“Los estudiantes no prestan atención”, “usan ChatGPT para todo”… son comentarios y percepciones compartidas en el ámbito universitario. Pero ¿podemos transformar estas sensaciones en algo mensurable y, sobre todo, en herramientas útiles para el docente?
En nuestro reciente proyecto de formación docente (con 15 profesores de ingeniería, derecho, psicología, periodismo, enfermería y botánica), intentamos precisamente eso: practicar intervenciones mínimas pero efectivas para aumentar la atención en aulas saturadas digitalmente.
Estamos trabajando con ellos en pequeños cambios que ayuden a los estudiantes a aumentar la concentración y evitar interrupciones constantes de sus dispositivos, en torno a dos ejes: reducir la pantalla en momentos críticos y rediseñar la inteligencia artificial para activar el pensamiento crítico. Los resultados están pendientes de publicación, pero la experiencia de las pruebas ya está mostrando un alto nivel de adopción por parte de los docentes y cambios notables en el aula.
Esto es algo que también se está haciendo en otras universidades para recuperar una competencia hoy más frágil de lo que parece: el pensamiento profundo.
La atención como recurso transaccional
La economía de la atención “secuestra” nuestro tiempo mental con notificaciones constantes, recompensas instantáneas y contenido personalizado diseñado para atraer.
Optimizado para las interrupciones, el entorno digital lleva nuestras mentes en la dirección opuesta a nuestras necesidades cognitivas en la universidad: concentración sostenida, lectura profunda y tolerancia al esfuerzo.
En el aula, con una computadora portátil -o incluso un teléfono inteligente cerca, incluso si no está en uso- la atención puede verse afectada: la multitarea con la computadora perjudica el aprendizaje en clase, y la mera presencia del teléfono reduce parte de la capacidad cognitiva disponible. La distracción digital en educación no es anecdótica, sino estructural.
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Enfoque profundo y superficial
En la década de 1970, los investigadores suecos F. Marton y R. Saljo identificaron dos formas diferentes de abordar el aprendizaje:
Un enfoque en profundidad se caracteriza por buscar el significado personal del tema, conectando nuevas ideas con conocimientos previos y examinando la lógica interna de los argumentos.
El enfoque superficial se activa cuando el alumno percibe la tarea como una imposición externa y recurre a la memorización mecánica de datos aislados para cumplir con los requisitos mínimos. En el contexto actual, el enfoque profundo está sufriendo.
En un entorno de distracción crónica, muchos estudiantes dejan de tolerar interrupciones puntuales y comienzan a reconfigurar su forma habitual de aprender: de comprender, integrar y conectar pasan a “pegarse”, memorizar lo mínimo y desplazarse por la pantalla.
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Perfiles de riesgo
Esto no les pasa a todos los estudiantes por igual: si sólo miramos las medias, no veremos perfiles de riesgo: aquellos estudiantes que combinan estrategias de aprendizaje según la presión del momento y que no siempre son capaces de acceder a un enfoque profundo.
Podríamos decir que estos estudiantes aprenden en “modo supervivencia”, empujados a un aprendizaje rápido, eficiente y peligrosamente frágil. El deterioro no aparece “de repente” en el examen: aparece antes, en cosas muy concretas como la calidad de los apuntes y la elaboración de ideas durante la clase.
Trabajo de pantalla
La superficialidad aquí no es una falta de inteligencia, sino las condiciones para la elaboración: las ideas clave se pierden, se conectan menos conceptos y hay menos controles para la comprensión. No sólo hay más distracciones externas; también menos capacidad para resistirlo.
Este patrón se vuelve particularmente problemático en la lectura académica. Los metaanálisis sobre comprensión lectora han encontrado, en promedio, alguna ventaja del papel sobre la pantalla, porque la versión digital facilita la dispersión (interrupciones, navegación, lectura en modo escaneo) y hace más frecuente la sobreestimación de la comprensión, una peor calibración de lo que realmente se entiende.
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Intervenciones basadas en evidencia
¿Qué puede hacer la universidad ante este problema? La evidencia apunta a varias estrategias complementarias:
Estructurar el uso académico de los dispositivos: definir cuándo aportan valor (investigación, simulación, actividad guiada) y cuándo estorban (explicación, debate, lectura), con reglas claras en el aula.
Capacitación de aprendizaje autorregulado: aprenda (y practique) cómo planificar su estudio, mantener la atención y resistir las distracciones. Se puede integrar en cursos u ofrecer como talleres, y ya existen programas universitarios específicos con rutinas que se pueden entrenar y evaluar.
Mindfulness o entrenamiento de atención plena: Se consiguen mejoras en la memoria de trabajo y menos distracciones, lo que puede ayudarte a volver a centrarte cuando tu entorno te obliga a salir de él.
Fricción por diseño: pequeños obstáculos que hacen que sea menos automático distraerse y más fácil concentrarse en la tarea. Por ejemplo, pon tu teléfono móvil fuera de tu alcance, activa No Molestar y programa bloqueos temporales para evitar cambiar de tarjeta o de red durante 25 minutos.
Un paquete coherente, no acciones sueltas
No existe una fórmula mágica: la distracción digital varía según el contexto y lo que funciona suele ser un paquete coherente de diseño, tareas y cultura del aula, además de capacitación en habilidades. En la práctica, una intervención híbrida funciona mejor: reducir las distracciones en los momentos críticos, estructurar la tecnología cuando agrega valor y entrenar la atención/autorregulación para sostener el pensamiento profundo.
La economía de la atención no es derrotada por el cartel: se rige por el diseño y las habilidades que permiten al estudiante pensar detenidamente, leer profundamente y discutir con rigor.
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