Las organizaciones de migrantes y los grupos feministas han promovido una regulación extraordinaria de los migrantes como una medida histórica de justicia social. Además del acceso a permisos de residencia y trabajo, la iniciativa representa para muchos la posibilidad de salir de la invisibilidad administrativa y ejercer derechos básicos en condiciones de mayor seguridad.
Además, para las organizaciones feministas, esta regularización tiene una dimensión específica de justicia de género. Las mujeres migrantes se concentran en sectores particularmente precarios, como el empleo doméstico y los cuidados. Según el informe Trabajo invisible y cuerpos rotos, este sector emplea en España a unas 565.000 personas, de las cuales el 87% son mujeres y alrededor del 32% trabajan en la economía informal.
En este contexto, la falta de documentación aumenta la dependencia económica, la exposición a abusos y las dificultades para acceder a la protección social.
Sin embargo, cuando faltan apenas unas semanas para que se cierre el proceso de regularización el 30 de junio, algunos datos nos llevan a cuestionarnos quién está obteniendo acceso y quién corre el riesgo de quedar fuera. La Asociación Mujeres Pa’lante, entidad de referencia de apoyo a las mujeres inmigrantes en Barcelona y L’Hospitalet, ha prestado hasta la fecha 6.185 servicios relacionados con el proceso. De las personas atendidas, sólo el 18,7% son mujeres y sólo 70 son trabajadores domésticos, cifra equivalente a cerca del 1% del total de servicios.
Aunque estos datos son provisionales, cobran especial relevancia porque provienen de una entidad especializada en el seguimiento de mujeres inmigrantes. Según los expertos de la asociación, estas cifras no reflejan el desinterés de las mujeres, especialmente de las trabajadoras internas, sino la existencia de barreras específicas que les dificultan el acceso al proceso.
Falta de recursos para viajar y obtener información.
Los trabajadores internos representan uno de los colectivos más invisibles del mercado laboral español. Viven con el empleador, tienen poco tiempo libre y, en muchos casos, no cuentan con recursos propios para obtener información, viajar o realizar trámites administrativos. Su aislamiento dificulta el acceso a los recursos comunitarios, los servicios públicos y las redes de apoyo.
Las investigaciones sobre migración y cuidados durante décadas han demostrado cómo las mujeres migrantes ocupan un lugar central en las llamadas cadenas globales de cuidados. En España una parte importante del cuidado de personas mayores y dependientes descansa en su trabajo. Sin embargo, los trabajadores internos todavía enfrentan condiciones laborales caracterizadas por la inseguridad, la dependencia y el reconocimiento social limitado.
La situación es especialmente paradójica porque España ha avanzado en el reconocimiento de los derechos de las trabajadoras del hogar mediante la ratificación del Convenio 189 de la OIT, vigente desde 2024. Este instrumento reconoce su derecho a condiciones de trabajo dignas, protección contra abusos y acceso efectivo a derechos laborales y sociales.
La experiencia de los trabajadores internos muestra, sin embargo, que el reconocimiento formal de los derechos no siempre se traduce en oportunidades reales para su realización. Tener derecho a regular no significa necesariamente tener la capacidad de hacerlo. Cuando una persona depende del domicilio del empleador para vivir, sólo tiene un día libre a la semana o tiene dificultades con el registro y el viaje, cada trámite administrativo se convierte en un desafío adicional.
Adapta los mecanismos a tus condiciones de vida.
Aquí surge una paradoja que merece atención. Una medida diseñada para reducir la vulnerabilidad puede dejar fuera precisamente a quienes se encuentran en situaciones más vulnerables si no incluye una perspectiva interseccional y mecanismos adaptados a sus condiciones de vida.
Por tanto, no se trata sólo de cuántas personas conseguirán regular su situación. También debemos preguntarnos quiénes quedan fuera y qué obstáculos limitan su acceso.
Si queremos que la normativa tenga un impacto real en términos de igualdad y justicia de género, es necesario que la administración tome medidas urgentes. No basta con publicar información en sitios web o difundir campañas generales. Es necesario implementar estrategias que puedan llegar a los trabajadores internos donde estén.
Esto incluye fortalecer la colaboración con entidades comunitarias, proporcionar instalaciones de cuidado de fin de semana, brindar apoyo en persona y desarrollar campañas que también se dirijan a los hogares de los empleadores. En definitiva, significa reconocer que no todas las personas parten de las mismas condiciones en el ejercicio de sus derechos.
Las cifras de Mujeres Pa’lanta son una señal de alerta. Cuando un grupo relevante como los trabajadores internos apenas está presente en el proceso, cabe preguntarse si el problema está en las personas o en los obstáculos que dificultan el acceso a sus derechos.
La regularización extraordinaria representa una oportunidad histórica para avanzar hacia una sociedad más inclusiva. Pero si estas mujeres continúan enfrentando barreras para acceder a la medida, corremos el riesgo de seguir dejando atrás a quienes se preocupan por nosotras.
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