“La guerra es la guerra”. Esta frase la pronunció un excombatiente de principios de siglo durante una conversación que tuve con él. Recordó haber hablado con soldados del otro lado durante algunas de las treguas. Podrían hablar, reconocerse como personas, tal vez compartir un cigarrillo o unas palabras. Pero cuando volvieron los combates, empezaron a disparar de nuevo.
Esa breve frase resume uno de los grandes problemas de la historia de la violencia: ¿cómo llega un hombre corriente a matar? ¿Qué pasa cuando a un campesino, trabajador, estudiante o empleado que nunca ha usado violencia extrema se le entrega un rifle y se le ordena luchar?
La Guerra Civil Española nos permite observar este proceso. Entre 1936 y 1939, cientos de miles de hombres fueron movilizados por la fuerza. Muchos no eligieron estar allí. Algunos ni siquiera compartían la ideología por la que en última instancia luchaban. Había conservadores, republicanos, socialistas, anarquistas, comunistas y gente sin una identidad política definida.
En el ejército rebelde, los reclutas forzosos constituían el grueso de las tropas. Miles de jóvenes invitados bajo amenaza de castigo. Muchos nunca han disparado a nadie. Algunos procedían de familias de izquierda. Otros apenas estaban interesados en la política.
Adaptarse y matar
Sin embargo, una vez integrados en la maquinaria militar, tuvieron que adaptarse a una realidad completamente nueva. Esto nos obliga a mirar el conflicto más allá de los voluntarios falangistas, los réquetes carlistas, los legionarios o un ejército profesional.
Y adaptarse significó, muchas veces, matar. No existe una explicación única para esta transformación. La ideología es importante, pero no suficiente. También influyen el miedo, la obediencia, la presión grupal, la necesidad de supervivencia, la defensa de los pares y la transformación de las normas morales en un contexto extremo. Plantea una pregunta incómoda: la violencia extrema no siempre es obra de monstruos.
La mayoría de los soldados no eran fanáticos. La guerra creó un mundo con reglas diferentes. En tiempos de paz, matar es un delito. En la batalla se convierte en una obligación; y quien lo hace se convierte en un héroe.
La guerra no necesariamente destruye la moralidad. El enemigo puede estar a varios metros de distancia. Puedes ver su rostro, escuchar sus gritos y sentir su miedo. Algunos veteranos recordaron esa contradicción décadas después. Podían sentir compasión por los prisioneros y, poco después, fusilar a los demás hombres en la pelea. Uno de ellos explicó que les dio pan a algunos de los prisioneros porque sentía pena por ellos, pero añadió que cuando comenzó la batalla “había que matar”.
“No tuve elección”
Para soportar esta tensión, en muchas entrevistas a excombatientes durante mi investigación aparecen explicaciones: “era él o yo”, “no tenía elección”, “seguí órdenes”, “si no hubiera disparado, me habrían matado”. Estas frases pueden funcionar como mecanismos de supervivencia psicológica, ya que nos permiten reconstruir una imagen coherente de nosotros mismos tras pasar por una experiencia traumática.
El psicólogo Albert Bandura habló de “desconexión moral”. Ocurre cuando una persona separa temporalmente sus principios. No tienes que dejar de pensar que matar está mal. Puedes asegurarte de que, en esa situación particular, es necesario.
Para comprender cómo cambia el comportamiento en el ejército, la teoría del psicólogo Herbert C. es particularmente útil. Kelman, uno de los grandes referentes de la psicología de la paz. Kelman distinguió tres procesos: identificación, internalización y conformidad.
La identificación ocurre cuando un individuo adopta un comportamiento grupal porque necesita pertenecer a él. En una unidad militar, los soldados comparten el hambre, el miedo, los bombardeos, las noches de guardia y la posibilidad constante de morir. Poco a poco, la empresa se convierte en el principal mundo social del luchador. Aparece “nosotros” y “ellos” lo precede. La lealtad hacia los pares puede ser más fuerte que la ideología. Un soldado puede no compartir las ideas de sus comandantes, pero no quiere abandonar al hombre que duerme a su lado o que lo protegió durante el ataque.
