Gobernando entre ruinas: Ausencia de legitimidad y negociaciones de tutela en Venezuela

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Los terremotos del 24 de junio dejaron a Venezuela, según el último recuento oficial, con 5.119 muertos, 16.740 heridos y 17.907 personas sin hogar, con 21.470 desplazados en campamentos temporales.

El desastre puso de manifiesto la incapacidad de las instituciones estatales para garantizar la gobernanza y la necesidad -ya no teórica, sino urgente- de un gobierno legítimo, capaz de restaurar las instituciones democráticas y cambiar las reglas del juego hacia garantías estables y creíbles.

Es una reconstrucción real la que espera: ese edificio es sólo uno de sus síntomas más dramáticos y visibles.

Estado de custodia

Venezuela enfrenta la peor emergencia humanitaria de su historia reciente, dirigida por un ejecutivo cuyo reloj constitucional ya se agotó y respaldado por la tutela de Washington más que por un pacto interno verificable.

Delsy Rodríguez se encuentra en la presidencia desde la detención de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, tras la intervención estadounidense en territorio de Venezuela. El mandato interino, que la Constitución de Venezuela preveía como un puente de 180 días hasta las elecciones, expiró sin convocar elecciones y sin un pronunciamiento de las autoridades venezolanas o estadounidenses.

La literatura sobre desastres y política ofrece precedentes elocuentes: el terremoto de Managua (Nicaragua) de 1972 erosionó irreversiblemente al somocismo, y el terremoto de Ciudad de México de 1985 abrió grietas permanentes en la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Los desastres no sólo destruyen la infraestructura: auditan a los estados. Y la auditoría venezolana muestra un doble déficit: capacidad y falta de derecho legítimo a gobernar.

Agitación el 14 de julio

En este contexto, en pocas horas se produjo el movimiento político más significativo desde enero. La Asamblea Nacional de 2015 –reconocida por Washington como la última legislatura que surgió de elecciones competitivas– y la Asamblea controlada por el chavismo acaban de anunciar el inicio de una agenda conjunta el 1 de agosto para avanzar en la reinstitucionalización democrática del país.

Según Dinora Figueroa, líder opositora y presidenta de la IV Legislatura (2016) de la Asamblea Nacional de Venezuela quien acaba de regresar del exilio, la mesa estará integrada por 20 representantes (diez por cada partido) y abordará la reforma del Consejo Nacional Electoral (CNE), la revisión de las leyes electorales y la independencia de la Corte Suprema de Justicia (SJC). Lo que revela no es sólo el anuncio, sino la secuencia:

“No tenemos el sentido común de preocuparnos por el TSJ ahora, nos preocupamos por la gente que ha sufrido indeciblemente (…) Es una falta de respeto, es de mala educación reunirse entre políticos para decidir quién va al CNE o quién va al TSJ”.

Tres días después, el 14 de julio, anunció exactamente lo que había negado anteriormente. Tan pronto como la Asamblea de 2015 emitió su comunicado, el Secretario de Estado Marco Rubio lo retuiteó desde la cuenta oficial del Departamento de Estado, seguido de un comunicado del órgano parlamentario presidido por el propio Rodríguez.

El mismo día, Michael Kozak, subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, presentó el anuncio ante el Congreso de Estados Unidos como un avance en el proceso. La coreografía es inequívoca: las líneas estratégicas del proceso venezolano no se deciden en Caracas sino en Washington.

¿Transición o contención?

La pregunta clave es si esta mesa representa el primer paso operativo de la fase política (transición) del plan Trump-Rubio o es simplemente un dispositivo de contención que permite a Washington reducir la presión electoral y administrar el tiempo. La evidencia puede apoyar ambas lecturas.

Un punto a favor de dar el primer paso hacia la transición es que los terremotos no iniciaron las negociaciones. Figuera regresó del exilio el 18 de junio, por invitación expresa del Departamento de Estado estadounidense, y se preparó una mesa común para ese mismo día. Los terremotos detuvieron el proceso, pero el anuncio del 14 de julio lo reinició.

