Ya nadie habla del valor de la literatura. O, cuando lo hace, se confunde con otra cosa: precio, ventas, listas, premios, traducciones, número de seguidores. Es decir, el valor se mezcla con la circulación. ¿Pero es lo más visible lo más valioso?
Hoy la literatura circula en el mercado como cualquier otro producto: un libro compite con una serie, un podcast o un videojuego. Ya no organiza nuestra educación sentimental o cívica, como lo ha hecho desde el siglo XIX; Es otra pieza más en la economía de la atención. Y, como tal, sigue sus propias reglas. No los del campo de la cultura -como pensaba el sociólogo francés Pierre Bourdieu- sino los del mercado.
El valor es visibilidad
Durante décadas, el valor literario estuvo en manos de una élite: instituciones, academia, críticos, suplementos, premios. Ese ecosistema –nunca neutral, sino atravesado por lógicas mesocráticas, patriarcales y coloniales– dictaba lo que era valioso y lo que no lo era, lo que era “bueno” y lo que quedaba fuera. Su legitimidad se basaba en una noción relativamente estable de “valor estético”: uso del lenguaje, complejidad formal. Hoy ese régimen no ha desaparecido, pero ha perdido su monopolio.
La cultura digital ha introducido una lógica diferente: la de la visibilidad, la circulación y la recomendación distribuida. En plataformas como X, TikTok o Instagram, un libro puede convertirse en unos días en un fenómeno global. El caso de Breaking the Circle, de Colin Hoover, es elocuente: tras la atención de la comunidad #BookTok en TikTok, el texto no cambió, sí su circulación. Y con eso, su valor. O, mejor dicho, su visibilidad se convirtió en valor. Lo que importa ya no es sólo cómo está escrito el libro: importa quién lo empieza. Ignorar estos nuevos parámetros no es defender la literatura: es renunciar a comprenderla.
Un momento de los TikTok Book Awards durante la 77.ª Feria del Libro de Frankfurt en octubre de 2025. Markus Vissmann/Shutterstock
No podemos ignorar que el capital social, la juventud y lo nuevo han desplazado el valor estético en el capitalismo de plataforma. La escritura es menos importante que quién la firma. Un escritor ya no es sólo un autor: es una marca, es una historia, es un cuerpo. Se convierte en lo que podríamos llamar una “obra temática”: algo que se escribe tanto como se exhibe.
Pensemos en la importancia central de figuras como Mariana Enríquez, Sally Rooney u Oceana Vuong: su imagen, sus entrevistas, sus publicaciones son parte inseparable de la recepción de sus textos. La literatura entra así de lleno en la lógica del espectáculo -en la que siempre ha participado- pero ahora la celebridad se intensifica y se vuelve radicalmente contingente. La “Gran Promesa” de hace diez años está desapareciendo tan rápido como se hizo. En este contexto, el valor ya no se consolida: circula y se agota.
Leer más o mejor
Este desplazamiento no sólo afecta el presente: también coloniza el futuro. Parece que la literatura contemporánea está atravesando un proceso de festivalización, que sitúa la figura del autor en el centro. El valor se produce no sólo en el texto, sino en el conjunto de dispositivos que lo rodean: editoriales, ferias comerciales, entrevistas, redes sociales. Esto es lo que el escritor y filósofo italiano Franco “Biffo” Berardi llama “el futuro”: no leer valor, sino crearlo por adelantado.
Canon no se construye: se programa. Ya no se trata de reconocer el valor, sino de predecirlo. Listas, premios o festivales prescriben el canon, convierten la posibilidad en probabilidad y la probabilidad en mandato. De esta manera, no sólo importa lo que está escrito, sino lo que puede hacerse visible. El futuro de la literatura se produce en tiempo real.
Por otro lado, asistimos a una hiperproducción literaria sin precedentes: se publican más libros que nunca, todo el mundo quiere ser escritor y cada vez se lee menos literatura subversiva, en favor de formatos evasivos.
En este contexto, leer literatura de vanguardia se convirtió en un acto de resistencia. No porque sea una minoría, sino porque requiere algo que el capitalismo neoliberal desalienta: tiempo, atención, fricciones. Leer literatura no es sólo consumir historias, es aprender a percibirlas. Es revelar lo que no se dice, mantener la ambigüedad, desconfiar de lo obvio. En resumen, es una práctica crítica en un mundo que premia justo lo contrario.
Lo que importa es cómo leemos en una época en la que lo literario ya no se limita al libro, sino que se despliega en una cultura narrativa extendida –series, videojuegos, redes, oralidad– que consumimos incansablemente. Pero esta ampliación no simplifica la lectura: la hace más compleja, más inevitable. Por eso los espacios (aulas, librerías, bibliotecas) donde se examina esa cultura siguen siendo esenciales. Donde no sólo consumimos historias, sino que aprendemos a desmantelarlas: a comprender que la atmósfera puede ser una herramienta de poder, que la voz narrativa construye ideología, que ninguna historia es inocente.

Biblioteca del Museo Nacional de Arte Reina Sofía de Madrid. Fotokon/Shutterstock El futuro de la literatura
En un ecosistema saturado de historias rápidas y transparentes diseñadas para una identificación instantánea, la literatura introduce una anomalía: nos frena, nos ofusca y nos incomoda.
Y ahí radica su valor de utilidad. Frente al valor de cambio –ventas, métricas, atención– la literatura sigue siendo una tecnología de la conciencia: entrena la duda, desactiva automatismos, entrena otras formas de vida. No confirma quiénes somos: lo desarma. Por eso es importante. No como refugio, sino como herramienta. En un mundo regido por algoritmos que refuerzan nuestra seguridad, la literatura sigue siendo uno de los pocos dispositivos que pueden desprogramarnos.
Y tal vez ahí, en esa resistencia a volverse transparente, esté en juego hoy su poder más apremiante: abrir grietas en el sentido común. Para devolvernos la posibilidad de pensar y, con ello, la posibilidad de desobediencia.

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