La internalización ocurre cuando las normas del grupo comienzan a actuar de forma natural. La disciplina, la jerarquía y ciertas formas de violencia están integradas en la vida cotidiana. Un veterano contó cómo un desertor regresó a su unidad y fue inmediatamente ejecutado por un sargento. Décadas después, su historia no ha estado marcada por una dura condena. Lo resumió como una de esas “cosas de guerra”.
Cuando la responsabilidad se disipa
La cadena de mando también difunde la responsabilidad. Pensemos en la ejecución. El superior toma la decisión. Otro transmite la orden. El oficial organiza el pelotón. El suboficial selecciona a los soldados. Finalmente alguien dispara. Cada participante puede sentir que la responsabilidad principal pertenece al otro. “No me decidí”, “solo pasé el pedido” o “estaba cumpliendo con mi función”.
El tercer proceso es el cumplimiento. Aquí la persona obedece porque hay una autoridad con capacidad real de castigar. Durante la guerra, un soldado no decide libremente adónde ir, cuándo atacar o qué operaciones llevar a cabo. Te pueden encarcelar, enviar al batallón disciplinario o incluso fusilarte si no obedeces.
La coerción también podría extenderse a la familia. La deserción puede dar lugar a interrogatorios o represalias contra los padres, hermanos o esposas. Por eso es demasiado fácil decir que el luchador “podría haberse negado”. Sí, había alternativas. Algunos huyeron o desertaron. Pero cada decisión tuvo un costo enorme. Podrían morir, podrían castigar a su familia, podrían vengarse de sus colegas. La libertad existía, pero era profundamente limitada.
Los testimonios muestran hasta qué punto la guerra pudo cambiar el marco del pensamiento. Un veterano admitió que hubo soldados que mataron, violaron o cometieron actos peores. Cuando le preguntaron por qué nadie intervino, respondió: “¿Qué ibas a hacer?”. Fue una frase de resignación que ocultaba una condena implícita.
La violencia aparece como una realidad inevitable. Sin embargo, luchar en el ejército no significa necesariamente compartir su ideología. Hubo reclutas forzosos procedentes de familias anarquistas o afiliados a organizaciones de izquierda que sirvieron durante años en el ejército rebelde y que luego se unieron a la guerrilla antifranquista o se exiliaron. Obedecer no siempre equivale a creer.
Tampoco todos afrontaron la experiencia de la misma manera. Algunos han estado marcados durante décadas. Otros guardaron silencio. Muchos relatos recuerdan el hambre, las marchas, los uniformes o los paisajes con tremenda precisión, pero apenas mencionan la muerte. Esos silencios también son parte de la historia.
No existe una respuesta única a la pregunta de por qué mata el hombre común. Puedes hacerlo por ideología, miedo, obediencia, supervivencia, camaradería, presión o costumbre. Esas razones pueden mezclarse y cambiarse durante el conflicto.
Comprender estos procesos no significa justificar la violencia: significa reconocer hasta qué punto la guerra transforma a quienes participan en ella.
No es fácil dividir a las personas en héroes, víctimas y monstruos. Las situaciones extremas crean espacios ambiguos. Las reglas, el lenguaje, las lealtades y los límites de lo que es aceptable cambian.
La violencia extrema puede ocurrir cuando la autoridad legitima el daño, cuando un grupo lo normaliza, cuando el miedo reduce las alternativas y cuando el enemigo ya no es visto como una persona.
Por eso estudiar a los perpetradores no significa apartar la vista de las víctimas. Ni condenarlos. Esto significa tratar de entender cómo fue posible que esta violencia se desarrollara en España. Y esa pregunta no pertenece sólo al pasado.
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