Un meme, una frase irónica, un vídeo de “solo intento hacer el chiste”: muchas veces el discurso de odio no entra en la vida de los adolescentes en forma de insulto evidente o amenaza directa. Circula envuelta en humor, provocación y contenidos virales aparentemente inofensivos. Cuando un mensaje discriminatorio se presenta como una broma, es más difícil de reconocer, más fácil de compartir y, en última instancia, encuentra menos resistencia.
En un estudio reciente con adolescentes, analizamos cómo perciben, interpretan y reaccionan a estos mensajes en la vida digital cotidiana.
Gráfico basado en nuestra investigación. Desarrollo propio.
En las redes sociales, gran parte de la comunicación juvenil es acelerada y utiliza códigos compartidos que mezclan exageración e ironía. En este marco, determinados mensajes pueden pasar desapercibidos o parecer menos graves. Los contenidos que se burlen de mujeres, inmigrantes, personas LGTBIK+ o minorías religiosas pueden difundirse como una simple broma. Sin embargo, el formato no borra el efecto: el mensaje sigue transmitiendo desprecio, reforzando los prejuicios y ayudando a que ciertas formas de exclusión parezcan normales.
¿Cómo normalizar un insulto?
Nuestra investigación muestra que esa normalización rara vez ocurre de una vez. Por lo general, prospera a través de formas de exposición cotidianas y repetidas: un meme, una broma, una ironía o un comentario viral. Se trata de formatos fáciles de compartir, rápidos de consumir y menos cuestionables socialmente que la agresión abierta. Es por ello que pueden resultar eficaces para trivializar el daño y reducir la percepción de gravedad. Ésta fue una de las ideas que más se repitió en los grupos de discusión: el odio no siempre se reconoce cuando adopta una forma ligera o humorística.
Para comprender cómo se produce esta normalización, vale la pena observar tres elementos que se refuerzan mutuamente: algoritmos, presión de grupo y repetición. Cada uno de ellos tiene una función diferente, pero juntos crean un entorno en el que el discurso de odio puede circular más fácilmente y arraigarse en la vida diaria de los adolescentes.

Diagrama realizado en base a los resultados de nuestra investigación. Desarrollo propio. Algoritmos: árbitros de la visibilidad
Los algoritmos son fundamentales para el problema porque organizan lo que vemos y determinan qué contenido se vuelve visible. Las plataformas tienden a mostrar qué provoca una reacción y los mensajes provocativos funcionan bien en esa lógica. No es necesario que una plataforma promueva contenido de odio para que se difunda. Basta con recompensar la interacción.
Si un vídeo ofensivo provoca comentarios, risas, indignación o se vuelve a publicar, tendrá más posibilidades de seguir apareciendo. Según la UNESCO, en la actual economía de la atención, el discurso de odio encuentra un terreno favorable porque genera respuestas rápidas y ofrece un sentido de pertenencia.
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Los adolescentes y la búsqueda de pertenencia
Este mecanismo es particularmente importante en la adolescencia, etapa en la que las redes son parte de la construcción de identidad y el reconocimiento entre pares. Lo que aparece en el feed ya no se percibe como algo excepcional y comienza a integrarse en el paisaje cotidiano. Por tanto, cuando los mensajes discriminatorios se mezclan con memes y chistes comunes, su presencia constante puede evitar que parezcan problemáticos y empiecen a considerarse una forma normal de hablar y relacionarse en Internet.
A esta dinámica se suma la presión de los pares, que en esta etapa tiene un peso enorme. Compartir lo que todos comparten, reírse de lo que todos se ríen o repetir un eslogan en el grupo puede ser una manera de encajar. En nuestros grupos esta lógica era clara: muchas veces no había una adhesión manifiesta al contenido, pero sí una aceptación práctica que facilitaba su circulación. El problema es que este gesto contribuye a dar visibilidad y legitimidad al mensaje, aunque la presión de los pares no siempre se manifiesta abiertamente.
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Repetición y desgaste de la sensibilidad.
La repetición completa ese proceso. Lo que se repite mucho acaba perdiendo su capacidad de sorprender, y lo que ya no sorprende se percibe como menos grave. Un mensaje aislado puede provocar rechazo, pero un mensaje que aparece una y otra vez acaba desgastando la sensibilidad. Y una mayor exposición a contenidos riesgosos en línea se asocia con una mayor aceptación del ciberacoso.

Gráfico creado con datos del estudio. Desarrollo propio. Promoción del discurso de odio
Al ver cuántas formas de violencia en línea se trivializan entre los adolescentes cuando aparecen envueltas en humor o códigos compartidos en las redes, podemos entender por qué el discurso de odio prospera sin una representación abierta. A veces no viene con amenazas, sino con memes, ironías y chistes que parecen desenfadados, pero que repiten la misma idea: hay grupos que merecen ser ridiculizados o puestos en una posición inferior.
Pero las consecuencias de esta normalización son reales. UNICEF España recuerda que formas de violencia online, como el ciberbullying, pueden tener consecuencias psicológicas profundas y duraderas y provocar ansiedad y depresión. En este sentido, el Ministerio de Igualdad advierte de que la violencia digital afecta especialmente a mujeres y menores y requiere una respuesta integral, educativa y tecnológica.
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Medios y educación digital
La respuesta no puede limitarse a la prohibición o al castigo. Se necesita educación mediática y digital para que los adolescentes comprendan por qué les aparece el contenido, qué emociones intenta activar y qué visión del mundo transmite.
Si se refuerzan los algoritmos, los grupos confirman y se normaliza la repetición, la mejor defensa es aprender a mirar críticamente y poner un nombre a lo que está sucediendo.
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