El desastre proporcionó un marco discursivo (“unidad nacional”) que le permite a Rodríguez retroceder sin admitir que está retrocediendo. Al mismo tiempo, demuestra la incapacidad del Estado para gestionar un estado de emergencia y aumenta los costos de mantener el status quo para el gobierno estadounidense.

Varios factores apoyan el hecho de que se está ganando tiempo: que el propio Kozak afirmó que Washington no quiere elecciones “ni demasiado pronto ni demasiado lejos”, que casi el 40 por ciento de los votantes no están registrados y que no es apropiado votar en medio de un terremoto. La segunda, relativa a María Corina Machado, es que si bien Estados Unidos “no se opone” a su regreso, no lo facilitará mientras dure el estado de emergencia.

Conviene hacer una advertencia: las supuestas condiciones técnicas son realistas, pero la búsqueda de elecciones perfectas (borrón y cuenta nueva, el voto de toda la diáspora) puede convertirse en una excusa para elecciones inoportunas. Lo perfecto es enemigo de lo bueno: las democracias no celebran elecciones perfectas antes de la transición, sino que construyen garantías a través de ellas.

¿Por qué la balanza se inclina hacia adelante?

Sin embargo, hay una frase del propio Kozak que encamina la balanza hacia el cambio:

“La gente no invertirá a largo plazo si no hay un gobierno democrático”.

Nadie invierte capital durante treinta años con la palabra de un gobierno controlado, ni con la garantía de una administración estadounidense que, por definición, es fugaz. La administración Trump puede apoyar a Delsey Rodríguez, pero no puede ser una garantía de última hora para las inversiones requeridas por la reconstrucción o la recuperación de la producción petrolera: sólo instituciones democráticas estables pueden ofrecer los compromisos creíbles que requiere el capital a largo plazo. La detención prolongada se vuelve económicamente insostenible para el proyecto de normalización patrocinado por el propio Washington.

Esfuerzos inútiles

Venezuela tiene su propio cementerio de diálogos fallidos (2014, Santo Domingo, Oslo, Barbados, México) que compartían un defecto estructural: ninguna parte externa podía imponer costos verificables por el incumplimiento. Esta vez Estados Unidos controla la arquitectura energética y financiera de la que depende el gobierno correspondiente. Ya lo ha demostrado obligando a dicho Gobierno a corregirlo públicamente 72 horas después del anuncio de que no habría diálogo.

Pero el conformismo externo no reemplaza la legitimidad interna, y ahí radica la debilidad del diseño de la mesa: la comisión presidida por Figueroa es parte de las negociaciones, no su órgano intermediario, y tendrá legitimidad sólo en la medida en que represente los intereses de la oposición mayoritaria, encarnada por Machado y el mandato popular de 2024.

Las negociaciones que ignoran estos intereses no conducen a ninguna parte, como ya lo ha demostrado cada intento anterior de negociar con la oposición a la medida.

A lira aussi: ¿Es posible una transición democrática negociada en Venezuela?

no pierdas la esperanza

El propio calendario electoral estadounidense añade el último impulso para impulsar el cambio. Para la Casa Blanca, bajo la presión del senador Rick Scott frente a una comunidad venezolana en Florida que está “perdiendo la esperanza”, anunciar un acuerdo sobre la Corte Suprema, el Consejo Nacional Electoral y el calendario electoral de Venezuela antes de las elecciones intermedias de noviembre podría ser una herramienta política barata. La aritmética lo permite: una mesa fijada para el 1 de agosto puede producir un acuerdo que puede anunciarse en octubre.

La diferencia entre la transición y la normalización acordada no se medirá en declaraciones, sino en hitos comprobables: la inclusión de la oposición mayoritaria a la mesa, la liberación de más de 400 presos políticos reconocidos por el propio Kozak, el regreso efectivo de los exiliados y un cronograma con fechas.

Los terremotos del 24 de junio demostraron lo que ninguna teoría podría hacer mejor: sin instituciones legítimas, no hay gobernanza. Y sin gobernanza no hay estabilidad, recuperación ni reconstrucción. La tabla del 1 de agosto mostrará si Venezuela está en camino de recuperarse de ambos o si ha aprendido a gestionar su ausencia.


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