La famosa canción de Joaquín Sabine aconseja no volver nunca al lugar donde eras feliz. Confieso que cuando abrí el tomo I de la obra completa de Borges (Emece editores, 1989) y busqué el texto de El Aleph, tuve miedo de que la frase se aplicara a los relatos que más nos marcaron. No había vuelto a visitar el Aleph en décadas y temía que, al hacerlo, la realidad del texto no estaría a la altura de mis elevados recuerdos. No fue así.
Una trágica historia de amor
Aleph es, después de todo, una trágica historia de amor:
En la calurosa mañana de febrero en que murió Beatriz Viterbo, después de una gran agonía que no se redujo ni un solo momento ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que los carteles de hierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué publicidad de cigarrillos azules; Me dolió el hecho, porque me di cuenta de que el infinito y vasto universo ya se estaba alejando de ella y que este cambio era el primero de una serie interminable.
El propio Borges recomendaba que una buena historia comenzara con un nacimiento, una muerte o la llegada de un extraño a una ciudad sin nombre. Y la muerte de Beatriz, en la primera línea, no sólo marca el tono lúgubre de la historia, sino que también remite al lector a esa otra Beatriz, a quien Dante exaltó en su Comedia. Pero hay más. El siguiente párrafo nos informa del cambio imperceptible que contribuye a la distancia del universo con respecto al difunto. ¿Solo el de ella?
Borges evoca sutilmente la realidad del cambio constante del cosmos, que a su vez refleja la entropía cada vez mayor. Desde la muerte de Beatriz Viterbo en 1929, esta entropía obstinadamente creciente ha cambiado el universo (con la publicidad de los cigarrillos, con la guerra mundial, con la llegada del hombre a la luna, con el reciente advenimiento de la inteligencia artificial) pero, sobre todo, lo ha perturbado.
Ha pasado casi un siglo desde los hechos descritos en la historia. Sólo en la Vía Láctea se apagarán un centenar de estrellas, más de mil millones si contamos el universo entero. Desde la muerte de Beatriz, casi mil galaxias han emitido el último fotón que nunca llegará a nosotros. Borges intuye –y capta, con detalles triviales– una tragedia cósmica. Nuestro universo se está expandiendo, empujado por la energía oscura, acelerándose cada vez más, enfriándose poco a poco, hacia una inevitable muerte por calor.
Tras el párrafo inicial, sigue lo que podríamos llamar la parte burlesca de la historia, en la que el primo de Beatriz, el pedante Carlos Argentino Daneri, está decidido a escribir un poema universal. Su actividad mental es continua, apasionada, versátil y completamente insignificante. Desde la muerte de Beatriz hasta el momento en que se desarrolla la acción (1941) han transcurrido doce años, durante los cuales Borges repite periódicamente sus visitas al familiar que no puede soportar, a cambio de aferrarse a lo poco que queda de su amada:
Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con máscara, en los carnavales de 1921; primera comunión Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, de frente y tres cuartos, sonriendo, mano en barbilla…
Como cayendo del cielo, aparece Aleph
Borges (y el lector) apenas apoya a Carlos Argentina y toda la historia parece desembocar en un despropósito melancólico… Hasta que de repente, como caído del cielo, aparece Aleph. Carlos Argentino le informa que Aleph está escondido en un rincón del sótano. Y explica, de paso, que el Aleph es uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos, el lugar donde están, sin confusión, todos los lugares del globo, vistos desde todos los ángulos.
Aquí es donde la historia se vuelve onírica. El increíble Borges relata la rabia de Carlos Argentina, un niño mimado, convencido de que el Aleph en cuestión, además de ser de su propiedad, existe sólo para ayudarle a componer su poema universal. La situación se resuelve cuando Borges baja a comprobar él mismo la estafa… y se encuentra con el prodigio, que nos describe en su exuberante prosa:
Cada cosa (la luna en el espejo, por ejemplo) era infinita, porque la veía claramente desde todos los puntos del universo. Vi el mar abarrotado, vi el amanecer y la tarde, vi las multitudes de América, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejaba, vi tigres, pistones, bisontes, maremotos y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi en el cajón del escritorio (y el manuscrito) lo que me hizo obsceno, preciso, tembló en la carta dirigida a Carlos Argentina.
