El llamado “modelo Bukele” -en referencia a Nayib Bukele, presidente de El Salvador desde 2019, que se ha convertido en un referente para los políticos de línea dura- representa uno de los fenómenos criminales recientes más discutidos a nivel global. Sus resultados en la reducción de la violencia son generalizados, aunque, al mismo tiempo, ha recibido duras críticas por sus implicaciones en términos de derechos humanos y garantías democráticas.
El modelo genera así intensas adhesiones y rechazos, lo que hace que el debate permanezca en esa dicotomía más de lo deseable. Quienes lo apoyan suelen aceptar sus peligrosos excesos; Quienes lo rechazan a menudo evitan la delicada pregunta: ¿qué alternativa se ofrece a quienes han vivido durante décadas bajo una violencia que el Estado no sabe cómo frenar?
Antes de Bukele: violencia y fracaso institucional
Durante décadas, El Salvador ha experimentado niveles altísimos de violencia, lo que lo ubica entre los países con las tasas de homicidio más altas del mundo. Esta violencia -continua y estructural- estuvo vinculada al control del territorio por parte de pandillas (maras), conocidas internacionalmente por el uso de tatuajes visibles en la cara, así como en otras partes del cuerpo.
Las pandillas no sólo cometieron asesinatos, sino que impusieron un régimen de dominación basado en la extorsión, las amenazas y el miedo constante, condicionando la vida cotidiana de la población.
En El Salvador era (es) normal que mataran a amigos o familiares, vivieran en casas protegidas con concertinas, encontrarse con seguridad armada en la entrada de una farmacia o restaurante y, ocasionalmente, tener que pagar una suma de dinero a una pandilla del vecindario para poder vivir allí o tener un trabajo.
En este escenario, marcado también por altos niveles de pobreza y corrupción, las respuestas estatales previas a Bukele no lograron revertir el problema. A pesar de la alternancia política entre gobiernos de izquierda y derecha, las estrategias implementadas –incluidas operaciones policiales y militares intensivas– no lograron desarticular las estructuras criminales y, en muchos casos, generaron efectos negativos adicionales, como abusos y el deterioro de la confianza institucional.
Es en este contexto de violencia crónica y desgaste social donde se debe ubicar la estrategia impulsada por el Presidente de El Salvador.
Luces y sombras de la modelo.
A partir de 2019, y especialmente después del estado de emergencia de 2022 –que implicó una suspensión prolongada de las garantías constitucionales y una expansión extraordinaria del poder punitivo del Estado–, el Estado salvadoreño ha estado implementando una política de control criminal intensivo basada en detenciones masivas, encarcelamiento generalizado y un endurecimiento del sistema penal.
Retrato oficial de Najib Bukele (2019) Wikimedia Commons, CC BI
Esta política ha resultado en que El Salvador registre la tasa de encarcelamiento más alta del mundo, con cifras que superan los 1.600 presos por cada 100.000 habitantes. Por el tamaño de la cifra: Cuba, segunda en el ranking, tiene la mitad; España, unos 116.
Los resultados de la estrategia, sin embargo, fueron abrumadores, al menos en términos de seguridad. Las cifras oficiales indican una drástica disminución de los asesinatos, acompañada de una disminución de otros delitos, como la extorsión. Además, los indicadores de percepción de seguridad confirman este cambio: gran parte de la población afirma sentirse segura en su vida cotidiana, algo impensable en años anteriores.
Estos resultados ayudan a explicar por qué el modelo ha ganado un apoyo significativo en El Salvador, pero también fuera de él, especialmente en América Latina, donde algunos sectores de la población lo ven como una posible respuesta a la violencia en sus países.
Así, actores políticos de Costa Rica, Argentina, Chile o Guatemala ya han propuesto medidas inspiradas en él. Ahora, este apoyo convive con crecientes sectores de la población que cuestionan esta estrategia por sus costos en derechos y garantías.
En este sentido, Bukele y su modelo fueron objeto de duras críticas. Organizaciones y académicos han condenado las detenciones arbitrarias, el encarcelamiento de personas inocentes y las severas restricciones al debido proceso bajo el estado de emergencia. También se ha cuestionado la confiabilidad de las estadísticas oficiales, señalando cambios en los criterios para contabilizar los asesinatos que podrían sobreestimar la reducción de la violencia.
A esto se suman las preocupaciones sobre el importante deterioro institucional y democrático resultante de la concentración de poder y el “giro autoritario” de Bukele –que incluye la persecución y encarcelamiento de periodistas y activistas–, así como dudas sobre la sostenibilidad de una estrategia basada en el encarcelamiento masivo en un contexto de pobreza persistente.
Sobre todo o nada: el incómodo vacío de alternativas
La discusión del caso de El Salvador suele presentarse en una lógica de todo o nada: el modelo se acepta por los resultados de seguridad o se rechaza por los altos costos. Sin embargo, ambas posiciones son, en cierto modo, insuficientes.
El problema del primero es más visible: minimiza sus gravísimas implicaciones, explicadas anteriormente. El problema con la segunda -que muchas veces pasa desapercibida- es que evita una pregunta incómoda: no existen alternativas que hasta ahora hayan demostrado ser efectivas para reducir rápidamente los niveles extremos de violencia en países con las características de El Salvador y partes de la región latinoamericana.
Los enfoques preventivos -educación, reintegración, policía comunitaria…- cuentan con un amplio respaldo empírico, pero su implementación lleva tiempo y representa limitaciones importantes en escenarios donde las estructuras criminales ejercen un control consolidado sobre el territorio y la vida cotidiana, y donde cada día de espera se convierte en muerte.
Ignorar este problema, paradójicamente, contribuye a fortalecer el atractivo de modelos como el salvadoreño. Una parte relevante de su apoyo no se explica por su legitimidad, sino por la percepción de que es la única opción que ha producido resultados visibles. Reconocer esta realidad no equivale a legitimar el modelo; Ese es el punto de partida para combatirlo.
Una verdadera exigencia de mano dura
Desde un contexto alejado de la violencia, es más fácil rechazar estrategias ilegítimas, porque ello no significa seguir viviendo amenazados. Pero para quienes soportan esta realidad todos los días, la urgencia reduce drásticamente el margen de elección: la supervivencia hoy tiene prioridad sobre las garantías que deberían proteger mañana.
Entender esta lógica -sin confirmarla- es fundamental para entender por qué ciertos sectores de la población formulan demandas difíciles en estas situaciones y por qué líderes con propuestas extremas e ilegítimas logran una base de apoyo real.
En este sentido, si queremos evitar que el excepcionalismo penal se consolide como la única opción políticamente creíble, no basta con condenar sus costos: es necesario construir alternativas realistas y operativas que, además de ser normativamente deseables, también sean efectivas en el contexto de violencia estructural. De lo contrario, el riesgo es que se extienda a otros países, con costos democráticos inaceptables y sin garantía de resultados.
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