Corrupción, responsabilidad política y democracia: lo que cuestan los escándalos

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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En las últimas semanas, dos sentencias judiciales de la Audiencia Nacional han sacudido la actualidad política española. El juez José Luis Calama ordenó el registro del despacho del expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y de varios locales vinculados a empresas de su barrio, como parte de una investigación por indicios de tráfico de influencias y otros presuntos delitos.

Una semana después, el juez Santiago Pedraz ordenó un registro en la sede nacional del PSOE en el contexto de una investigación sobre la posible financiación por parte del partido de una operación de acoso y destrucción de pruebas para distorsionar las investigaciones en curso contra los dirigentes del partido.

Ninguno de estos hechos implica actualmente una culpabilidad establecida. Estas son indicaciones, no certezas. Pero su impacto en la opinión pública es inmediato, y sus consecuencias para la salud democrática merecen un análisis sereno, más aún cuando estas investigaciones se suman a otros casos en curso, como los que involucran a dos exsecretarios de organización del mismo partido, José Luis Ábalos y Santos Cerdán.

¿Confiamos en los políticos?

Esta acumulación de escándalos –reales, supuestos, confirmados o archivados– tiene consecuencias institucionales que los datos miden con precisión. Según el Eurobarómetro Estándar 104 de Otoño de 2025, el último disponible, sólo el 17% de los españoles confía en los partidos políticos, frente al 81% que afirmó no confiar en ellos. La confianza en el gobierno nacional ronda el 28-30%.

Estas cifras no son sólo un termómetro del estado de ánimo: tienen efectos concretos. Cuando los ciudadanos se dan cuenta de que las reglas del juego no se aplican por igual a todos, el incentivo para obedecerlas se debilita. Cuando los votantes creen que todos los partidos son igualmente corruptos, la votación se vuelve menos eficaz como mecanismo de rendición de cuentas. Y cuando las empresas se dan cuenta de que el acceso a los contratos públicos depende más de las conexiones que de la calidad de la oferta, la competencia real empeora: el Eurobarómetro flash sobre las empresas de 2025 muestra que el 75% de las empresas españolas han revelado un conflicto de intereses en las licitaciones públicas.

En democracias como Alemania, Escandinavia u Holanda, los políticos afectados por el escándalo, incluso cuando sólo están bajo investigación, sin condena alguna, o son superiores de los investigados, suelen dimitir de sus cargos públicos. No porque asuman culpabilidad alguna, sino por razones que los propios afectados suelen dejar claras: no quieren que las sospechas sobre su comportamiento personal contaminen la autoridad de la institución que representan ni socaven la confianza de los ciudadanos en ella.

La renuncia, en este contexto, no es una derrota sino un acto de servicio público. Es una expresión de que el cargo se ejerce en nombre de los ciudadanos y que, cuando ese ejercicio se ve comprometido por las circunstancias, lo correcto es hacerse a un lado para que la institución no sufra.

Esta cultura de responsabilidad política no es un lujo moral: tiene efectos mensurables sobre la confianza en las instituciones. Los países en los que trabaja habitualmente son precisamente aquellos que más confianza tienen en los partidos, gobiernos y parlamentos.

La relación causa-efecto no es sorprendente: cuando los ciudadanos ven que los políticos anteponen el interés institucional al suyo propio, la confianza se mantiene incluso en momentos de escándalo. Y si lo que ven es resistencia, negación y supervivencia a toda costa, la desconfianza se vuelve generalizada y difícil de revertir.

España ha tenido casos excepcionales de responsabilidad política voluntaria, pero no ha desarrollado una cultura sistemática en este sentido. El patrón dominante al abordar los escándalos ha sido la resistencia: aferrarse al cargo hasta que un proceso judicial formal lo impida, buscar un veredicto final como única condición de salida y tratar cualquier llamado a la renuncia como un ataque político.

El resultado está en los datos: niveles de confianza institucional entre los más bajos de la Unión Europea y una percepción de impunidad que se retroalimenta.

El caso de Estonia

La evidencia comparada ofrece, sin embargo, una perspectiva menos fatalista. Los países que han superado situaciones similares -Estonia es el ejemplo más reciente en el contexto europeo- lo han hecho combinando dos tipos de cambios: por un lado, reformas institucionales específicas en términos de profesionalización de la administración pública, transparencia, financiación de partidos y contratación pública; y, por otro lado, el desarrollo progresivo de una cultura política en la que la responsabilidad hacia los ciudadanos no se reduzca a la supervivencia entre elecciones.

Ambos elementos son necesarios: las reformas sin una cultura de responsabilidad pierden contenido; Una cultura sin reformas institucionales carece de los instrumentos para materializarse.

Los datos de las encuestas muestran que los españoles no aceptaron la corrupción como un mal inevitable. De hecho, lo rechazan con más intensidad que la media europea. Esta negativa, permanente y mayoritaria, es la principal ventaja que tiene la democracia española para salir de este círculo.

Lo que falta no es sensibilidad cívica. Lo que falta es traducir este rechazo en dos cosas al mismo tiempo: reformas institucionales que cambien los incentivos estructurales y una nueva cultura política en la que renunciar cuando las circunstancias lo requieran se vea como un signo de fortaleza democrática, no de debilidad personal.


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