Pregunta de Rodrigo Alonso Martín, 16 años, del IES José Martín Memoria, Motril (Granada).
Podríamos recurrir a las grandes preguntas de la ciencia, cuyas respuestas aún no tenemos del todo, como por ejemplo de dónde viene el universo, si existe o ha existido vida en otros planetas, qué es y qué caracteriza la materia oscura, cómo surgió la vida a partir de materia inerte o cómo revertir el calentamiento global.
Sin embargo, si nos quedamos con estas grandes preguntas, podríamos sentir que estamos ante algo inalcanzable y utópico, cuando la pregunta inicial es también una actividad científica sobre los desafíos y su equilibrio con la habilidad de quienes los resuelven.
El truco está en cómo plantear el problema.
Al igual que ocurre con un videojuego, si el desafío excede en gran medida las capacidades del jugador, este sentirá ansiedad o frustración. Por el contrario, si la habilidad supera el desafío, llega el aburrimiento. En ambos casos existe el riesgo de abandonar el juego, que sólo “se enciende” cuando el desafío y la habilidad están equilibrados. Esto es lo que se conoce como teoría del flujo, propuesta por el psicólogo Mihaly Csikszentmihalii.
Bueno, lo mismo sucede con las actividades científicas: tenemos que simplificar los problemas que intentamos resolver para equilibrar el desafío con nuestras habilidades. Así que el mayor desafío no son las grandes preguntas, sino cómo las abordamos y cómo abordamos la complejidad.
A veces conocemos información sobre un agujero negro lejano, pero nos resulta muy difícil entender qué le sucede a una molécula en una olla de agua hirviendo, porque tenemos que entender un proceso complejo y verlo como un todo con todas las variables que lo afectan.
Grandes revoluciones científicas
A finales del siglo XVIII y principios del XIX se produjo una gran revolución química con la superación de la teoría del flogisto -una teoría científica obsoleta basada en una sustancia hipotética que representa la inflamabilidad- en favor de la conservación de la masa y el concepto de elemento químico.
Asimismo, podemos identificar el inicio del siglo XX como la última gran revolución física, con la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica, o sus finales como la revolución del ADN y la biotecnología.
¿Y ahora? Todo indica que este siglo XXI ha inaugurado la era de la neurociencia y la inteligencia artificial, con nuevas preguntas: ¿cómo surge la conciencia? ¿Es posible lograr una inteligencia artificial general, como la inteligencia humana?
Tierra fertilizada para bromas.
Estas revoluciones pueden crear mucha incertidumbre entre los ciudadanos. No es fácil vivir inmerso en la complejidad y, en lugar de desmenuzar el problema y convertirlo en algo alcanzable (equilibrio desafío-habilidad), hay quienes se alejan y toman atajos rápidos y fáciles. Así, refuerzan las bromas que inundan nuestras redes sociales y conversaciones familiares.
Por ejemplo, observando que el suelo a mi alrededor es plano, puedo inferir que la Tierra es plana. La actividad científica consiste precisamente en plantearse el desafío: ¿cómo puedo probarlo -o desmentirlo-?
En este caso, quizás, se podría solucionar dando respuesta a un problema concreto, por ejemplo, ¿el barco que sale del puerto de Almería se hace cada vez más pequeño hasta que ningún teleobjetivo pueda verlo? Ahora viene el juego sencillo: ¿qué razonamiento puede explicar este y otros fenómenos relacionados?
juego de ciencia
Este juego de investigar y hacer ciencia “atrae” a mucha gente (investigadores, profesores, estudiantes), no tanto por los grandes descubrimientos que haremos, sino porque “la maravilla está en el proceso” – como afirma la investigadora Megan Powell Cuzolino.
Para lograrlo, a la hora de enseñar ciencia, quizás sea mejor no hacer spoilers ni empezar por el final de la película, sino vivir todo el proceso, con preguntas que contengan realidades cercanas para despertar el interés científico. Por ejemplo, si queremos estudiar las cualidades de la vida, podemos plantearnos preguntas como: ¿es un garbanzo un ser vivo? ¿Y es una rama recién cortada? ¿Cómo podemos comprobar esto? Afrontar también el reto de querer explorarlo y explicarlo.
De esta manera conocemos las reglas del juego para construir (y evaluar) el conocimiento científico. También es un antídoto para evitar que el creciente número de personas genere y difunda engaños que amenacen la salud de las personas, los ecosistemas y el planeta, así como los sistemas democráticos.

El Museo Interactivo del Parque de las Ciencias de Andalucía y su Unidad de Cultura Científica e Innovación colaboran en la sección The Conversation Junior.
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