Cuando pensamos en la contaminación urbana, normalmente nos fijamos en el aire: humo de los coches, partículas en suspensión. Pero hay otra forma de contaminación muy cercana y casi invisible: la que se acumula en el polvo de las calles.
Ese polvo por el que caminamos todos los días no es sólo suciedad. Se trata de una mezcla compleja de finos residuos inorgánicos y orgánicos a los que se han adherido sustancias químicas procedentes del tráfico, las actividades urbanas y nuestros hábitos diarios. Como tal, puede ser una ruta importante de exposición a contaminantes para los humanos.
En un estudio reciente en el área metropolitana de Barcelona, analizamos el polvo urbano recogido en varias calles con diferente densidad de peatones y tráfico para entender qué contaminantes contiene y cómo se distribuyen en la ciudad. Los resultados muestran que la contaminación depende no sólo de cuánto emitimos, sino también de cómo se acumula y se mueve en el entorno urbano.
Puntos de recogida de polvo en Barcelona (1-14) y L’Hospitalet de Llobregat (15-19). Cada punto corresponde a un distrito diferente: 1) Antiga Escuerra de l’Eikample, 2) Diagonal Mar y Front Maritim del Poblenou, 3) Dreta de l’Eikample, 4) Maternitat y Sant Ramon, 5) Parque y Laguna de Poblenou, 6) Puerto de Laguna de Poblenou, 6) Laguna de Poblenou, Sec7, Pedralble8) Raval, 10) Sant Antoni, 11) Sants-Montjuic, 12) Sants-Badal, 13) Sarria, 14) Vall d’Hebron y 15) Villa de Gracia en Barcelona; 16) Colblanc, 17) Aviones, 18) Santa Eulalia, y 19) Torrassa en L’Hospitalet de Llobregat. Autores, CC BI-NC-SA Un cóctel de contaminantes bajo nuestros pies
En las muestras analizadas, recogidas por toda la ciudad, encontramos decenas de compuestos orgánicos diferentes. Entre ellos se descubrieron hidrocarburos procedentes de la combustión incompleta de materia orgánica, sustancias utilizadas como aditivos en plásticos, retardantes de llama, pesticidas e incluso nicotina.
Estas sustancias llegan a la tierra desde varias fuentes: los tubos de escape de los automóviles, el desgaste de neumáticos y frenos, las emisiones industriales o el uso de productos domésticos. Una vez allí, no desaparecen. Se acumulan en el polvo, donde pueden permanecer sin cambios durante un largo período.
Este polvo puede volver a inflarse con el viento, transportarse por el agua, pegarse a la piel o tragarse e inhalarse indirectamente. Por tanto, aunque no lo percibamos, forma parte de nuestra exposición diaria a la contaminación.
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No todo el tráfico
Puede parecer que las zonas con más coches son siempre las más contaminadas. En este sentido, se ha observado que en zonas con menor densidad de población y tráfico, determinados compuestos aparecen en menores concentraciones, como los ya mencionados hidrocarburos y los ftalatos utilizados en materiales plásticos. Sin embargo, los datos muestran que la realidad es más compleja.
Algunos de estos hidrocarburos son más frecuentes en áreas afectadas por vientos provenientes de puertos o aeropuertos. Otros aditivos plásticos, como los ftalatos, también mostraron niveles más bajos en lugares más expuestos a los vientos locales. Esto indica que la contaminación depende no sólo de dónde se emite, sino también de cómo se transporta y deposita en la ciudad.
Otro factor que incide en el movimiento de contaminantes es la circulación superficial del agua de lluvia, que se relaciona con el nivel de nicotina y facilita su llegada a los ecosistemas acuáticos, donde produce efectos tóxicos.
Así afecta el medio ambiente
Factores como el viento, la radiación solar o incluso la forma de la ciudad inciden en la presencia de contaminantes. Por ejemplo, la luz solar puede descomponer algunos compuestos, el viento puede dispersarlos o concentrarlos y la densidad urbana puede favorecer su acumulación en función de variables como la altura de los edificios o el número de carriles.
En nuestro trabajo, notamos que otros factores como la densidad de población del distrito o los peatones en el área muestreada también contribuyen a la presencia de aditivos plásticos como el bisfenol A.
Además, confirmamos que la limpieza viaria tiene un efecto mensurable. En las zonas donde se utiliza agua, algunos contaminantes aparecen en menores cantidades. Es decir, determinadas decisiones urbanísticas pueden reducir la exposición de la población. Otro ejemplo es el manejo de áreas verdes y el uso de pesticidas, que, sin embargo, no mostraron ninguna relación significativa en nuestro trabajo.

El diseño urbano de ciudades como Barcelona define la acumulación y dispersión de contaminantes en el polvo. Las calles expuestas al viento, en pendiente o expuestas a la luz solar generalmente presentan menores concentraciones de contaminantes. Carlos Velázquez Iglesias (cvilustrador@gmail.com / @carlosvelazkueziglesias (Instagram)) La contaminación se acumula
Uno de los resultados más relevantes es que la distribución de contaminantes no depende sólo de las emisiones actuales. En muchos casos, está condicionada por procesos de acumulación.
El polvo actúa como depósito. Las sustancias se sedimentan, se mezclan y pueden removilizarse con el tiempo. Esto significa que la contaminación urbana tiene una especie de memoria, lo que a su vez explica el alto nivel de aditivos plásticos detectados. Por tanto, reducir las emisiones y utilizar determinados materiales no contaminantes es fundamental, pero puede que no sea suficiente si no tenemos en cuenta cómo se comportan los contaminantes cuando llegan al suelo. Por ejemplo, la aparición de hidrocarburos, bisfenol A y el pesticida clorpirifos está asociada a la ausencia de vientos que resuspendan el polvo y la luz solar que favorece su degradación.
¿Qué significa todo esto para las ciudades?
Este enfoque tiene consecuencias importantes. Por un lado, pone de relieve una vía de exposición que muchas veces pasa desapercibida y es especialmente relevante para los niños o las personas más susceptibles a la contaminación, como las que tienen problemas de asma. Por otro lado, sugiere que las políticas de calidad ambiental deberían ir más allá de las emisiones de material particulado.
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La forma en que diseñamos y gestionamos el espacio urbano es importante. Medidas como mejorar la limpieza viaria, considerar la ventilación urbana, reducir el uso de químicos sintéticos y vehículos de motor, o diseñar espacios que reduzcan la acumulación de polvo pueden contribuir a reducir la exposición a contaminantes y el riesgo asociado para la salud humana.
En resumen, la contaminación urbana no está sólo en el aire que respiramos. También está en el suelo sobre el que caminamos todos los días, y comprender este componente invisible es clave para construir ciudades más saludables.
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