Cuando la Unión Europea aprobó el Fondo de Próxima Generación de la UE (NGEU) en 2020, muchos lo interpretaron como una respuesta extraordinaria a la crisis provocada por la pandemia. Sin embargo, su alcance fue mucho más allá de la política de emergencia. En realidad, el NGEU representa el mayor experimento de política industrial coordinada en Europa en las últimas décadas, con el objetivo de transformar las economías nacionales en el largo plazo.
Su objetivo no es sólo recuperar lo perdido, sino redefinir el modelo productivo europeo, priorizando la transición ecológica, la digitalización y la autonomía estratégica. España se ha convertido en uno de los principales laboratorios de esta nueva estrategia, como demuestra nuestro reciente estudio, publicado en la revista Structural Change and Economic Dynamics.
De la recuperación a la transformación productiva
España está canalizando fondos del NGEU a través del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Su diseño deja claro que no se trata de un consumo rápido, sino de dirigir las inversiones hacia sectores que se consideran claves para la competitividad futura.
Una parte importante de los fondos está dirigida a la industria, con especial énfasis en la energía, la movilidad sostenible, la digitalización de los procesos productivos y la reducción de emisiones. A diferencia de crisis anteriores, en las que la política económica apuntaba principalmente a estimular la demanda, el enfoque actual tiende a mejorar la estructura productiva.
Los sectores relacionados con la energía concentran una proporción muy elevada de fondos. Actividades como el hidrógeno verde, las fuentes de energía renovables, la electrificación del transporte o la descarbonización industrial absorben una parte importante de los recursos movilizados. Este patrón no es casual: la transición energética se ha convertido en uno de los ejes centrales de la nueva política industrial europea, tanto por razones climáticas como por su impacto en la competitividad y la seguridad económica.
En este contexto destacan los Proyectos Estratégicos para la Recuperación y Transformación Económica (PERTE), grandes iniciativas que reúnen a empresas, administraciones públicas y centros tecnológicos en torno a objetivos concretos. Proyectos relacionados con vehículos eléctricos, hidrógeno renovable o semiconductores buscan acelerar cambios estructurales en sectores estratégicos.
La lógica básica de estos proyectos es clara: el Estado deja de limitarse a corregir fallas del mercado y comienza a dirigir las inversiones hacia objetivos específicos, como la descarbonización o la autonomía tecnológica.
Distribución territorial desigual
Nuestro estudio muestra que la ejecución de los fondos del NGEU no es homogénea entre comunidades autónomas. Algunas regiones han logrado lanzar convocatorias y resolver proyectos más rápidamente, mientras que otras muestran retrasos constantes entre los fondos anunciados y los realmente realizados.
Comunidades como Aragón, Castilla-La Mancha o el País Vasco tienen tasas de resolución claramente superiores a la media. Como ejemplo, en Aragón destacan la gigafábrica de baterías Stellantis, el proyecto de amoníaco verde Armonia Green para fertilizantes y la planta Calvera Hydrogen para infraestructuras de hidrógeno. En Castilla-La Mancha destacan iniciativas como las líneas de cargadores eléctricos de Mahle, un gran hub de hidrógeno para fertilizantes y sistemas de hidrógeno para aviones solares desarrollados por Skidweller. En el País Vasco, la reorientación industrial se apoya en proyectos como la electrificación total de la fábrica de Mercedes-Benz, la fábrica de baterías sólidas de Basquevolt y los grandes electrolizadores de hidrógeno verde y e-combustibles.
Por otro lado, Cataluña, a pesar de la concentración de uno de los mayores volúmenes absolutos de fondos asignados, tiene tasas de ejecución significativamente más bajas. Este resultado no responde a la ausencia de proyectos estratégicos -como la electrificación de la plataforma industrial de SEAT, la planta de refinado de metales para baterías de BASF o los proyectos de hidrógeno industrial y eólica marina flotante vinculados al clúster PLEMCAT-, sino que puede deberse a la mayor complejidad administrativa derivada del gran número de iniciativas y a una mayor fragmentación del proyecto de negocio y desarrollo. Los procesos de ejecución son más largos.
