En economía solemos asumir una regla simple: cuando los precios de las materias primas (petróleo, gas, metales) aumentan, las monedas de los países que las exportan deberían fortalecerse. Tiene sentido. Si un país vende más por lo que produce, gana más divisas, su balanza comercial mejora y su moneda se aprecia.
Pero los acontecimientos de los últimos años han puesto patas arriba esta lógica. Una invasión rusa de Ucrania en 2022 o las tensiones actuales en el Golfo Pérsico han mostrado un patrón preocupante: los precios de las materias primas están aumentando, mientras que las monedas de muchos países productores no. A veces incluso se caen.
En un estudio reciente, intentamos entender por qué. Y la clave está en un factor que suele quedar en un segundo plano: el riesgo político.
Cuando la teoría deja de funcionar
Durante décadas, el vínculo entre las materias primas y las monedas pareció ser fuerte. Países como Canadá, Australia y Noruega vieron cómo sus monedas se fortalecieron cuando el petróleo o los metales subieron de precio. Fue casi un mecanismo automático: mejores términos de intercambio, mayores expectativas de crecimiento, más inversión.
Sin embargo, esa relación ya no es tan estable como parecía. El estudio muestra que, en tiempos de tensión geopolítica, la relación puede debilitarse o incluso revertirse. Esto es exactamente lo que ocurrió al comienzo de la guerra en Ucrania: el petróleo y los productos agrícolas subieron de precio, pero las monedas de varios países exportadores se depreciaron.
¿Por qué sucede algo tan contradictorio?
El riesgo político como interruptor invisible
La contribución central de nuestra investigación es clara: el riesgo político actúa como un interruptor que puede romper la relación tradicional entre materias primas y monedas.
La cuestión es que, cuando estalla un conflicto o aumenta la tensión internacional, suceden dos cosas a la vez. Por un lado, los precios de las materias primas están aumentando porque los mercados temen interrupciones en el suministro. Por otro lado, aumenta el miedo de los inversores, y con él la prima de riesgo (la rentabilidad adicional que requieren los inversores para comprar activos de riesgo, como divisas o deuda pública, de un país frente a otro que se considera más seguro).
Este miedo tiene consecuencias muy concretas porque, cuando se percibe una mayor probabilidad de crisis o eventos extremos, los inversores exigen mayor rentabilidad para asumir riesgos, y parte del capital huye hacia activos refugio como el dólar o los bonos estadounidenses.
El resultado es paradójico: incluso si un país exportador gana más con sus recursos naturales, su moneda puede debilitarse si el entorno político se vuelve incierto.
Espejo del presente: tensiones en el Golfo Pérsico
Lo que está sucediendo hoy en el Golfo Pérsico, una región esencial para el suministro global de petróleo y gas, encaja perfectamente en este patrón. Cada vez que aumenta la tensión militar en la zona, los mercados anticipan posibles perturbaciones y los precios del petróleo crudo aumentan. Pero la incertidumbre global también está aumentando, por lo que los inversores buscan un refugio seguro para su dinero. Y cuando eso sucede, el dinero generalmente no permanece en las monedas de países que se consideran vulnerables, incluso si son ricos en recursos naturales.
Por tanto, en el contexto actual, no es extraño ver depreciaciones de las monedas de los exportadores de energía en medio de un auge de precios.
La prima de riesgo: cuando el miedo embarga la economía
En nuestro trabajo asociamos este fenómeno con la teoría de las catástrofes raras: en tiempos normales, los mercados se comportan de forma racional y predecible, mientras que en tiempos de crisis domina el miedo.
En resumen: en tiempos de calma las normas comerciales tienen un efecto positivo, y en tiempos turbulentos hay una prima de riesgo. Y cuando prevalece la prima de riesgo, la lógica económica clásica ya no es suficiente.
Este cambio de dinámica tiene implicaciones importantes para diversos actores. En primer lugar, ya no basta que los inversores sigan los movimientos de los precios de materias primas como el petróleo para predecir los movimientos en los mercados de divisas, ya que el riesgo político puede cambiar completamente esa relación.
Para los gobiernos, la lección es que la estabilidad institucional y la credibilidad política pueden ser tan valiosas como los propios recursos naturales para mantener la fortaleza de la moneda.
Y para los analistas geopolíticos, este fenómeno muestra que los mercados financieros no sólo reaccionan a los conflictos de manera directa (por ejemplo, mediante el aumento de los precios de la energía), sino también de manera indirecta y más profunda. La incertidumbre política puede cambiar las relaciones económicas que tradicionalmente han parecido estables, como la que existe entre las materias primas y las monedas de los países exportadores, transformando las tensiones geopolíticas en episodios de inestabilidad económica y financiera. En un mundo marcado por tensiones crecientes, las relaciones económicas tradicionales ya no funcionan automáticamente.
Más volatilidad
Por lo tanto, el aumento de los precios del petróleo o del gas ya no garantiza una moneda fuerte para los países exportadores. En un entorno de incertidumbre global, el riesgo político puede romper ese vínculo y convertir el auge energético en una fuente adicional de volatilidad.
La lección es clara: en los mercados globales, la política pesa tanto como la economía (y a veces mucho más).
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