No basta con reducir las emisiones: el cambio climático y las olas de calor requieren planes que protejan vidas

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Este verano el calor no es el habitual. Según AEMET, entre 1975 y 2025 se registraron 78 olas de calor en España, pero su evolución es la más relevante: entre 1975 y 1984, hubo una media de tres días al año en situación de ola de calor; Entre 2016 y 2025 la media fue de 22. Ahora son más frecuentes, afectan a más provincias, duran más días y son más intensas.

La pregunta desconcertante es: ¿están nuestros planes climáticos preparados para el clima que ya tenemos, o todavía están diseñados para el clima que dejamos atrás?

Mitigar y adaptar: las dos caras de la acción climática

Cuando hablamos de política climática, normalmente pensamos en reducir las emisiones para moderar el aumento de las temperaturas. Es necesario: cuanto más cálido esté el planeta, más frecuentes e intensas serán las olas de calor. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), el organismo científico de las Naciones Unidas encargado de evaluar el conocimiento disponible sobre el tema, concluye que muchos eventos extremos ya han aumentado debido a la influencia humana y seguirán haciéndolo con el aumento del calentamiento.

Pero la reducción de emisiones por sí sola no protege contra los impactos que ya están ocurriendo. También necesitamos adaptarnos: preparar ciudades, hospitales, viviendas, infraestructuras, agricultura, agua y protección social para un clima más extremo.

La mitigación evita que el problema empeore; El ajuste reduce el daño presente. Una política climática eficaz requiere ambas cosas.

¿Qué son las NDC y por qué son importantes?

Cada país presenta sus planes climáticos nacionales, conocidos como contribuciones determinadas a nivel nacional o NDC, a las Naciones Unidas. Se trata de obligaciones formuladas por los países en el marco del Acuerdo de París.

Las NDC nacieron centradas en la mitigación, es decir, en la reducción de emisiones, pero incluyen cada vez más la adaptación: cómo proteger a las poblaciones, las economías y los ecosistemas de los impactos climáticos. Muestran, en definitiva, cómo entiende el país la emergencia climática.

En un estudio reciente publicado en Nature Communications, analizamos 158 NDC disponibles de 195 países registrados en las Naciones Unidas. Utilizamos inteligencia artificial (IA) y validación humana para ver cómo vinculaban sus planes climáticos con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

En nuestro estudio, la IA no sustituye a la opinión de los expertos: ayuda en el análisis de documentos extensos, heterogéneos y difíciles de comparar. Las NDC de cada país utilizan diferentes lenguajes, prioridades y niveles de detalle, y la IA puede detectar patrones comunes, conexiones implícitas y ausencias relevantes.

Más de la mitad de los países analizados no mencionan explícitamente los ODS en sus planes climáticos, aunque aparecen muchas conexiones en el significado del texto. Analizar únicamente palabras clave puede ocultar relaciones importantes entre clima, salud, energía, agua, agricultura, biodiversidad o adaptación. El resultado es claro: los países no planifican la transición climática de la misma manera.

De hecho, la brecha es notable: apenas el 1% del texto de la NDC describe explícitamente cómo la acción climática y el desarrollo sostenible se refuerzan mutuamente. La mayoría de los países consideran que ambas agendas avanzan por separado, cuando en realidad son necesarias.

Un mundo que planifica de manera desigual

Los países de altos ingresos tienden a centrarse en la salud, la transición energética o la transformación industrial. Sin embargo, muchos países de ingresos bajos y medianos dan prioridad a necesidades más inmediatas: agua, alimentos, energía, agricultura, recursos naturales y biodiversidad.

No es que algunos entiendan el cambio climático mejor que otros; es que lo viven desde posiciones diferentes. Para algunos, la transición significa electrificación, eficiencia o innovación. Para otros, está más relacionado con las sequías, la inseguridad alimentaria y el acceso básico al agua y la energía.

Sin embargo, existe un punto ciego que comparten tanto ricos como pobres: la educación y la igualdad de género apenas figuran en los planes climáticos, independientemente del nivel de ingresos de un país. Es una ausencia preocupante, porque sin personal capacitado para pronosticar desastres y sin políticas que tengan en cuenta los diferentes impactos del cambio climático en hombres y mujeres, cualquier plan de adaptación fracasa.

La conclusión es clara: no existe una receta universal. Un buen plan climático debe basarse en la realidad de cada país, pero siempre integrando mitigación, adaptación y desarrollo sostenible.

El peligro de una política cerrada

Una de las ideas centrales de nuestro estudio es que las políticas climáticas pueden generar sinergias además de conflictos. Renovar viviendas, por ejemplo, puede reducir las emisiones, mejorar la salud y proteger contra el calor. Por otro lado, una infraestructura mal planificada puede dañar los ecosistemas, las comunidades locales o los recursos hídricos.

Por eso no basta con crear políticas aisladas. Las olas de calor demuestran bien esta interdependencia: no son sólo un fenómeno meteorológico, sino también un problema de salud, vivienda, urbanismo, energía, empleo y desigualdad. La OMS alerta de que el calor extremo aumenta la mortalidad y empeora los problemas cardiovasculares, respiratorios y renales, especialmente en ancianos, niños, mujeres embarazadas y personas con menos recursos.

Y la lira también: no todas las muertes por olas de calor se deben a las altas temperaturas: el efecto de la contaminación

En una ciudad con pocos árboles, mucho asfalto y casas mal aisladas, el calor no afecta a todos por igual. Por tanto, la adaptación al cambio climático es también una cuestión de justicia social.

Y, hablando de justicia social, deuda. Setenta y nueve países enfrentan dificultades de endeudamiento, sesenta de los cuales son vulnerables al clima. Los pagos de intereses dejan poco margen para invertir en resiliencia. Canjear deuda por naturaleza o cambio climático podría aliviar ambos problemas, pero siguen siendo la excepción.

Planifique el próximo clima

El tiempo es especialmente importante. Las NDC se revisan cada cinco años y una nueva ronda, prevista para 2030, debe guiar los compromisos climáticos hasta 2035. Lo que los países decidan ahora condicionará las emisiones, las infraestructuras, las inversiones y los modelos de desarrollo. Por tanto, las ambiciones climáticas no deben medirse sólo en toneladas de CO₂ evitadas, sino también en la capacidad de predecir riesgos, reducir la desigualdad y evitar nuevos problemas sociales, económicos o ambientales.

España necesita reducir emisiones, pero también adaptarse rápidamente a un clima más extremo, porque el calor no espera a que los planes sean perfectos y, probablemente, este será uno de los veranos más fríos que veremos en el resto de nuestras vidas.


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