frustrante: los medicamentos que utilizamos están desactualizados desde hace décadas, son altamente tóxicos y cada vez más ineficaces. Los pacientes suelen sufrir recaídas meses o años después de un tratamiento que parecía tener éxito. ¿Por qué no podemos curar definitivamente la leishmaniasis? La respuesta es clara: durante un siglo hemos subestimado la asombrosa inteligencia biológica de este parásito.

Leishmania es un parásito que utiliza diferentes estrategias para esconderse en nuestro cuerpo y resistir nuestro sistema inmunológico y la medicina tradicional. Elaborado por los autores El insecto no es un “taxi” cualquiera

Hasta hace poco pensábamos que el insecto que transmite la enfermedad era sólo un medio de transporte. Hoy sabemos que su interior es un auténtico laboratorio evolutivo.

Para empezar, se descubrió que dentro de los flebótomos, los parásitos intercambian material genético entre sí. Tienen una especie de “reproducción sexual” que les permite mezclar sus genes y crear superparásitos híbridos, capaces de resistir múltiples fármacos al mismo tiempo.

Es más, cuando un insecto nos pica no se limita a inyectar leishmania: su saliva contiene un potente cóctel de sustancias químicas que actúan como anestésico de nuestras defensas. Al mismo tiempo, el parásito libera pequeñas “cápsulas” llenas de toxinas que penetran antes en nuestras células para vencer la resistencia. Es un ataque perfectamente coordinado.

Un maestro del disfraz y la ocultación

Una vez dentro de nuestro cuerpo, la Leishmania emplea tácticas dignas de una película de espías.

Cuando detectamos una infección, rápidamente llegan los neutrófilos, unas células inmunitarias que actúan como fuerza de choque. En lugar de escapar, el parásito se deja devorar por ellos. Pero no muere: utiliza el neutrófilo como “caballo de Troya”. Escondido en su interior, viaja desapercibido hasta llegar a los macrófagos, las células inmunitarias donde realmente quiere vivir y reproducirse.

Y su capacidad de camuflaje no termina ahí. Tradicionalmente se creía que el parásito vive únicamente en aquellas células de nuestras defensas. Hoy sabemos que es capaz de atacar a las células grasas (adipocitos) o a las células de la piel (fibroblastos). Estos lugares actúan como verdaderos “búnkeres” donde la droga no puede penetrar en cantidades suficientes, permitiendo al parásito vivir escondido durante años.

Tácticas de “hacerse el muerto”

Aunque probablemente lo más fascinante que explica por qué los tratamientos fracasan es la existencia de parásitos “dormidos”.

La mayoría de los antibióticos y medicamentos están diseñados para destruir las células que están activas y en reproducción. Leishmania lo sabe. Por esta razón, algunos parásitos entran en un estado de hibernación profunda: detienen casi por completo su metabolismo y simplemente esperan. Como no están activos, la quimioterapia los elimina sin causar daño. Cuando el paciente finaliza el tratamiento, estos parásitos se despiertan y atacan de nuevo, provocando aterradoras recaídas.

Estrategia “Una Salud”.

Comprender todo esto cambia por completo las reglas del juego. Ya no basta con matar un parásito en una placa de laboratorio: necesitamos estrategias mucho más sofisticadas.

Una de las claves del futuro es la estrategia Una Salud, que entiende que la salud humana, animal y de los ecosistemas están conectadas. En lugares como el sur de Europa, los perros son el principal reservorio doméstico de la enfermedad. Desarrollar vacunas veterinarias que no sólo protejan al perro, sino que también bloqueen la capacidad del parásito para reproducirse en el insecto que lo pica, es esencial para cortar de raíz la transmisión de la infección a los humanos.

Armas del futuro: nanotecnología y calor

En el caso de los humanos, la ciencia diseña nuevas armas. Si el parásito se esconde en depósitos de grasa, la solución es la nanomedicina. Es decir, implica la creación de nanopartículas microscópicas que actúan como misiles guiados, capaces de llevar el fármaco directamente al lugar donde se esconde el parásito.

Se están probando sorprendentes fisioterapias para las formas cutáneas de la enfermedad. Debido a que la Leishmania es muy sensible a los cambios de temperatura, el uso controlado de calor o frío extremo sobre las úlceras consigue una curación espectacular sin necesidad de someter al paciente a fármacos tóxicos.

La Leishmania ha demostrado ser una superviviente, capaz de manipular insectos, perros y nuestro sistema inmunológico. Sin embargo, cuando sus trucos de magia finalmente quedan expuestos, la ciencia está lista para arrinconarlo. El camino hacia la curación definitiva pasa inevitablemente por conocer a nuestro enemigo mejor que él mismo.


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