La enumeración de milagros que muestra Aleph es contraria al disparate escrito por la prima hermana y, ay, objeto de los desvaríos eróticos de una tal Beatriz, cuyo punto que contiene todos los puntos de un solo golpe le arrebata su lugar en el paraíso donde Borges y Dante la engatusaron para transformarla en una mujer de sangre, precisa de carne. físico, duele aún más. La parodia ha terminado y el viaje a través del espejo se tiñe de dolor.
El momento previo al Big Bang
El milagro que Borges llama la primera letra del alfabeto hebreo –la letra que contiene todas las demás– reconoce una lectura que el propio escritor, hijo de su tiempo, no pudo formular del todo, pero tal vez de manera intuitiva: el punto que contiene todos los puntos describe con precisión el momento infinitesimal que precede al Big Bang, la gran explosión ocurrida hace unos cien millones de años.
De allí, de ese punto, ese cero, ese lugar del globo que contiene todos los lugares del globo, emanan la materia y la antimateria (esta última desaparece inmediatamente, a causa del traidor, el neutrino, cuyo rastro seguí durante toda mi carrera científica), leptones y quarks que se encierran en protones que luego forman el litio y luego el núcleo de hidrógeno…
Luego, las estrellas explotan en supernovas, que crean sistemas solares donde aparece (inexplicablemente) vida (o al menos uno de ellos). Con vida, bacterias que, casi por arte de magia, crean células eucariotas, eucariotas que crean algas, algas que crean nautilos y ciempiés, medusas y tiburones, helechos y plantas carnívoras, tiranosaurios y cocodrilos, tigres dientes de sable, caballos, unicornios. Y en algún momento, a ciegas, aparece una especie de monos locos, capaces de inventar la literatura para silenciar el ruido de su cabeza, la poesía para aliviar su miedo a la muerte, la ciencia para intentar comprender el mundo.
Pero todo eso pasa después. El Big Bang crea el universo, pero el Aleph lo contiene en el tiempo infinitesimal que lo precede. Y ese momento infinitesimal, dicen los físicos, es una fluctuación del vacío cuántico.
Dos grandes palabras. Vacío. Cuántico.
No hay nada en un vacío clásico. La teoría de la relatividad nos informa que la materia teje el tejido mismo del espacio-tiempo, de modo que el vacío, que prohíbe la materia, no puede contener ni espacio ni tiempo. Es una ausencia absoluta.
Pero las leyes de la mecánica cuántica nos aseguran que ese vacío no existe. Aseguran que en el tejido del cosmos, incluso en ausencia de toda materia, se forman y destruyen constantemente pares de partículas y antipartículas, en una danza invisible, oculta al observador por una incertidumbre inexorable. Y este fenómeno puede fluctuar, generar una burbuja, provocar un Big Bang, quizás con una probabilidad tan baja que sería imposible que sucediera, a menos que toda la eternidad estuviera disponible para ello.
Y así, eventualmente, tal vez en un multiverso inimaginable, las burbujas puestas en movimiento por esa rebelión del vacío cuántico parecen formar el Aleph, que a su vez genera el orbe.
Falso Aleph
Cerca del final de su magistral relato, Borges nos informa que el Aleph que existía en el sótano del poeta Carlos Argentina era probablemente un Aleph falso. Es fácil creer que tiene razón y atreverse a que el verdadero Aleph desapareció hace miles de millones de años, dando origen a todas las cosas.
O tal vez no. Quizás el vacío cuántico siga fluctuando y otros universos se formen y se separen constantemente del nuestro como una pompa de jabón soplada por la pluma hueca de un Dios travieso. Quizás todos hayamos visto a Aleph sin saberlo, porque esa visión, demasiado abrumadora, se ha borrado de nuestra mente, igual que ya se han borrado para siempre los rasgos de Beatriz Viterbo.
Este artículo fue publicado originalmente en la revista Telos, de la Fundación Telefónica.
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