Estas diferencias sugieren que la capacidad de ejecutar fondos depende no sólo del volumen asignado o de la estructura productiva existente, sino también del tipo de proyectos impulsados, su grado de madurez y la capacidad administrativa para gestionarlos.
Distribución regional y tasas de desembolso de los fondos de la UE de próxima generación (en millones de euros) Fuente: estudio propio Desigualdad entre empresas
Algo similar ocurre a nivel empresarial. Aunque las PYME tienen un alto nivel de participación, los proyectos de mayor escala económica se concentran en empresas grandes y con uso intensivo de capital (que requieren inversiones muy cuantiosas en maquinaria, fábricas e infraestructura), especialmente en los sectores energéticos. Si bien la industria manufacturera reúne a la mayoría de las empresas beneficiarias, actividades como el suministro de electricidad y energía, con un número reducido de empresas, concentran una parte muy significativa del volumen total de las ayudas.

Distribución de los fondos de la UE de próxima generación en España por tipo de beneficiario. Fuente: elaboración propia
Territorialmente, Madrid destaca por concentrar una proporción muy elevada del importe total asignado pese a no ser la comunidad con mayor número de beneficiarios. Por otro lado, regiones como Cataluña o la Comunidad Valenciana tienen importes medios por empresa significativamente más bajos, lo que puede reflejar una base productiva más fragmentada.
Política contracíclica
Estos fondos europeos no se dirigen exclusivamente a las empresas más rentables. En muchos casos, los fondos han ido a parar a empresas que han sufrido un mayor deterioro financiero durante la pandemia. Esto revela una clara lógica contracíclica: mantener la inversión y evitar que la crisis ralentice los procesos de modernización necesarios para el futuro.
Además, los primeros datos indican mejoras posteriores en indicadores como la productividad, la rentabilidad y el tamaño de las empresas. Esto sugiere que los fondos fortalecen la capacidad productiva de parte del tejido industrial. Sin embargo, la transformación estructural no es automática. Depende de los proyectos que generen aprendizajes, cadenas productivas y efectos, así como de si las administraciones serán capaces de evaluar los resultados y corregir desviaciones.
¿Qué es lo preocupante ahora?
La experiencia acumulada apunta a una conclusión clara: el éxito de los fondos NGEU no depende sólo del volumen de recursos movilizados, sino de cómo se gestionan y según qué criterios se asignan. En otras palabras: si el volumen de recursos es importante, la forma en que se gestionan es decisiva.
Desde una perspectiva de política pública, el desafío es doble:
Fortalecer la capacidad administrativa (con recursos humanos suficientes, personal calificado y sistemas de información eficientes), especialmente en aquellas comunidades con mayores dificultades para diseñar, gestionar y ejecutar proyectos complejos. Sin este refuerzo, persiste el riesgo de que se produzcan obstáculos en el pleno uso de los fondos y de que se profundicen las desigualdades territoriales.
Mejorar el acceso de las pymes a las zonas más estratégicas no sólo por el número de proyectos, sino también por su alcance y calidad. Esto requiere simplificación de procedimientos, apoyo a la cooperación empresarial y fortalecimiento de los mecanismos de apoyo técnico.
Reforzar la política industrial española
Una política industrial orientada a objetivos sólo será sostenible si incluye evaluación, aprendizaje y corrección. Los fondos NGEU ofrecen una oportunidad histórica para modernizar la economía española, pero su legado dependerá de la creación de capacidad productiva permanente y no se limitará a la expansión temporal de la inversión.
Habrá que ver si España, con estos recursos, es capaz de articular una política industrial de largo plazo, que permita construir una industria más competitiva, sostenible y territorialmente equilibrada, en un contexto geopolítico y geoeconómico cada vez más complejo e incierto.
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