El norte de África como frontera del mundo: secretos de lo ‘milagroso’ en el Magreb medieval

REDACCION USA TODAY ESPAÑOL
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Entre los siglos IX y XIII, los geógrafos del Imperio árabe-islámico describieron el norte de África como un territorio donde lo cotidiano convivía con lo inusual. Sus obras no versaban sólo sobre ciudades, montañas o rutas comerciales. También recogieron historias sobre aguas milagrosas, animales imposibles, cuevas misteriosas y paisajes cargados de simbolismo.

Lejos de ser simples supersticiones, estas historias tenían una función muy específica.

Magreb, un territorio situado en las fronteras

Durante la mayor parte de la Edad Media, el Magreb –el territorio que se extiende aproximadamente desde el actual Marruecos hasta Libia– ocupó una posición periférica dentro de Dar al-Islam, el mundo islámico. Desde la perspectiva de los geógrafos que escribían en Bagdad, Damasco o El Cairo, éste era el extremo occidental del Imperio, una región alejada de los principales centros políticos e intelectuales.

Mapa del Magreb según al-Istahri, alrededor del año 934. Bibliotheeck der Rijksuniversiteit/Wikimedia Commons

Esa condición límite marcó profundamente su imagen. Uno de los mejores ejemplos de imágenes marginales del Magreb se encuentra en el texto del siglo IX de Ibn ʿAbd al-Kakam, Futuh Ifrikiia wa-l-Andalus (“La conquista de Ifriqia y Al-Andalus”). En él se compara al imperio árabe-islámico con un pájaro: la cabeza serían La Meca, Medina y Yemen; cofre, Sham (actual Siria, Líbano, Jordania, Palestina) y Misr (Egipto); la derecha, Irak y las naciones más allá; el ala izquierda, Sind (aproximadamente, el actual Pakistán) y, detrás de ella, el hind (India, Pakistán y Bangladesh). El orden sería el Magreb.

El texto finaliza precisando que la cola es la peor parte del ave, lo que indica la poca importancia que se concedía a este territorio dentro del Imperio.

Sin embargo, casi 300 años después, a principios del siglo XIV, el Kitab mafahr al-barbar (“El Libro de las hazañas de los bereberes”) contiene un texto muy similar en el que el Mashriq -los actuales Irak, Siria, Líbano, Jordania, Palestina- será la cabeza del pájaro; Yemen, un ala; Sham, segunda ala; Irak, cofre; y el Magreb, ed. Pero, aclarad, es la cola de un pavo real; es decir, lo mejor de este animal.

Nos encontramos, por tanto, ante el Magreb, que dejó de ser una zona que las obras mencionan de pasada y que pasó a tener su propia historiografía y autores, encuadrados en el contexto árabe-islámico, que mueven este territorio y su población.

Este cambio coincide con el desarrollo de textos geográficos de autores del propio Occidente islámico. Gracias a ellos se empieza a describir el Magreb con mucho más detalle y se empiezan a incorporar tradiciones locales que hasta entonces apenas aparecían en los trabajos geográficos.

Cuando la geografía también contaba milagros

A diferencia de lo que hoy entendemos por textos geográficos o mapas, sus documentos no buscaban separar estrictamente los hechos comprobables de las creencias populares. El objetivo era recopilar todo el conocimiento disponible sobre el territorio.

Por ello, junto a descripciones de ciudades, montañas o ríos, encontramos historias transmitidas por comerciantes, viajeros y vecinos del lugar. Estas historias se denominaron ʿagaʾib, “milagros” y no necesariamente se consideraban falsas. Eran fenómenos que escapaban a la experiencia ordinaria y causaban asombro.

El cosmógrafo persa al-Qazwini, uno de los grandes estudiosos de este tipo de relatos en el siglo XIII, explicó que algo es maravilloso cuando el observador es incapaz de comprender la causa. Lo extraordinario, por tanto, no dependía sólo de la apariencia, sino también del conocimiento de quien lo percibe. Lo que hoy explicaríamos a través de la ciencia podría entonces interpretarse como una manifestación del orden creado por Dios.

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Un mapa del mundo habitado, tomado de la obra cosmográfica Aja’ib al-makhlukat wa-ghara’ib al-majudat (“Maravillas de las cosas creadas y aspectos maravillosos de las cosas existentes”), de Zakariyya al-Qazwini, en una copia del siglo XVI. Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU. Cueva, montaña y mar donde todo parecía posible

No todos los lugares eran igualmente adecuados para albergar estas historias. Los milagros se concentraron principalmente en zonas fronterizas: montañas, cuevas, islas, desiertos y costas.

Las montañas del Atlas aparecieron como un entorno donde podían esconderse serpientes gigantes o cuevas con cadáveres incorruptos convertidos en talismanes protectores. Algunos manantiales tenían propiedades curativas y ciertas piedras se utilizaban para aliviar enfermedades.

El mar fue otro gran escenario para el ocultismo. El Mediterráneo fue descrito como un lugar peligroso, habitado por criaturas monstruosas que amenazaban a los marineros. El Atlántico representó prácticamente el fin del mundo entonces conocido. Según algunos autores, sólo era posible navegar con seguridad cerca de la costa; Más allá de él se extendía un océano lleno de islas inexploradas, cuyo número sólo Dios conocía.

Llama la atención que muchas de estas historias aparecen precisamente en torno a ciudades, puertos y rutas comerciales. Lejos de aparecer en lugares completamente aislados, los milagros circularon allí donde se encontraban viajeros, comerciantes y peregrinos. Eran espacios privilegiados para el intercambio de noticias… y también de leyendas.

Mucho más que historias fantásticas

Se podría pensar que estas historias fueron sólo por diversión. Sin embargo, cumplían funciones mucho más complejas.

Algunos actuaron como advertencias. Manantiales venenosos, islas malditas o montañas llenas de criaturas peligrosas servían para indicar los riesgos de determinados lugares. Otros transmitieron conocimientos considerados útiles, como la existencia de aguas curativas o minerales con propiedades curativas.

Mapa medieval del norte del continente africano.

Mapa de al-Maghrib al-Aqsa y al-Maghrib al-Awsat (Magreb lejano y Magreb central) en la copia manuscrita más antigua que se conserva de la Tabula Rogeriana del cartógrafo y geógrafo Al-Idrisi. Gallica

Además, estas historias ayudaron a preservar un patrimonio oral que difícilmente habría llegado hasta nosotros de otra manera. Los geógrafos no se limitaron a cartografiar el territorio; También recogieron la memoria colectiva de quienes allí vivieron.

¿Qué nos dicen estas historias hoy?

Aunque hoy sabemos que estos dragones y monstruos marinos nunca existieron, las historias que los describen siguen siendo sumamente valiosas. No porque nos informen sobre la fauna del Mediterráneo medieval, sino porque nos permiten comprender cómo las sociedades pasadas interpretaban el mundo que las rodeaba.

Para los geógrafos medievales, un mapa no era sólo una representación física de un territorio. Era también una forma de ordenar lo desconocido. En este sentido, los milagros funcionaron como una herramienta para demarcar los márgenes del mundo y explicar lo que aún no tenía respuesta.

Quizás esa sea la mayor lección de estas historias. Nos recuerdan que la necesidad de diseñar lo que se ignora no ha desaparecido. Es sólo que las herramientas que utilizamos para intentar hacerlo han cambiado.

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