“¡La vista desde el castillo es impresionante! El recorrido es muy agradable y, si te relajas, podrás disfrutar de cada detalle de la arquitectura y los jardines. Destacaría las vidrieras, que ofrecen un hermoso espectáculo de luces al atardecer.” (Juan)
“Fue increíble, tienes la sensación de que estás en un lugar con mucha historia. El guía describió todos los espacios y pudimos tocar algunas maquetas, relieves y materiales: la piedra fría de las paredes, la rugosidad de las piedras talladas y los cambios entre madera, metal y cerámica. De esa manera pudimos entender el uso de cada habitación y la forma en que se vivía allí”. (Letizia)
Las críticas anteriores se refieren a la visita de dos viajeros a un mismo monumento. Sin embargo, hay algo diferente en la perspectiva de quienes los escriben: Juan tiene 23 años y buenas habilidades visuales; Leticia, de edad similar, es ciega.
Las limitaciones a las que se enfrentan las personas con discapacidad visual son muy diversas, pero se pueden clasificar en dos grupos: ceguera total y baja visión.
Las personas ciegas son aquellas que no pueden percibir la información visual o tienen una percepción limitada de la luminancia (por ejemplo, distinguen entre zonas claras y oscuras sin percibir la forma de los objetos). Las personas con baja visión son aquellas que, incluso con la mejor corrección óptica posible, mantienen limitaciones que afectan a la agudeza, el contraste y la sensibilidad al color o al tamaño y sensibilidad del campo central o la visión periférica.
Turismo sin límites
Se podría pensar que estas limitaciones impiden disfrutar de experiencias turísticas centradas principalmente en la información visual. ¿Cómo podía Letizia percibir la belleza del juego de colores y volúmenes de la Sagrada Familia o el paisaje de la Alhambra y Sierra Nevada desde el Albaicín?
Sin embargo, nuestra experiencia y el recuerdo que tenemos de ella no está tan directamente relacionado con el sistema visual como pensamos, sino que se crea en el cerebro como una mezcla sensorial.
La ciencia cognitiva explica que nuestra memoria almacena no sólo imágenes visuales sino también representaciones que combinan y conectan múltiples sentidos. Así, cuando localizamos un objeto dentro de la bolsa, hacemos una imagen visual de lo que estamos tocando. Y cuando compramos un jersey online, podemos imaginar su textura antes de que llegue a nuestras manos.
La mayoría de las personas con discapacidad visual han visto en algún momento de sus vidas y aún pueden asociar cualquier información con su memoria visual. Además, incluso las personas ciegas de nacimiento pueden comprender el significado de los colores: entienden que una luz roja indica que no se puede cruzar y que una fruta verde probablemente no esté lista para comer.
Por tanto, la experiencia puede ser igual de rica –o incluso más– si se ofrece a través de información auditiva, táctil, olfativa y/o gustativa.
Barreras y oportunidades
El turismo accesible es aquel que fomenta la participación de personas con discapacidad en experiencias turísticas, eliminando barreras en el entorno, servicios y productos.
Para superar estas barreras se están poniendo en marcha diversas iniciativas. Una de ellas es la formación: entidades como la Fundación ONCE, la CRUE y la Real Comisión sobre Discapacidad publican manuales y estudios para que los futuros profesionales tengan una formación básica en accesibilidad universal.
Por su parte, ONU Turismo promueve políticas encaminadas a mejorar la accesibilidad de los destinos. Uno de los resultados es la norma UNE-ISO 21902, que define requisitos y recomendaciones para productos y servicios turísticos accesibles.
En España, el Real Decreto 193/2023, de 21 de marzo, regula las condiciones básicas de accesibilidad y no discriminación en el acceso y utilización de los bienes y servicios puestos a disposición del público, incluidos los servicios turísticos.
Para las personas con discapacidad visual, estas barreras surgen cuando no se tienen en cuenta sus necesidades. En turismo, se centran en cuatro áreas clave: ubicación (¿dónde está el lugar o instalación al que quiero llegar?), orientación (¿dónde estoy y cómo llego allí?), seguridad (¿es seguro moverme o tocar esa instalación?) y comunicación (¿cómo accedo a la información?).
Las barreras a la comunicación son particularmente relevantes en el caso de la discapacidad visual. Para facilitar el acceso a la información turística existen diversos sistemas y estrategias:
Señales táctiles y Braille: los cambios de textura, las marcas en las paredes o pasamanos y las señales en un teclado le ayudan a orientarse. Braille permite acceder al texto mediante el tacto.
Maquetas: Reproducciones de esculturas, piezas históricas o elementos arquitectónicos (por ejemplo, reproducciones de la Sagrada Familia) ayudan a comprender el espacio a través de la exploración táctil.
Audiodescripciones: Tanto las audioguías como las visitas guiadas deben partir de la organización general del espacio y avanzar hacia los detalles, siempre desde la perspectiva de una persona.
Tecnologías disponibles: las herramientas de asistencia, especialmente aquellas basadas en inteligencia artificial, pueden describir entornos. También hay aplicaciones como BeMiEies, que se conectan con voluntarios cuando se necesita apoyo humano.
Hacer que el turismo sea accesible no consiste sólo en eliminar barreras físicas, sino también en ampliar nuestra comprensión de la experiencia humana. Cuando un destino atrae otros sentidos, no sólo atrae a más personas, sino que también enriquece la forma en que todos percibimos, recordamos y habitamos el patrimonio cultural.
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